Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?
Anuncios

Hugo’s Training Wheels


Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez


Hugo was already older. Or so he felt, much older. So he did not understand why his parents refused to buy him a real bicycle. Not a tricycle like the one he had, but rather an authentic cyclist’s bicycle, with which one day he will become champion of the Tour de France. He insisted so much and wished for it so much that, finally, on his birthday, his parents gave him a lovely bicycle.

– I love it!! Can we go to the park to try it out?


But what Hugo did not know was that riding a bicycle was much more complicated than he had thought. And, that his mother would have to help him the whole morning. 

– I am holding you Hugo. Pedal!

And that was a marvelous feeling. You see, Mom could not hold on the whole time. It was not very practical if he wanted to become a cyclist. Where had he seen a Tour de France where the moms were running behind the athletes? So when everyone thought Hugo was already able to ride alone, they let him go and BOOM! Hugo crashed so hard he even broke a tooth (thank goodness it was a baby tooth, which was about to fall out). 

After that fall, Hugo wanted nothing to do with the bicycle. That machine was devilish and horrible and the cyclists of the Tour de France were crazy people that risked their lives on that dangerous device. Until one day, Dad arrived home with a new gift: training wheels for the bicycle. 

– With these you will never fall! You will see.

Hugo fearfully tried that new invention and noted with joy that, now, he could pedal without losing balance. From then on, Hugo went everywhere with the bicycle: to buy bread (although the bakery was just around the corner), to school (although the school was at the end of his street) and above all, to the park. 

In the park there were no cars, so Hugo could ride at his leisure. He rode up and down the slopes so fast that he felt like a pilot about to take off, or a cyclist about to win a stage. All around him, the kids with new bikes tried to learn to ride without training wheels and fell helplessly to the ground. Hugo, upon seeing them fall, laughed at them and passed by them very fast and happy with his green bicycle, his training wheels and his feeling as champion of the Tour. 

But with time, all those kids that fell on their bicycles without training wheels were learning how to ride their bike alone, and with their two wheels were much faster than Hugo and his four wheels.

– Hugo, are you sure that you do not want to try again without training wheels? –his mother asked him one day upon seeing him watch the rest of the kids seriously. 
– No! I am very good as I am. I will wait for you at the bottom, Mom.

And upon saying so, Hugo dropped down the slope. Why did he want to ride a normal bike? He did not want to lose balance and hurt himself. Further, he also could go very fast and win the Tour with his training wheels. To demonstrate this, Hugo began to pedal with such force that he felt how the wind ruffled his bangs sticking out of his helmet. It was an incredible feeling! It felt so good that, without realizing, he closed his eyes for an instant and got carried away, until a sharp yelp surprised him so much that he almost collided with a tree. But upon trying to dodge it, he fell noisily to the ground.

The boy brought his hand to his knee and saw that he had a small wound and felt like crying. But, Mom would not hear him cry, so he decided to resist the urge and get up as if nothing had happened. 

But something had happened. Tons of bad tempered squirrels were staring at him. 

– Savage! You almost ran over one of our friends.

Hugo could not believe what he was seeing: A squirrel that talked!

– What were you thinking?! Closing your eyes when you ride a bicycle!
– And riding so fast! At that speed it is lucky that you did not crush your head.
– Of course, it was because you are wearing a helmet! But our friend does not have a helmet; what if you caught her…

For a moment, Hugo forgot how amazing it was that there were talking squirrels and he felt very, very embarrassed. Upon noticing that, a squirrel, the only one with gray hair, felt a bit sorry for Hugo and began to defend him: 

– Leave him alone. He is only a small boy. Look, he even has training wheels on his bicycle!

Far from relieving him, that comment bothered Hugo a lot. He was already older! And besides, what would those squirrels know about bicycles?

– Well yes, I have training wheels, but that is so I do not fall. 
– But you didn’t think you could win any race with those tiny wheels, did you? Besides, who said that you could not fall with them? You just fell! – another squirrel laughed loudly. 

