El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

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Los regalos de septiembre


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De repente, llegó septiembre. La gente volvió a casa y poco a poco, las ciudades, tan vacías durante agosto, fueron llenándose de habitantes. 
          ¡Se acabó la playa! ¡se acabó el descanso! –se escuchaba lamentarse a todo el mundo por las esquinas.
Y todo el mundo parecía triste. Los mayores fruncían el ceño y maldecían los madrugones. Los niños agotaban los días de vacaciones y suspiraban. Los perros volvían a sus pisos de ciudad, a sus parques de ciudad y echaban de menos correr por la playa.
Septiembre deseaba tanto que la gente le quisiera que se dedicó a regalarles cosas. 
          Todo el mundo se siente feliz cuando estrena algo, ¿verdad?
Fue así como decidió regalar a todos aquellos adultos gruñones unos zapatos nuevos, para que en vez de arrastrar los pies de camino al trabajo, brincaran y bailaran sin parara. A los perros, que echaban ya no podían correr por la playa, les regaló apetitosos huesos que esconder en los parques. Pero sin duda, los más afortunados fueron los niños: septiembre les regaló una caja de lápices de colores para que pudieran colorear sus libros nuevos.
          ¡Qué divertido es estrenar cosas! – exclamó septiembre al ver las caras de felicidad de los niños. 
Y tanta envidia le dieron, que quiso estrenar algo. Y estrenó el otoño.

Lluvia veraniega



Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez
Después de un mes entero sin llover, el campo se levantó un día tan seco que, de haber tenido la oportunidad, se habría bebido toda el agua del mar (¡aunque fuera salada!).

–¿Dónde estará la lluvia? –se preguntaban los campos de trigo, los árboles repletos de fruta y los ríos sin agua.

Pero la lluvia no estaba por ningún lado. Ella, como todos los niños, había llenado su maleta de sandalias y bañadores y se había marchado de vacaciones.

La luna, muy preocupada por todos los seres que vivían en el campo, decidió hacer algo para devolverles la lluvia.

–¡Si yo pudiera convencer a las nubes para que llovieran! –se repetía una y otra vez.

Pero la luna no mandaba en las nubes, sino en las estrellas. Por eso la única lluvia que podía mandar era de estrellas.

Y eso hizo.

Fue un 11 de agosto y la visión de aquella lluvia maravillosa no sació la sed del campo, pero les dejó tan maravillados que se olvidaron de esa otra lluvia hasta la llegada de septiembre.

La envidia de Julio


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Aunque Julio era un mes de verano, y se supone que en verano todos estamos más contentos, él era gruñón y malhumorado. No se sentía feliz porque le tenía una envidia terrible a su hermano Junio. ¡Todo el mundo parecía preferirle a él! Nadie se quejaba de aquel mes mitad primavera, mitad verano. Al contrario, estaban tan contesto de que por fin llegara el verano y las vacaciones que hasta hacían una fiesta para celebrarlo. Sin embargo, cuando llegaba Julio, a pesar de que los niños no tenían que ir al colegio y podían pasarse el mes entero de vacaciones, sin colegio y sin deberes, siempre había alguien quejándose: si hacía mucho calor, la gente se quejaba de que no podía dormir por las noches, y si, de repente, hacía un poco más de frío, la gente se quejaba de que no podían ir a la piscina. El pobre Julio estaba muy triste.
–¡Siempre preferirán a Junio!

