Los regalos de septiembre


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De repente, llegó septiembre. La gente volvió a casa y poco a poco, las ciudades, tan vacías durante agosto, fueron llenándose de habitantes. 
          ¡Se acabó la playa! ¡se acabó el descanso! –se escuchaba lamentarse a todo el mundo por las esquinas.
Y todo el mundo parecía triste. Los mayores fruncían el ceño y maldecían los madrugones. Los niños agotaban los días de vacaciones y suspiraban. Los perros volvían a sus pisos de ciudad, a sus parques de ciudad y echaban de menos correr por la playa.
Septiembre deseaba tanto que la gente le quisiera que se dedicó a regalarles cosas. 
          Todo el mundo se siente feliz cuando estrena algo, ¿verdad?
Fue así como decidió regalar a todos aquellos adultos gruñones unos zapatos nuevos, para que en vez de arrastrar los pies de camino al trabajo, brincaran y bailaran sin parara. A los perros, que echaban ya no podían correr por la playa, les regaló apetitosos huesos que esconder en los parques. Pero sin duda, los más afortunados fueron los niños: septiembre les regaló una caja de lápices de colores para que pudieran colorear sus libros nuevos.
          ¡Qué divertido es estrenar cosas! – exclamó septiembre al ver las caras de felicidad de los niños. 
Y tanta envidia le dieron, que quiso estrenar algo. Y estrenó el otoño.
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