Hugo thought for a moment, so ashamed, that the gray squirrel again pitied him. 

– If you are so embarrassed to ride with training wheels, why don’t you take them off?
– Because without them I do not know how to ride. I fall all the time and I don’t like that. 
– Of course, no one likes to fall, but sometimes there is no choice. Look at us. We climb the trees and we jump from branch to branch and rarely do we fall. But it was not always so. When we were small and inexperienced, we fell all the time. But, we did not throw in the towel. If we had done that…now we would only climb bushes. What a bummer!

Hugo realized that those squirrels were right. As much as he feared falling again, he had to learn to ride the bike (especially if he wanted to be the winner of the Tour). 

– But… don’t leave! 

In that moment, Hugo discovered that his mother was coming. 

– Hugo, are you okay? With who have you been talking?

The little boy was about to tell her that it was with the squirrels, but then he thought for a moment. Would Mom believe him even if he told her? At the end of the day…. adults never believe those things! So instead of explaining what had happened, he simply told her: 

– Listen, Mom…Do you think Dad will want to take off the training wheels?


Si quieres leer el cuento original, pincha aquí.

El gusano que quería ser… un sujetapapeles


Por Sara Blázquez

Hoy en Cuento a la vista tenemos como invitado un gusano muy especial, no lleva bufanda ni sombrero como Lunares en El gusano que quería ser mariposa de seda, pero estamos convencidos de que os encantará.

Esta manualidad requiere pocos materiales, y además podemos adaptarla a cualquier edad. Necesitaremos:

– Una pinza de madera.
– Tres pompones de colores.
– Témperas y pincel.
– Cola o pegamento.
– Limpiapipas.
– Tijeras.
– Ojos móviles.

En primer lugar tenemos que pintar la pinza de madera del color que más nos guste, en este caso hemos utilizado témpera de color magenta para no repetir los colores de los pompones.

A continuación, cuando la pinza ya esté seca, echamos un poco de cola o pegamento por un lado y pegamos los pompones. Presionamos durante un momento para que se queden fijos y dejamos que se seque la cola.

Lo siguiente que tenemos que hacer es cortar dos trocitos del limpiapipas y retorcerlos un poco para hacerle unas antenas a nuestro gusanito. Clavamos los trocitos en el primer pompón sin miedo, ya que gracias al alambre se sujetarán perfectamente.

Por último, lo único que nos falta son los ojos. Si no tenemos ojos móviles podemos hacer unos nosotros mismos (con gomaeva, cartulina…). Solo tenemos que pegar los ojos en el primer pompón y… ¡listo!

Las pruebas de Tarzana

Texto de Carolina Fernández
Ilustración de María Pérez

Tarzán había sido uno de los mejores líderes de la selva, todos los animales habían sido felices y se habían sentido protegidos durante todo el tiempo que él había estado al mando, los lagos estaban más limpios, las tribus se llevaban mejor entre ellas, los árboles estaban más robustos y los frutos eran más ricos que nunca. Sin embargo llegó el día en que Tarzán cansado de tanta humedad decidió abandonar la selva y cambiar de aires, así que reunió a todos los animales y les dio la noticia:

 -A partir de ahora, tendréis que pensar quién será vuestro nuevo líder, yo me voy una temporada y estoy seguro de que sabréis apañároslas sin mí.

Tarzana en ese momento vio que su sueño podría hacerse realidad. Tarzana era una de las niñas que se había criado en la selva, y que apasionada por los ríos, las lianas y los animales siempre había estado cerca de Tarzán aprendiendo cómo sobrevivir en la selva…de ahí que todo el mundo terminara llamándola Tarzana.

– ¡A mí me gustaría ser la nueva líder! ¡He aprendido mucho de Tarzán durante todo este tiempo!

Los animales pusieron cara de susto y todos ellos murmuraban:

– ¡¿Una chica?!…¿cómo va a protegernos una chica, cómo va a imponerse una chica, cómo va a defendernos una chica?
– Tarzán esto no puede ser así, ¡las chicas son para otras cosas!

