Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?
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Hugo’s Training Wheels


Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez


Hugo was already older. Or so he felt, much older. So he did not understand why his parents refused to buy him a real bicycle. Not a tricycle like the one he had, but rather an authentic cyclist’s bicycle, with which one day he will become champion of the Tour de France. He insisted so much and wished for it so much that, finally, on his birthday, his parents gave him a lovely bicycle.

– I love it!! Can we go to the park to try it out?


But what Hugo did not know was that riding a bicycle was much more complicated than he had thought. And, that his mother would have to help him the whole morning. 

– I am holding you Hugo. Pedal!

And that was a marvelous feeling. You see, Mom could not hold on the whole time. It was not very practical if he wanted to become a cyclist. Where had he seen a Tour de France where the moms were running behind the athletes? So when everyone thought Hugo was already able to ride alone, they let him go and BOOM! Hugo crashed so hard he even broke a tooth (thank goodness it was a baby tooth, which was about to fall out). 

After that fall, Hugo wanted nothing to do with the bicycle. That machine was devilish and horrible and the cyclists of the Tour de France were crazy people that risked their lives on that dangerous device. Until one day, Dad arrived home with a new gift: training wheels for the bicycle. 

– With these you will never fall! You will see.

Hugo fearfully tried that new invention and noted with joy that, now, he could pedal without losing balance. From then on, Hugo went everywhere with the bicycle: to buy bread (although the bakery was just around the corner), to school (although the school was at the end of his street) and above all, to the park. 

In the park there were no cars, so Hugo could ride at his leisure. He rode up and down the slopes so fast that he felt like a pilot about to take off, or a cyclist about to win a stage. All around him, the kids with new bikes tried to learn to ride without training wheels and fell helplessly to the ground. Hugo, upon seeing them fall, laughed at them and passed by them very fast and happy with his green bicycle, his training wheels and his feeling as champion of the Tour. 

But with time, all those kids that fell on their bicycles without training wheels were learning how to ride their bike alone, and with their two wheels were much faster than Hugo and his four wheels.

– Hugo, are you sure that you do not want to try again without training wheels? –his mother asked him one day upon seeing him watch the rest of the kids seriously. 
– No! I am very good as I am. I will wait for you at the bottom, Mom.

And upon saying so, Hugo dropped down the slope. Why did he want to ride a normal bike? He did not want to lose balance and hurt himself. Further, he also could go very fast and win the Tour with his training wheels. To demonstrate this, Hugo began to pedal with such force that he felt how the wind ruffled his bangs sticking out of his helmet. It was an incredible feeling! It felt so good that, without realizing, he closed his eyes for an instant and got carried away, until a sharp yelp surprised him so much that he almost collided with a tree. But upon trying to dodge it, he fell noisily to the ground.

The boy brought his hand to his knee and saw that he had a small wound and felt like crying. But, Mom would not hear him cry, so he decided to resist the urge and get up as if nothing had happened. 

But something had happened. Tons of bad tempered squirrels were staring at him. 

– Savage! You almost ran over one of our friends.

Hugo could not believe what he was seeing: A squirrel that talked!

– What were you thinking?! Closing your eyes when you ride a bicycle!
– And riding so fast! At that speed it is lucky that you did not crush your head.
– Of course, it was because you are wearing a helmet! But our friend does not have a helmet; what if you caught her…

For a moment, Hugo forgot how amazing it was that there were talking squirrels and he felt very, very embarrassed. Upon noticing that, a squirrel, the only one with gray hair, felt a bit sorry for Hugo and began to defend him: 

– Leave him alone. He is only a small boy. Look, he even has training wheels on his bicycle!

Far from relieving him, that comment bothered Hugo a lot. He was already older! And besides, what would those squirrels know about bicycles?

– Well yes, I have training wheels, but that is so I do not fall. 
– But you didn’t think you could win any race with those tiny wheels, did you? Besides, who said that you could not fall with them? You just fell! – another squirrel laughed loudly. 

Hugo thought for a moment, so ashamed, that the gray squirrel again pitied him. 

– If you are so embarrassed to ride with training wheels, why don’t you take them off?
– Because without them I do not know how to ride. I fall all the time and I don’t like that. 
– Of course, no one likes to fall, but sometimes there is no choice. Look at us. We climb the trees and we jump from branch to branch and rarely do we fall. But it was not always so. When we were small and inexperienced, we fell all the time. But, we did not throw in the towel. If we had done that…now we would only climb bushes. What a bummer!