Y por más que el resto de meses intentaban consolarle y le decían que no podía fiarse de lo que decían los humanos, pues siempre estaban cambiando de idea y quejándose por todo, el mes de Julio se sentía fatal. Los primeros en intentarlo fueron Enero y Febrero. Ellos sabían mucho de quejas, puesto que si de algo se quejaban los humanos era del frío y del invierno.
–Ya, pero Enero, tú tienes la nieve. Y Febrero, tú tienes el Carnaval. Yo tengo las vacaciones, sí, pero con esta crisis… ¡Ya nadie se va de vacaciones! Y todo el mundo se queja más.
También lo intentaron los meses de primavera, pero Julio no quería ni oírles hablar. ¿Cómo iban a saber ellos de que hablaba? ¡A todo el mundo le gustaba tanto la primavera! Así que fue su compañero de estación, Agosto, quien trató de hacerle sentir mejor. Nadie como él entendía a Julio, puesto que él también era un mes de verano y estaba acostumbrado a que la gente se quejara del calor, de no poder dormir y al mismo tiempo de todo lo contrario: del frío y de no poder bañarse en el mar los días que no salía el sol.
Agosto, estuvo mucho tiempo pensando en qué le diría a Julio para que olvidara su envidia por Junio y fuera más feliz y por fin encontró una solución.
Una mañana, Agosto fue a buscar a Julio a su casa.
–Nos vamos de excursión.
–Yo no quiero irme de excursión. Lo que quiero es que todo el mundo me quiera tanto como a Junio y deje de quejarse por mí.
Agosto, que si algo había aprendido durante las ardientes tardes de verano era a tener paciencia, volvió  insistir.
–He descubierto algo increíble que te hará sentir muy bien. ¿Estás seguro de que no quieres saber qué es?
Julio estaba triste, pero también un poco aburrido. Además era muy curioso, así que no pudo resistirse y acabó aceptando la propuesta de Agosto. Juntos se fueron a un hospital.
–Fíjate bien, compañero. Ese bebé que duerme plácidamente acaba de nacer. ¿Sabes que nombre le han puesto? El del mes favorito de su madre.
–¿No me digas que van a llamarle Junio? –exclamó muy enfadado– Para eso me has traído aquí…
–No digas tontería: nadie se llama Junio. Este niño se va a llamar como tú, Julio. Y no es el único, Hay muchos Julios. Incluso hay Julias.
Aquello sorprendió mucho a Julio. Él nunca había pensado que pudiera ser especial. Se había acostumbrado a las quejas y se había olvidado de todas las cosas buenas que los humanos decían de él: que si Julio es un mes perfecto para descansar, que si en Julio siempre hay cosas interesantes que hacer, que si tenemos más tiempo para visitar a los amigos, que si siempre hay sol…

Así que gracias a su amigo Agosto, Julio dejó de tener envidia a su hermano Junio y consiguió comprender que cada uno es como es y que ningún mes es mejor a otro. 

El rey del verano

Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez


Lo que más le gustaba al sol era el verano. Por eso cuando llegó Junio y supo que con él empezaría su estación preferida, se puso tan contento que quiso demostrarle a los seres humanos que él era el verdadero rey de esta estación.
–Les regalaré días largos y soleados.
Y así fue. El sol se levantaba más pronto que nunca y se acostaba muy tarde. Sus jornadas de trabajo eran cada día más y más largas. Pero no le importaba, él quería demostrar a todos que Junio había llegado, y que ni la lluvia, ni el viento, ni mucho menos la niebla, el granizo o la nieve podían arrebatarle su papel de rey del verano. Pero los humanos no parecieron sorprenderse demasiado con aquello: Días largos y soleados ¡vaya cosa!
Así que el sol, empeñado en demostrar que él era el verdadero rey de la estación que estaba a punto de llegar, decidió regalar a los humanos noches cálidas y suaves. Pero las personas, siempre tan inconformistas y quejicas, en vez de estar contentos, se lamentaban sin parar:
–¡Qué calor hacía esta noche! ¡No he podido dormir nada!
Cansado de buscar, el presumido sol decidió consultar a la sabia luna. ¿Qué podía ofrecer a las personas que realmente les dejara con la boca abierta?
La luna observó al sol. Quería ser el rey del verano y que todo el mundo se rindiera ante sus pies y no se daba cuenta de que aunque lloviera, nevara o granizara, él siempre sería el rey del día, igual que ella lo era de la noche.
–¿Por qué estás tan empeñado en demostrar tu poder?
–Ha sido un invierno muy gris, una primavera muy lluviosa y por fin ha llegado Junio. Ahora me toca a mí ser el protagonista. Quiero que todos se sorprendan con mi belleza y que nadie dude que yo, y solo yo, soy el rey del verano.
La luna se dio cuenta de que el sol, tan presuntuoso y arrogante, se merecía una pequeña lección.
–En ese caso solo queda que les des lo más importante que tienes: ¡Tu interior! Eso es lo que ellos quieren.
El sol no entendió lo que quería decir la luna, pero siguió su consejo. Se miró dentro y descubrió que en su interior solo había fuego.
–¡Fuego! ¿Cómo voy a regalarles el fuego? Si hago eso, me quedaré sin fuerza…
–Pero demostrarás que eres el verdadero rey del verano. ¿No es eso lo que quieres?
El sol dudó por un momento, pero como bien decía la luna, esa era la única forma de que los escépticos humanos se dieran cuenta por fin de quién mandaba en el verano. Por eso, decidió hacer una fiesta donde su fuego fuera el protagonista. Sería justo la noche de San Juan, cuando empezaba oficialmente el verano.
Así lo transmitió por todas las esquinas. Para inaugurar la estación en la que comenzaba su reinado, todos las personas estaban invitadas a la fiesta de las hogueras.
Tal y como había planeado la luna, los seres humanos se quedaron boquiabiertos, y el sol se pues muy contento: ¡lo había conseguido! Ahora nadie dudaría de él.
Sin embargo, les había dado lo que tenía dentro, su fuego y tras la fiesta, el sol se había quedado muy cansado.
–Les has demostrado que eres el rey del verano, pero ahora te has quedado sin fuerza.
–Y entonces, ¿ya no brillaré más?
–Claro que brillarás, pero cada día un poco menos.   
–Pero, ¡no es posible! El verano es mi estación, tengo que ser cada día más fuerte…
Pero el sol había sido tan arrogante, que había gastado toda su fuerza en la noche de San Juan. Por esto justo la noche que empieza el verano, los días comienzan a hacerse más y más cortos. ¡Menuda contradicción! Pero es que el rey del verano, cansado de la noche de San Juan, necesita descansar…