Tarzán conocía muy bien a aquella chica, y sabía que podía confiar en ella. Pero eran los animales quienes debían darse cuenta de aquello.

Finalmente, y tras mucho discutir, el consejo de la selva decidió organizar unas pruebas. La persona que las superara con éxito sería la encargada de dirigir la selva.

Pero nadie se ponía de acuerdo. Algunos pensaban que el mejor sucesor de Tarzán sería un gran chimpancé, cuya sabiduría era la misma de Tarzán, ya que este había aprendido todo lo que sabía de los monos. Otros pensaban que el cocodrilo era el más apropiado, ya que dominaba el agua y la tierra. Pero una cosa sí tenían clara: Tarzana, como era chica, nunca sería la mejor para proteger y salvaguardar la selva.

Todos estaban seguros de eso, todos menos León, que había crecido con Tarzana, y sabía que no había nadie mejor. La había visto correr, saltar, trepar y aprender sobre la selva desde que él tenía recuerdo. Nadie mejor conocía cada rincón de la selva y sus animales.

Tarzana estaba muy enfadada con todo lo que estaba pasando y se pasaba el día quejándose a su amigo León:

– ¿De verdad piensan que no puedo hacerlo porque soy una chica? No me lo puedo creer…¡me han visto durante años por la selva !
– Tienes razón Tarzana, la mayoría piensa que las chicas son menos fuertes, tienen menos habilidades y están menos preparadas para mandar. Pero tú eres la mejor, y si haces esas pruebas demostrarás a todos que las habilidades y capacidades de cada uno, no tienen que ver con ser chico o chica.
– Yaaaa…pero tener que demostrarlo por ser chica, es un rollo …
– Pero ya verás cómo después de hacerlo dudarán un poco menos de las chicas – exclamaba entusiasmado León, que confiaba ciegamente en su amiga.

Tarzana sabía que contaba con la confianza de León, incluso con la de Tarzán, así que según se acercaba la fecha iba estando más tranquila y confiada en ella misma.

El gran día llegó, el consejo había ideado las tres pruebas más difíciles y habilidosas que se le habían ocurrido dudando que Tarzana pudiera superarlas. El consejo estaba convencido de que el gran chimpancé o el cocodrilo lo harían mucho mejor.

La primera prueba consistía en recorrer la selva en lianas en el menor tiempo posible. El gran chimpacé lo tenía chupado. Pero no fue así. Tarzana era muy rápida, hábil y pequeña, de modo que era más fácil ir rápido y no enredarse entre los árboles. ¡Prueba superada y ganada!

La segunda prueba consistía en nadar más rápido que los demás por el rio de la selva. Era imposible que Tarzana ganara al cocodrilo. Pero Tarzana volvió a sorprenderles: utilizó el gran truco que había aprendida de Tarzán, ponerse grandes hojas en los pies como si fueran aletas de pez. Con ellas podía ir tan rápido como el cocodrilo. Además, como tenía más resistencia, consiguió llegar al final antes que él. resistencia ¡Segunda prueba superada y ganada!

Y la tercera prueba tenía que ver con luchar contra la gran hiena, no había animal más difícil de vencer en toda la selva, de modo que era imposible que lo superara. Su amigo León, al verla tan confusa, se acercó a ella para darle ánimos:

-Tarzana, recuerda la cantidad de veces que me has vencido jugando a luchar, eres fuerte, pero sobretodo eres hábil.

Así que Tarzana confiando en sus habilidades, volvió a dejar a todos boquiabiertos, en la lucha. Ella llevaba años aprendiendo de naturaleza: era ágil como un jaguar subiendo por un árbol, sigilosa como una boa arrastrándose por la maleza, había aprendido a correr con lo guepardos y con su amigo León había descubierto técnicas para tumbar hasta a los animales más grandes. Así que al final, después de mucho pelear, consiguió dejar en el suelo y totalmente paralizada a la gran hiena. ¡Tercera prueba ganada y superada !