Hugo realized that those squirrels were right. As much as he feared falling again, he had to learn to ride the bike (especially if he wanted to be the winner of the Tour). 

– But… don’t leave! 

In that moment, Hugo discovered that his mother was coming. 

– Hugo, are you okay? With who have you been talking?

The little boy was about to tell her that it was with the squirrels, but then he thought for a moment. Would Mom believe him even if he told her? At the end of the day…. adults never believe those things! So instead of explaining what had happened, he simply told her: 

– Listen, Mom…Do you think Dad will want to take off the training wheels?


Si quieres leer el cuento original, pincha aquí.

El gusano que quería ser mariposa de seda


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De todas las cosas que podía haber sido en la vida, a Lunares le había tocado ser un triste gusano de tierra. Él que habría querido ser un valiente león, o una astuta zorra, no era más que un simple gusano, y no cualquier gusano, sino de esos que salían en la comida cuando se quedaba pocha y todo el mundo espachurraba con asco cuando los veía.

–Ya que nos ha tocado ser un gusano, ¿no podríamos al menos haber sido un gusano de seda? –preguntó un día a su amiga Larojos.
–¿Para qué quieres ser un gusano de seda? ¡Solo comen morera, que es una hoja que sabe a rayos y centellas! Nosotros sin embargo… comemos manzanas medio mordisqueadas, bocadillos con queso fundido, líquidos viscosos con sabor a naranja mezclado con sabrosa arena, etc.

Aquel menú tan especial venía de las papeleras de los niños que jugaban en el patio del colegio donde Larojos y Lunares vivían. El colegio estaba bien, siempre había mucho alimento y nunca se aburrían, pero los niños eran muy peligrosos. Si los veían jugaban con ellos hasta que acababan aplastándolos con el pie. ¡Era horrible!

–¡Pero nadie nos quiere! Sin embargo, a los gusanos de seda…
–¡Pero si son feísimos! Tan blancos y aburridos. Nosotros somos mucho más interesantes –insistía Larojos, tratando de animar a su amigo–. Mírate tú, con esos lunares morados que tienes. ¡Ya le gustaría a los gusanos de seda ser como nosotros!

Lo cierto es que Lunares era un gusano muy bonito. Tenía unas manchas brillantes por todo el cuerpo que le hacían muy especial. Además era muy coqueto, y le gustaba vestirse con sombrero y bufanda. Todos le querían mucho y hasta le habían regalado una flor azul por su cumpleaños para que decorara su sombrero. Sin embargo, Lunares nunca estaba contento. ¡Ser un gusano era un fastidio! Los gusanos no servían para nada… Excepto los de seda, claro, que daban aquel material tan suave y que tanto le gustaba a la gente.

– No digas eso. Los gusanos de seda son feos al principio, pero luego se convierten en preciosas mariposas. Los niños los guardan, los alimentan y se los enseñan a todo el mundo en la escuela. Sin embargo a nosotros… ¡nos aplastan en cuanto nos ven!

Y por más que Larojos trataba de convencerle de que ser un simple gusano no estaba tan mal, Lunares no paraba de quejarse. Tan triste estaba, que un día tomó una decisión.

–Voy a entrar en el edificio de las clases. ¡Quiero ser un gusano de seda! A lo mejor si me mezclo con ellos y como morera, yo también acabaré haciéndome un ovillo y convirtiéndome en mariposa.

Su plan era colarse en alguna de esas cajas de zapatos en la que los niños guardaban sus gusanos de seda.

–Lunares, ¡ten cuidado! Si te encuentran en la caja se darán cuenta de que no eres un gusano de seda y ¡te apachurrarán con sombrero y todo! –le advirtió Larojos.

Pero estaba tan convencido de que su plan saldría bien, que no hizo caso a sus advertencias y vestido con sus mejores galas se marchó hacia el edificio de primaria. Empezó su aventura un viernes por la tarde, pero el colegio era tan grande, y él tan pequeño, que no consiguió encontrar a los gusanos hasta dos días y medio más tarde, justo cuando la sirena del colegio anunciaba el principio de las clases.

Lunares, se coló en la caja, donde había un montón de gusanos de seda comiendo morera tranquilamente. Les observó atentamente y tuvo que reconocer que Larojos tenía razón: eran blanquecinos, feos y un poco aburridos.

Cuando los gusanos de seda vieron aquel extraño gusano de colores empezaron a gritar alborotadas.

–¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
–Soy Lunares y vengo a convertirme en mariposa de seda, ¡como vosotros!
–Tú no eres como nosotros. No podrás convertirte en mariposa.
–Claro que sí, ¡solo tengo que comer morera!

Tenía tanta hambre después de tantos días buscando a los gusanos de seda, que le hincó el diente a una hoja de morera. Pero aquella hoja le supo, tal y como había dicho Larojos, a rayos y centellas.

–Oye, que esta morera es nuestra. Tú no eres un gusano de seda y nunca lo serás. Por mucha morera que comas. Así que sal de esta caja y vete por dónde has venido.

Pero Lunares no quería irse de allí si no era convertido en una mariposa. Él quería ser un animal útil y bello, como aquellos gusanos. Un animal que sirviera para algo y que los niños estudiaran en el colegio.

No tuvo tiempo de discutir más con los otros gusanos. De repente, la caja se abrió, y Lunares vio un montón de ojos posados sobre él.

–¡Ey! ¡Qué asco! Mirad ese gusano con lunares de ahí. ¡Es asqueroso!
–¿Cómo habrá llegado hasta nuestra caja?
–¡Hay que aplastarlo!

El barullo llamó la atención de la maestra, que se asomó a ver lo que estaba agitando a sus alumnos.

–¡Pero bueno! ¡Qué tenemos aquí! Este gusano no debería estar en esta caja, pero no hay por qué apachurrarle…
–Pero profe… ¡si es asqueroso!
–Y no sirve para nada… ¡no se convertirá en mariposa!

La profesora cogió con sus dedos a Lunares, que muy asustado se encogió hasta casi parecer una bola. Llegaba su final, y solo podía pensar en su amiga Larojos y en todos los consejos que le había dado. ¿Por qué no la habría escuchado?

Sin embargo, la maestra no tenía ninguna intención de aplastar a Lunares.

–Fijaros en este gusano. Parece que no sirve para nada, ¿verdad? Pero estos pequeños bichos son importantísimos para la naturaleza. Ellos convierten la fruta podrida en alimento para la tierra, para que puedan crecer mejor las plantas. ¡Gracias a ellos los árboles crecen más fuerte y gracias a los árboles tenemos aire limpio para respirar!

Lunares se quedó mirando a la profesora sin entender nada. ¿De verdad estaba hablando de él? Y se sintió más importante que nunca en la vida. Tanto como aquellos gusanos que luego se convertirían en mariposas.

–¿Y ahora qué hacemos con este gusano, profe? –preguntó un niño.
–¿Podemos dejarle en la caja con los otros? –quiso saber una niña.

Pero la profesora tenía otros planes para Lunares.

–Le devolveremos al patio, junto a los árboles y la tierra. Para que pueda cumplir su función y pueda seguir dando alimento a la tierra de nuestro colegio.

Lunares volvió a su árbol junto a su amiga Larojos. Juntos volvieron a comer manzanas mordiesqueadas, bocadillos de queso y jamón y zumos de naranja y arena. Lo que Lunares no volvió a hacer fue querer ser mariposa de seda. ¿Para qué si podía ser un maravilloso e importantísimo gusano de tierra?

El extraño laboratorio del profesor Melquíades


Texto de María Bautista
Ilustración de Brenda Figueroa

Todos en el colegio creían que el profesor Melquíades era un poquito raro. Le llamaban el científico loco porque siempre estaba encerrado en el laboratorio con sus gafas de protección, su bata blanca y una sonrisa entre feliz y maligna que a todos los niños les daba un poco de miedo.  

El laboratorio del colegio se escondía tras unas puertas metálicas de color rojo a las que solo se podía acceder con la autorización del profesor Melquíades. Por eso corrían leyendas sobre aquel lugar casi secreto, que todos imaginaban con un sitio oscuro, lleno de probetas humeantes donde se llevaban a cabo los más horrendos experimentos.