Tarzana no solo había ganado las tres pruebas que le habían impuesto los animales, sino que además había conseguido lo más difícil: ganarse la confianza y el respeto de todos los animales.

Tarzana habló para todos confiando en ella y sintiéndose segura. Les habló de todas las aventuras que había vivido siguiendo a Tarzán por la selva, de todos los rincones secretos que había descubierto y de todos los problemas que había visto resolver. Ella debía ser la nueva líder de la selva, porque había demostrado que era la mejor.

Los animales se sintieron avergonzados de haber dudado de ella, y se dieron cuenta de que era la mejor persona para protegerles y cuidar de la selva. La más valiente, la más rápida, la más ágil y la más lista.

Fue la primera vez que una chica estaba al mando de la selva… y fue la última vez que en el mundo al revés se dudó de que una chica no fuera capaz por el simple hecho de ser una chica.

Hoy damos vida a la rana Ritita

Por Sara Blázquez

Parece que todavía no termina de llegar el calorcito, pero pronto empezará un largo verano y olvidaremos la nieve, la lluvia, las tormentas… Es posible que entonces Ritita tenga que volver a dejar su querida charca para irse a buscar la lluvia.

Hoy, para complementar la lectura del cuento La rana que fue a buscar la lluvia, vamos a dar vida a nuestra Ritita particular.

Se trata de una manualidad pensada para los más peques de la casa (cuidado a la hora de recortar) y únicamente necesitaremos:

– Pinturas.
– Tijeras.
– Pegamento.
– Plantilla de rana que os adjuntamos.

Lo primero que vamos a hacer es colorear nuestra ranita; podemos hacerlo directamente sobre la plantilla o calcar la silueta en otro folio o cartulina.

A continuación debemos recortar la silueta (¡aviso a navegantes! las líneas de puntos son para doblar el dibujo, no para recortarlo por ahí).

Por último, doblamos nuestra ranita por las líneas de puntos (el rectángulo inferior sirve como soporte para que la rana se sostenga de pie) y pegamos las partes que lo necesiten (la parte de arriba de las patitas, los ojos y el sombrero) y… ¡listo!

Tres cuentos para este tiempo loco

Dicen que la primavera la sangre altera y que a todos nos vuelve un poco locos. También al tiempo, que un día nos mata de calor y otro nos viene cargado de grises. Para sobrevivir a estos cambios de temperatura de este mes de mayo a punto de terminar, recordamos aquí tres cuentos de lo más “atmosféricos”.

Cambio de estaciones


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

Nunca te has preguntado quién es el encargado de cambiar las estaciones. Tiene que ser alguien muy organizado, que siempre tenga apuntado los días en los que el otoño pasa a ser invierno, el invierno, primavera y así sucesivamente. Pero, ¿qué pasaría si la persona encargada de cambiar las estaciones perdiera la memoria? Quizá tendría que buscar una ayudante…
Ir al cuento.

El amor de la lluvia y el sol

Texto de María Bautista 
Ilustración de Brenda Figueroa
¿Qué pasaría si el sol y la lluvia se enamoraran? Andarían todo el día enredando y la gente no sabría si sacar el paraguas o las gafas de sol. ¡Menudo lío! Si la lluvia y el sol se enamoraran todo andaría hombro por cabeza y alguien tendría que poner un poco de orden. Pero ¿quién? y sobre todo ¿cómo?

La rana que fue a buscar la lluvia

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

¿Qué harías tú si de repente la lluvia se olvidará del lugar donde vives? Seguro que quejarte mucho, mirar constantemente al cielo, tratar de hacen un conjuro mágico o cantar desafinando sin parar.

Pero, ¿te irías a buscar a la lluvia? Eso es lo que hace la rana Ritita, que con su maleta a rayas no duda en comenzar una extraordinaria aventura para traer de vuelta a la lluvia a su maravillosa charca.

Ir a cuento.