El profesor Melquíades, además de misterioso, tenía aquella voz metálica, que parecía salida de un ordenador y que tan intrigados tenía a todos los niños.
–¿No será un robot o un cyborg de esos que salen en los libros de ciencia ficción? Es imposible que alguien tenga una voz así –decían algunos niños.
–¿Y os habéis fijado en la cara que pone cuando sale del laboratorio?
–¡Es verdad! Como si no estuviera prestando atención a nadie. 
Los niños tenían razón, cuando el profesor Melquíades salía de su laboratorio parecía como si su batería de robot se hubiera quedado vacía. En los pasillos, en las aulas o en la sala de profesores siempre tenía aquella cara de despistado, como si realmente no estuviera allí, sino pensando fórmulas mágicas en su laboratorio. Nunca saludaba por los pasillos, ni tomaba café con el resto de compañeros. Se quedaba entre sus probetas ideando nuevos experimentos.
Quizá por eso, cuando en el último curso, los niños más mayores comenzaron la clase de ciencias con el profesor Melquíades, todos resoplaban  con miedo.  
–¡Yo no quiero entrar en ese laboratorio! –decían los más miedicas.
–Seguro que nos convierte en ratas para luego experimentar con nosotros –decían los más fantásticos.
Pero cuando aquella puerta de metal rojo se abrió y los alumnos entraron, todos se quedaron sorprendidos al comprobar que aquel lugar no se parecía en nada a lo que se habían imaginado. Para empezar, el laboratorio era muy luminoso y no oscuro y tenebroso como todos se habían figurado. En las estanterías había probetas, y botes llenos de líquidos de colores, pero todo estaba en orden. El doctor Melquíades, sin gafas de protección, les pidió con su voz metálica que se fueran sentando por grupos.
En cada mesa, y aquello sí que era extraordinario, había objetos muy variopintos: huevos, miel, leche, un tornillo, aceite, un tomate, una pelota de ping-pong, un naipe.
–Pero, ¿qué vamos a hacer con todo esto?
–¿Una tarta?
–¿Con un tornillo?
–A lo mejor es el tornillo que le falta al profesor Melquíades.
Los niños empezaron a decir un montón de tonterías sin pensar, hasta que el profesor Melquíades les mandó callar con su voz metálica.
–Vamos a comenzar nuestros experimentos. La ciencia es muy importante para el mundo. Puede que no nos demos cuenta, pero todo lo que nos rodea es ciencia. Y aunque todos pensáis que la ciencia es aburrida, o que da miedo, hoy os demostraré que no tiene por qué serlo en absoluto.
El profesor Melquíades fue poco a poco explicando los pasos para hacer distintos experimentos: unos huevos resistentes a todo tipo de peso, otros que flotaban y no se hundían jamás y líquidos que se colocaban unos encima de otros haciendo un arcoíris. Los niños estaban fascinados.
Pero además de con los experimentos, los  niños estaban muy sorprendidos con el profesor Melquíades. El científico loco, que nunca saludaba en los pasillos, que siempre parecía en otro mundo y que se reía como los malos de los dibujos animados, era en realidad un profesor excelente. Disfrutaba tanto compartiendo la ciencia con sus alumnos que cuando sonó la sirena que anunciaba el principio del recreo, la mayoría de los niños estaban tan entusiasmados con los experimentos que no querían salir al patio.
– Profesor Melquíades, explíquenos por qué ocurren todas estas cosas maravillosas.
Y el profesor, con su voz metálica, habló a sus alumnos de cosas rarísimas de las que nunca habían oído nada: la densidad de los cuerpos, la presión del aire, la resistencia o la descomposición de la luz. Todos estaban boquiabiertos.
Después de aquella clase llena de experimentos, llegaron muchas otras. El profesor Melquíades, al que nunca más llamaron científico loco, consiguió transmitir esa pasión por la ciencia a sus alumnos. 
Con el tiempo, alguno de ellos hasta se vistió con bata blanca y gafas de protección y acabó trabajando en un laboratorio. Pero lo que no olvidaron ninguno fueron las clases de ese profesor raro y con voz robótica que les enseñó que la ciencia, aunque a veces no les prestemos demasiada atención, es fascinante y divertida

al mismo tiempo.

El lobo feroz se llamaba Caperucita


Texto de Carolina Fernández
Ilustración de Brenda Figueroa

En el mundo de los cuentos al revés también había escuelas, e igual que en el mundo real había niños y niñas a los que no les gustaba nada ir al cole.

Caperucita era una de esas niñas. Nunca le daba tiempo a acabar sus tareas, no recordaba bien muchas cosas que tenía que aprenderse, le parecía aburrido escucha al profesor y la mayoría de las cosas que tenía que hacer le parecían difíciles. A Caperucita le gustaba ir al cole para jugar con otros niños y niñas pero muchas veces también acababa pegándose o insultándose con la mayoría. Así que, definitivamente, el colegio para ella era bastante duro…

La parte más divertida de su día empezaba cuando salía de la escuela y llegaba a casa con la abuelita y se ponían a hacer madalenas juntas, luego leían algún cuento, y si hacía frio tejían bufandas. Si hacía sol y calorcito, lo que más le gustaba era salir a jugar, correr y saltar por el campo

– ¿Por qué el cole no será así? ¿Por qué no puedo hacer cosas que me gustan?