El gusano que quería ser mariposa de seda


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De todas las cosas que podía haber sido en la vida, a Lunares le había tocado ser un triste gusano de tierra. Él que habría querido ser un valiente león, o una astuta zorra, no era más que un simple gusano, y no cualquier gusano, sino de esos que salían en la comida cuando se quedaba pocha y todo el mundo espachurraba con asco cuando los veía.

–Ya que nos ha tocado ser un gusano, ¿no podríamos al menos haber sido un gusano de seda? –preguntó un día a su amiga Larojos.
–¿Para qué quieres ser un gusano de seda? ¡Solo comen morera, que es una hoja que sabe a rayos y centellas! Nosotros sin embargo… comemos manzanas medio mordisqueadas, bocadillos con queso fundido, líquidos viscosos con sabor a naranja mezclado con sabrosa arena, etc.

Aquel menú tan especial venía de las papeleras de los niños que jugaban en el patio del colegio donde Larojos y Lunares vivían. El colegio estaba bien, siempre había mucho alimento y nunca se aburrían, pero los niños eran muy peligrosos. Si los veían jugaban con ellos hasta que acababan aplastándolos con el pie. ¡Era horrible!

–¡Pero nadie nos quiere! Sin embargo, a los gusanos de seda…
–¡Pero si son feísimos! Tan blancos y aburridos. Nosotros somos mucho más interesantes –insistía Larojos, tratando de animar a su amigo–. Mírate tú, con esos lunares morados que tienes. ¡Ya le gustaría a los gusanos de seda ser como nosotros!

Lo cierto es que Lunares era un gusano muy bonito. Tenía unas manchas brillantes por todo el cuerpo que le hacían muy especial. Además era muy coqueto, y le gustaba vestirse con sombrero y bufanda. Todos le querían mucho y hasta le habían regalado una flor azul por su cumpleaños para que decorara su sombrero. Sin embargo, Lunares nunca estaba contento. ¡Ser un gusano era un fastidio! Los gusanos no servían para nada… Excepto los de seda, claro, que daban aquel material tan suave y que tanto le gustaba a la gente.

– No digas eso. Los gusanos de seda son feos al principio, pero luego se convierten en preciosas mariposas. Los niños los guardan, los alimentan y se los enseñan a todo el mundo en la escuela. Sin embargo a nosotros… ¡nos aplastan en cuanto nos ven!

Y por más que Larojos trataba de convencerle de que ser un simple gusano no estaba tan mal, Lunares no paraba de quejarse. Tan triste estaba, que un día tomó una decisión.

–Voy a entrar en el edificio de las clases. ¡Quiero ser un gusano de seda! A lo mejor si me mezclo con ellos y como morera, yo también acabaré haciéndome un ovillo y convirtiéndome en mariposa.

Su plan era colarse en alguna de esas cajas de zapatos en la que los niños guardaban sus gusanos de seda.

–Lunares, ¡ten cuidado! Si te encuentran en la caja se darán cuenta de que no eres un gusano de seda y ¡te apachurrarán con sombrero y todo! –le advirtió Larojos.

Pero estaba tan convencido de que su plan saldría bien, que no hizo caso a sus advertencias y vestido con sus mejores galas se marchó hacia el edificio de primaria. Empezó su aventura un viernes por la tarde, pero el colegio era tan grande, y él tan pequeño, que no consiguió encontrar a los gusanos hasta dos días y medio más tarde, justo cuando la sirena del colegio anunciaba el principio de las clases.

Lunares, se coló en la caja, donde había un montón de gusanos de seda comiendo morera tranquilamente. Les observó atentamente y tuvo que reconocer que Larojos tenía razón: eran blanquecinos, feos y un poco aburridos.

Cuando los gusanos de seda vieron aquel extraño gusano de colores empezaron a gritar alborotadas.

–¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
–Soy Lunares y vengo a convertirme en mariposa de seda, ¡como vosotros!
–Tú no eres como nosotros. No podrás convertirte en mariposa.
–Claro que sí, ¡solo tengo que comer morera!