Caperucita, iba todo los días al cole pensando que el día iría bien, que ella lo haría lo mejor posible y saldría del colegio muy contenta. Sin embargo, al final del día siempre salía enfadada. Algún compañero se metía con ella, su profesor, Mateo le regañaba por algo, y Caperucita acababa siempre por sentir ese nervio que le subía por todo el cuerpo y que le enfadaba tanto.

– Dejadme en paz, ¡estoy harta!

Y soltaba algún tipo de gruñido indescriptible que nadie en su clase sabía interpretar. A decir verdad, aquel gruñido parecía el de un terrorífico lobo feroz. Y es que cuando Caperucita se enfadaba se parecía mucho a los lobos de los cuentos. Caperucita fruncía el ceño, se le cerraban los ojos, se le cerraban los puños y ya no podía pensar nada más. Solo tenía ganas de ser como un lobo feroz y asustar a todo el mundo para que le dejaran en paz.

– Caperucita, no puedes seguir así- le decía Mateo -. Tienes que empezar a portarte mejor, estamos cansados de tus malos humos.
– Si yo lo intento pero no sé cómo hacerlo. Me enfado y es como si me convirtiera de verdad en un lobo que no sabe lo que hace – gritaba Caperucita a la vez que lloraba.

Mateo, viendo lo mal que lo estaba pasando Caperucita, decidió llamar a la abuelita y hablar con ella para pensar juntos cómo podían ayudarla. La abuelita, que era una persona con muchas ideas, enseguida ideó un plan. Para empezar, le pidió a Mateo que confiara en su nieta, y en lugar de enfadarse con ella siempre por no estar atenta o no hacer bien los deberes o por pelearse con la mayoría de sus compañeros, tratara de ayudarla y entenderla.

Después, cuando llegó Caperucita y juntas se sentaron frente a un buen plato de madalenas y una gran taza de chocolate, la abuelita decidió contarle su plan a Caperucita.

– Si sigues así, ese lobo feroz que aparece de vez en cuando va a terminar por comerse a Caperucita entera y que los demás vean solo al lobo feroz.
– Ya lo sé, pero cuando me entra el nervio no puedo controlarlo, ¡no sé que hacer!
– Caperucita, tú siempre llevas esa capa verde que te regalaron papá y mamá antes de irse, ¡¿verdad?!, ellos querían que la llevarás contigo para que te cuidara y estuvieras siempre bien. Bueno, pues esto es lo que puedes hacer a partir de ahora.

La abuela explicó tranquilamente su plan a Caperucita. Cada vez que la niña notara que el nervio le subía por la cabeza, por los puños, por la tripa, debía subirse la capucha de su capa y respirar profundamente cinco veces a la vez que contaba. Cuando terminara, debía pensar ¿estoy enfadada, estoy triste?…y buscar a alguien en quien confíara para poder contarle lo que le pasaba y buscar juntos la manera de sentirse mejor. Pero aunque el plan parecía bueno, Caperucita no las tenía todas consigo:

– Ay abuelita,  ¡eso es muy difícil! Porque no me va a dar tiempo, porque no confío en nadie en la escuela, ¡porque se van a reír de mí!
– Caperucita, inténtalo, simplemente cuando lo notes, ponte la capucha y antes de hacer nada, respira, cuenta…¡ y confía en ti!

A la mañana siguiente Caperucita llegó a la escuela contenta y nerviosa, las clases comenzaron aburridas casi como siempre, y digo casi, porque esta vez Mateo, en lugar de enfardarse por los ejercicios sin hacer o mal hechos de Caperucita le explicó cómo hacerlo bien, y se ofreció a ayudarle para terminar el resto, cuando acabara la clase.

Muy sorprendida, Caperucita pensó que aquella mañana todo iba a salir bien y en efecto, las cosas iban mucho mejor que cualquier otro día del cole. Hasta que llegó el recreo. Y otra vez le entraron ganas a Caperucita de convertirse en un lobo feroz. Y es que Caperucita tenía ganas de jugar pero no sabía con quién. Andaba despistada sin fijarse bien cuando se chocó con una niña de su clase:

– ¿Qué haces ahí en medio, Caperucita? ¿No ves que nos molestas? ¡Lárgate!

Caperucita sintió el nervio y las ganas de gritar a aquella niña maleducada. Pero entonces, pensó en la abuelita y se dio media vuelta con su capucha puesta. Trató de respirar y respirar… pero seguía muy enfadada: ¡el truco de la abuelita no estaba funcionando! Pero mientras seguía respirando sin saber qué hacer y sin confiar demasiado en el truco de la abuela, Peter, se acercó y le dijo;

– Oye, ¿quieres venir con Wendy y conmigo a jugar a los piratas?

La sonrisa de Caperucita no le cabía en la cara, no sabía si su capucha había hecho magia, o si eso de no salir corriendo a gritar y pegarse con sus compañeras le había salido bien…no sabía muy bien si la próxima vez iba a respirar o a gritar, si Peter y Wendy le ayudarían a enfadarse con quien se metiera con ella, o si al fin tendría con quién jugar en el recreo. Lo único que Caperucita sabía, era que jugar a los piratas era de las cosas que más le gustaban y que eso le hacía estar muy contenta.

Y fue así como, gracias a la ayuda de la abuelita, de Mateo, de Peter y Wendy, de la capa verde y de la confianza en sí misma, Caperucita, poco a poco, fue dejando que su lobo feroz desapareciera.

Y la escuela ya nunca más fue un lugar horrible, sino un sitio donde sentirse bien, aprender, jugar a piratas y, lo más importante, hacer buenos amigos.

¿Para qué sirve la historia?

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Erik miraba su libro de conocimiento del medio con aburrimiento. Aquellas lecciones sobre civilizaciones antiguas y guerras no le interesaban en absoluto. Al fin y al cabo, ¿para qué sirve la historia? Al menos con las matemáticas uno aprendía el dinero que le tenían que devolver cuando compraba golosinas, o las ciencias naturales le ayudaban a comprender por qué su conejo movía tanto el hocico. Sin embargo la historia, no era más que aprenderse fechas, aprenderse nombres, soltarlas en un examen y olvidarlas para siempre.

Erik miró el dibujo que tenía frente a él. Un viejo guerrero vikingo con cuernos en la cabeza dirigía una barca acabada en espirales que poco o nada tenía que ver con la barca vikinga que instalaban en la feria del pueblo todos los veranos.

 – En serio, viejo guerrero, ¿por qué tengo que aprenderme todo esto? – preguntó con rabia Erik a su libro.

Justo en aquel momento, Erik sintió que un viento muy fuerte le despeinaba su flequillo y le obligaba a cerrar los ojos. ¿Quién se habría dejado la ventana abierta? Pero no era desde la ventana por la que se colaba aquella ventolera, ¡qué va! Y es que cuando Erik abrió los ojos se encontró en medio del mar, sobre un barco con espirales que no se parecía en nada a los barcos vikingos de la feria, pero que sin duda era auténtico, como auténtico era aquel enorme guerrero de tupida barba que tenía frente a él.

– Pero, ¡no puede ser! Si tú eres el que estaba en mi libro de conocimiento del medio…
– Pues ahora el que está en su libro de conocimiento del medio eres tú, señorito. Bienvenido a mi drakar, o como vosotros decís, a mi barco vikingo.

Erik no era capaz de salir de su asombro, ¿se habría quedado dormido sobre el libro y ahora estaría soñando esas extrañas cosas?

Pero un fuerte meneo del mar le tiró al suelo. Erik se golpeó la rodilla y se hizo una herida. Dolía mucho. Aquello no podía ser un sueño. Al ver la cara de dolor del pequeño, el enorme guerrero comenzó a reírse a carcajadas:

– No te pondrás a llorar por esa herida insignificante, ¿no? Los vikingos son valientes en la guerra y no le tienen miedo a nada.
– Pero yo no soy vikingo y no estoy en una guerra. ¡Si ni siquiera pertenezco a esta época!

Al oír aquello fue el vikingo el que puso una mueca de sufrimiento:

 – ¡Ya sé que no perteneces a esta época! Pero todo lo que pasa ahora en el mundo tiene algo que ver con nosotros, con los personajes de la historia.
– ¡Qué dices! Si la historia no sirve para nada…
– La historia es la memoria del mundo. Tú no eres el mismo Erik que eras hace unos años, cuando gateabas por los pasillos y te caías cuando intentabas levantarte. Pero lo que aprendiste entonces te ayudó a que seas como eres ahora.

Erik miró al vikingo. Aquello que decía era muy complicado y no parecía tener sentido.