Tenía tanta hambre después de tantos días buscando a los gusanos de seda, que le hincó el diente a una hoja de morera. Pero aquella hoja le supo, tal y como había dicho Larojos, a rayos y centellas.

–Oye, que esta morera es nuestra. Tú no eres un gusano de seda y nunca lo serás. Por mucha morera que comas. Así que sal de esta caja y vete por dónde has venido.

Pero Lunares no quería irse de allí si no era convertido en una mariposa. Él quería ser un animal útil y bello, como aquellos gusanos. Un animal que sirviera para algo y que los niños estudiaran en el colegio.

No tuvo tiempo de discutir más con los otros gusanos. De repente, la caja se abrió, y Lunares vio un montón de ojos posados sobre él.

–¡Ey! ¡Qué asco! Mirad ese gusano con lunares de ahí. ¡Es asqueroso!
–¿Cómo habrá llegado hasta nuestra caja?
–¡Hay que aplastarlo!

El barullo llamó la atención de la maestra, que se asomó a ver lo que estaba agitando a sus alumnos.

–¡Pero bueno! ¡Qué tenemos aquí! Este gusano no debería estar en esta caja, pero no hay por qué apachurrarle…
–Pero profe… ¡si es asqueroso!
–Y no sirve para nada… ¡no se convertirá en mariposa!

La profesora cogió con sus dedos a Lunares, que muy asustado se encogió hasta casi parecer una bola. Llegaba su final, y solo podía pensar en su amiga Larojos y en todos los consejos que le había dado. ¿Por qué no la habría escuchado?

Sin embargo, la maestra no tenía ninguna intención de aplastar a Lunares.

–Fijaros en este gusano. Parece que no sirve para nada, ¿verdad? Pero estos pequeños bichos son importantísimos para la naturaleza. Ellos convierten la fruta podrida en alimento para la tierra, para que puedan crecer mejor las plantas. ¡Gracias a ellos los árboles crecen más fuerte y gracias a los árboles tenemos aire limpio para respirar!

Lunares se quedó mirando a la profesora sin entender nada. ¿De verdad estaba hablando de él? Y se sintió más importante que nunca en la vida. Tanto como aquellos gusanos que luego se convertirían en mariposas.

–¿Y ahora qué hacemos con este gusano, profe? –preguntó un niño.
–¿Podemos dejarle en la caja con los otros? –quiso saber una niña.

Pero la profesora tenía otros planes para Lunares.

–Le devolveremos al patio, junto a los árboles y la tierra. Para que pueda cumplir su función y pueda seguir dando alimento a la tierra de nuestro colegio.

Lunares volvió a su árbol junto a su amiga Larojos. Juntos volvieron a comer manzanas mordiesqueadas, bocadillos de queso y jamón y zumos de naranja y arena. Lo que Lunares no volvió a hacer fue querer ser mariposa de seda. ¿Para qué si podía ser un maravilloso e importantísimo gusano de tierra?

Avistamos cuento: Pequeño pájaro de tierra


Por María Bautista

Pequeño pájaro de tierra
Autor: Oliver Scherz
Ilustradora: Eva Muggenthaler
Editorial: Lóguez
Formato: 21 x 28 cm.
Encuadernación: Cartoné
ISBN: 978 84 942305 2 3
32 páginas
PVP: 11,75 €
A partir de 3 años


¿Quién no ha deseado con todas sus fuerzas algo que es imposible? Seguramente todos. Más difícil es encontrar a personas que, a pesar de las recomendaciones de los demás, han intentado algo imposible… ¡y lo han conseguido! Algo así es lo que le ocurre al entrañable personaje de este cuento. 