– Mira jovencito, empecemos por algo fácil: tu nombre. ¿Sabías que ese nombre perteneció a un famoso rey vikingo?

Erik, que no tenía ni idea, se incorporó con curiosidad.

– ¿Y qué significa?
– Pues quiere decir gobernante, el que reina siempre. Y fíjate, tu nombre ha llegado desde mi época hasta la tuya.
– ¿Pero cómo sabes esto?
– Pues muy fácil, gracias a la historia. Ya te he dicho que la historia es la memoria del mundo. Nos ayuda a conocer lo que somos y a intentar no repetir los fallos del pasado en el futuro.
 – ¡Pero eso no es verdad! Si fuera así, después de una guerra a nadie se le ocurriría empezar otra y la historia está llenísima de guerras. ¡Es un rollo!
– Tienes razón Erik, pero la culpa de eso no la tiene la historia, si no el propio ser humano que no aprende de sus errores.

Erik se quedó pensando un rato. Lo que decía aquel guerrero empezaba a tener sentido. El año pasado, cuando Erik se rompió el dedo gordo del pie derecho dándole una patada a una piedra, aprendió que había cosas mucho más duras que sus propios huesos y ahora no se le ocurriría hacerse el chulito dando patadas a árboles, piedras o paredes. Había aprendido de sus errores, de su propia historia.

 – Claro Erik, eso pertenece a tu historia, que es muy importante, igual de importante que es la historia del mundo. Así que si no quieres que te acabe tirando a los tiburones, más te vale que vuelvas a tu cuarto y empieces a estudiar con ganas las lecciones de historia.

Y antes de que Erik pudiera responderle que no le gustaban muchos los tiburones, ya estaba otra vez sentado frente a su libro con el dibujo del vikingo.

Pero esta vez, en vez de lamentarse, Erik, el gobernante, el que reina siempre, decidió darle una oportunidad a la historia. Era la memoria del mundo y Erik no quería olvidarla.

Los ruedines de Hugo

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez 

Hugo ya era mayor. O él se sentía así, muy mayor. Por eso no entendía que sus padres no quisieran comprarle una bicicleta de verdad. No un triciclo como el que tenía, sino una auténtica bicicleta de ciclista con la que convertirse algún día en campeón del Tour de Francia. Tanto insistió y tanto la deseó, que por fin, el día de su cumpleaños, sus padres le regalaron una preciosa bicicleta.

– ¡¡Me encanta!! ¿Bajamos al parque a probarla?

Pero lo que no sabía Hugo es que eso de montar en bicicleta era mucho más complicado de lo que había pensado. Y eso a pesar de que su madre estuvo ayudándolo toda la mañana.

– Te estoy sujetando Hugo, ¡da pedales!

Y aquello era una sensación maravillosa. Lo que pasa es que Mamá no podía ir sujetándole todo el rato. No era muy práctico si quería convertirse en ciclista, ¿dónde se había visto un Tour de Francia donde las mamás fueran corriendo detrás de los deportistas? Así que cuando todos pensaron que Hugo ya era capaz de montar solo, le soltaron y ¡PUMBA! Hugo se pegó tal tortazo que hasta se le rompió un diente (menos mal que era un diente de leche, que estaba a punto de caerse).

Tras aquella caída, Hugo no quiso saber nada de la bicicleta. Aquella máquina era endemoniada y horrible y los ciclistas del Tour de Francia unos locos que arriesgaban su vida en aquel aparato peligrosísimo. Hasta que un día, Papá llegó a casa con un nuevo regalo: unos ruedines para la bicicleta.

– ¡Con esto no te caerás nunca! Ya verás.

Hugo probó con miedo aquel nuevo invento y comprobó con alegría que ahora sí podía dar pedales sin perder el equilibrio. Desde entonces, iba con ella a todas partes: a comprar el pan (aunque la panadería estuviera a la vuelta de la esquina), al cole (aunque el cole estuviera al final de su calle) y sobre todo, al parque.

En el parque no había coches, así que Hugo podía ir a su aire. Subía y bajaba las cuestas tan rápido que se sentía un aviador a punto de despegar, o un ciclista a punto de ganar una etapa. A su alrededor, los niños con bicis nuevas trataban de aprender a montar sin ruedines y se caían sin remedio al suelo. Hugo, al verles caer, se reía de ellos y pasaba a su lado veloz y feliz con su bicicleta verde, sus ruedines y su sensación de campeón del Tour.

Pero con el tiempo, todos aquellos niños que se caían en sus bicicletas sin ruedines fueron aprendiendo a montar solos y con sus dos ruedas eran mucho más rápidos que Hugo y sus cuatro ruedas.

– Hugo, ¿seguro que no quieres volver a intentarlo sin ruedines? – le preguntó un día su madre al verlo observar tan serio al resto de los niños.
– ¡No! Estoy muy bien así. Te espero abajo, Mamá.

Y al decirlo, Hugo se dejó caer por la cuesta. ¿Para qué quería montar en una bici normal? Él no quería perder el equilibrio y hacerse daño. Además, él también podía ir muy rápido y ganar el Tour con sus ruedines. Para demostrarlo, Hugo comenzó a pedalear con tanta fuerza que sintió como el viento le despeinaba el flequillo que se asomaba por su casco fosforito. ¡Era una sensación increíble! Tan bien se sentía, que sin darse cuenta cerró los ojos un instante y se dejó llevar, hasta que un gritito agudo le sorprendió tanto que a punto estuvo de chocarse con un árbol. Pero al tratar de evitarlo, cayó ruidosamente al suelo.

El niño se llevó la mano a la rodilla y vio que se había hecho una pequeña herida y tuvo ganas de llorar. Pero Mamá no le oiría por mucho que llorara así que decidió aguantarse las ganas y levantarse como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado. Un montón de ardillas con cara de malas pulgas le miraban fijamente.

– ¡Salvaje! Casi atropellas a una de nuestras compañeras.

Hugo no podía creer lo que estaba viendo: ¡Una ardilla que le hablaba!

– ¡Es que a quién se le ocurre! ¡Cerrar los ojos cuando uno se monta en bicicleta!
– ¡Y encima tan rápido! A esa velocidad lo raro es que no te hayas aplastado la cabeza.
– Claro, ¡cómo lleva casco! Pero nuestra amiga no tiene casco, si la llegas a pillar…

Por un momento, Hugo se olvidó de lo sorprendente que era que unas ardillas le estuvieran hablando y se sintió muy pero que muy avergonzado. Al notarlo, una ardilla, la única que tenía el pelo gris, sintió un poco de lástima por él y comenzó a defenderlo:

– Déjadle en paz. Solo es un niño pequeño. Fijaros, ¡si hasta lleva ruedines en su bicicleta!

Lejos de aliviarle, aquel comentario molestó mucho a Hugo. ¡Si él ya era mayor! Y además, ¿qué sabrían aquellas ardillas impertinentes de bicicletas?

– Pues sí, llevo ruedines, pero es que así no me caigo.
– Pero tampoco pensarás ganar ninguna carrera con esas diminutas ruedas, ¿no? Además, ¿quién ha dicho que no puedes caerte con ellas? ¡¡Si acabas de caerte!!– se carcajeó ruidosamente otra ardilla.

Hugo se quedó pensativo un momento, tan avergonzado, que la ardilla gris volvió a compadecerse de él.

– Si tanta vergüenza te da ir con ruedines, ¿por qué no te los quitas?
– Porque sin ellos no sé montar. Me caigo todo el rato y no me gusta.
– Claro, a nadie le gusta caerse, pero a veces no hay más remedio. Míranos a nosotras. Trepamos a los árboles, saltamos de rama en rama y rara vez nos caemos. Pero no fue siempre así. Cuando éramos pequeñas e inexpertas nos caíamos todo el rato. Pero no tiramos la toalla. Si lo hubiéramos hecho… ahora solo podríamos subirnos a los arbustos. ¡Qué rollo!

Hugo se dio cuenta de que aquellas ardillas tenían razón. Por mucho miedo que le diera volver a caerse, tenía que aprender a montar en bicicleta (sobre todo si quería ser ganador del Tour). Y en esos pensamientos andaba Hugo cuando las ardillas, muy nerviosas, comenzaron a correr y a subirse a lo alto de los árboles.

– Pero… ¡no os vayáis!

En aquel momento, Hugo descubrió que venía su madre.

– Hugo, ¿estás bien? ¿con quién estabas hablando?

A punto estuvo el pequeño de decirle que con las ardillas, pero luego lo pensó un momento. ¿Le creería Mamá si se lo contaba? Al fin y al cabo… ¡los mayores nunca creían esas cosas! Así que en lugar de explicarle lo que había pasado, le dijo simplemente:

– Oye Mamá… ¿tú crees que Papá querrá quitarme los ruedines?