¡Yo quiero volar! dice el pequeño topo, empecinado en hacer algo que no le corresponde y a pesar de los consejos de Mamá, que con la lógica aplastante que todas las mamás del mundo tienen, le recuerda que es un topo, que los topos viven bajo la tierra y que bajo tierra no es necesario, ni siquiera es práctico, saber volar. Pero el topo no cesará en su empeño hasta que se convierta en un Pequeño pájaro de tierra.
En esta aventura, acompañaremos al pequeño topo en una aventura muy terrestre, cuajada de  ranas, caracoles o lagartijas, lagartijas y donde, gracias a las ilustraciones de Eva Muggenthaler, sentiremos el polvo y el olor a barro. Porque la aventura del pequeño pájaro terrestre no se lleva a cabo en el cielo, sino en su mundo terrestre. Y tal vez nunca pueda volar como los pájaros del cielo, pero sí como un genuino pájaro de tierra. 
Un libro que nos habla de la importancia de luchar por los sueños, y del empeño y el esfuerzo que muchas veces cumplirlos supone. Porque como bien dice el dicho, “como no sabían que era imposible lo consiguieron”. 

Maceteros de animales

Por Sara Blázquez

La manualidad de hoy es perfecta para fomentar el reciclaje y la reutilización de envases de plástico entre los más pequeños y, para hacerla más divertida, vamos a incluir formas de animales. Se trata de unos maceteros, pero también pueden servir para guardar lápices o todo tipo de objetos. Podemos complementar esta manualidad con la lectura de Berta y los animales, o con cualquier cuento protagonizado por animales, y pueden decorarla niños de cualquier edad, pero a la hora de recortar el plástico conviene tener la ayuda de un adulto.

Para realizar nuestros maceteros vamos a necesitar:

– Botellas de plástico grandes (una por cada macetero).
– Tijeras.
– Un papel para dibujar las cabezas de los animales que elijamos.
– Un rotulador.
– Pincel.
– Pintura acrílica (o témperas mezcladas con cola).

Lo primero que tenemos que hacer es recortar la botella más o menos por la mitad, dependiendo de lo grande que queramos nuestro macetero/bote.

En un papel dibujamos una cabeza de un animal (en este caso, un oso y un conejo) lo colocamos encima de la botella y dibujamos el contorno (con hacer la parte superior es suficiente). Recortamos por la línea hasta debajo de las orejas y recortamos también el resto de la botella.

Lo siguiente que debemos hacer es pintar las botellas de blanco y dejarlas secar, de este modo la pintura que usemos luego no quedará transparente y se verá más bonita. Si no tenemos pinturas acrílicas podemos mezclar en un bote un poco de témpera líquida con un poco de cola.

Ya solo nos queda pintar nuestras botellas de colores. Lo primero que debemos hacer es dibujar y pintar la cabeza del animal, y después tenemos que pintar y decorar el resto de la botella. La dejamos secar y… ¡listo!

Navegamos rumbo… Rusia – El transiberiano (parte II)



Texto por Rebeca Amado

Ilustración de María Pérez

Cuando el tren paró en Irkutsk, Nikolay se asomó por la ventanilla para adivinar quién de todos los viajeros que había en el andén sería su próximo compañero de vagón.

Una tarea muy difícil entre tantas mamás con maletas enormes, señores muy serios con maletines negros, parejas extranjeras con cámaras colgadas del cuello…

Se concentró tanto en su búsqueda que ni siquiera se dio cuenta de que el viajero que esperaba ya estaba en su mismo vagón leyendo. El tren comenzó a moverse de nuevo y fue entonces cuando volvió a su sitio, y se topó de frente con un joven alto sentado al lado de una mochila aún más larga que él.


– Hola. Me llamo Nikolay ¿tú como te llamas?- le preguntó al viajero.

– Mi nombre es Adam. Encantado de conocerte Nikolay- contestó.

– ¿Puedes tú solo con esa mochila tan grande? ¿La traes desde muy lejos?- preguntó Nikolay

– Traigo la mochila desde el sur de Francia. Es cierto que es muy grande, pero no te preocupes, soy un chico muy fuerte- contestó.

– ¡¿Francia?! La verdad es que no se bien donde está, pero suena lejísimos. Yo voy a Vladivostok porque mi papá ahora trabaja allí, pero siempre he vivido en Moscú. ¿Y tú por qué viajas en el Transiberiano?- preguntó Nikolay

– A ver como te lo explico…quizá te suene extraño, pero llevo planeando este viaje desde que tenía tu edad. Mi abuelo tenía una gran foto de Siberia en su estudio, en la que se veía un inmenso paisaje cubierto de blanco atravesado por el tren, y cada vez que me pillaba allí de pie, mirando ensimismado la fotografía, me contaba alguna de sus aventuras por Rusia. Crecí con esas historias y con la ilusión de que algún día pondría los pies en todos los lugares de los que me hablaba mi abuelo. Y aquí estoy- le contó Adam.
– ¿Y no te ha dado miedo irte de tú casa solo?- le preguntó Nikolay, que estaba muy intrigado porque no entendía que aquel chico se hubiera ido solo de su casa voluntariamente.

– Asusta un poco, sí, pero es muy emocionante descubrir por ti mismo las cosas de las que tanto has oído hablar. Y me queda lo mejor del viaje: el lago Baikal- respondió.

– ¡Andaaaa, ese sí se cual es. Lo he estudiado en el colegio- dijo Nikolay emocionado.

-¡Pues hoy estás de suerte porque vamos a bordear una de sus orillas dentro de muy poco, y podrás ver con tus ojos lo que los profesores te han contado- dijo Adam.

-¿En serio? Mamá, ¿Por qué no me habías dicho que íbamos a pasar por el lago más grande de Rusia?- protestó Nikolay.

-Tú padre intentó contarte esa y muchas otras cosas antes de irse, pero estabas demasiado enfadado y nervioso como para escucharle- le reprochó su madre.

-Vaya…pues lo siento…¡pero ahora sí quiero saber todo todo!- se disculpó Nikolay.
– Dime lo que recuerdas de todo lo que aprendiste en el colegio sobre el lago- dijo Adam.
– Mmmm… pues recuerdo que es el lago más profundo del mundo- respondió Nikolay.
– ¡Exacto! Es tan grande y profundo que contiene el 20 por ciento del agua dulce del planeta. Una vez leí que los científicos habían calculado que toda la población mundial podría beber de ese agua durante cuarenta años, y aún así no se secaría- le explicó Adam.

– ¡Ah!y también me enseñaron que el el lago Baikal vive la única foca de agua dulce del mundo: la foca Baikal- añadió Nikolay-

– Mira Niko, ¡ya se ve a lo lejos el lago!- gritó su madre.

Nikolay se quedó mudo, junto a la ventanilla y sin pestañear para no perderse un solo detalle. Al rato, cuando el tren ya bordeaba el lago, pegó un brico en su asiento y sacó la cabeza fuera del vagón.

-¡Mira mamá! Es una foca, una foca del Baikal. Tenías razón Adam: Es genial verlo de cerca
¡Que pasada!- gritaba Nikolay

– ¡Es preciosa!- contestó su madre, que estaba muy emocionada al ver a su hijo tan contento por fin.

Pasaron por doscientos puentes y treinta túneles antes de dejar atrás el lago Baikal y al mochilero Adam, y aún les quedaba un día de camino para llegar a Vladivostok; pero con tantas sorpresas el miedo de Nikolay casi había desaparecido.

Después de todas las cosas que le habían contado la chica malabarista y el profesor de historia, a Nikolay ya no le asustaba tanto su nueva vida en Vladivostok. Claro que los nervios aún no se habían ido del todo, pero ahora también deseaba sentirse como una hormiguita al lado de barcos gigantescos, o callejear con sus padres sin perder de vista al mar.

– Ha sido un viaje increíble mamá. Casi me da pena que termine. Aunque tengo muchas muchas ganas de ver a papá para contarle todo lo que he visto y escuchado. Si conocer otros lugares es siempre tan emocionante ¡de mayor no voy a parar de viajar!- gritó Nikolay.