El árbol solitario


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Había comenzado el mes de mayo y todo el mundo en el bosque estaba ocupadísimo. Los árboles tenían que florecer y ponerse guapos para que los insectos se acercaran a ellos, y estos debían moverse de un lado para otro para transportar el polen de un sitio a otro y las mariposas tenían que aprender a volar con sus alas nuevas. También los pájaros, conejos, zorros y patos estaban ocupadísimos con los nuevos miembros de la familia. Eran tan pequeños que no podían valerse por sí mismos y tenían que ayudarles todo el rato.

Solo un viejo árbol apartado parecía ajeno a toda esa excitación. Se trataba de un árbol solitario, tan lejos del resto que muchos ya se habían olvidado de que existía. Se había quedado solo el otoño pasado, cuando la gente del pueblo decidió talar a sus compañeros para construir edificios. Pero el proyecto se quedó sin dinero antes de tiempo. Nunca se construyeron casas y solo quedó aquel árbol solitario en recuerdo de lo que antes fue un precioso bosque.

En la vida del árbol daba igual si empezaba mayo o estaban en febrero. Nadie se acordaba de él. Ni siquiera el viento venía a visitarle y el pobre árbol, condenado al olvido, florecía sin que nadie disfrutara de sus flores.

Sin embargo, un día, un pájaro hambriento apareció por ahí. Volviendo de África al acabar el invierno, se había perdido del resto de su bandada. No conocía el lugar, estaba desorientado y muy muy hambriento. Cuando vio aquel árbol en medio de la nada, pensó que este podía ser su única salvación.

–Seguro que tú sabes donde hay suculentas lombrices que llevarme a la boca.
–Querido pájaro, aquí no hay nada. Es un campo de cemento donde solo estoy yo. Tendrás que buscar otro sitio.

Pero el pájaro estaba demasiado débil para seguir volando. El árbol, al ver tan desesperado a aquel pajarito, decidió ofrecerle lo único que tenía: las flores.

–Pero tus flores son tan bonitas, ¿cómo voy a dejarte sin ellas?
–No te preocupes, aquí estoy tan solo que no tengo insectos cerca que transporten el polen de un sitio a otro. Así que no me sirven para nada.

El pajarito se acercó a verlas. Olían tan bien y el pájaro estaba tan hambriento que metió su pico entre los pétalos de las flores. Enseguida descubrió un dulce líquido: el néctar. Después de tantos días sin comer, aquello le supo a gloria. Así que empezó a comer y a comer hasta que sintió que había recuperado las fuerzas.

–Querido árbol, ¿qué puedo hacer yo por ti? Me has salvado la vida y no puedo dejarte aquí tan solo.

El árbol solitario y el pájaro perdido estuvieron un rato pensando. De repente, al pájaro se le ocurrió una solución.

–¡Déjame que sea yo quién transporte tu polen! Así tus flores se convertirán en frutos y yo tendré mucho que comer.

Y así lo hicieron. El árbol se llenó de frutos que el pájaro comió durante todo el verano. Pero el invierno se acercaba, el pájaro tendría que marcharse y el árbol se quedaría solo otra vez.

–Querido árbol, todos los huesos de tus frutos, ¿no podríamos plantarlos en algún lugar?
–Mira a tu alrededor, ¡solo hay cemento! Aquí no crecería nada.
–No quiero dejarte solo. Sin embargo, si no me voy a zonas más cálidas, moriré de frío durante el invierno.

Así que al pájaro no le quedó más remedio que marcharse y el árbol volvió a quedarse solo.

Pasaron los meses y la primavera regresó, y con ella todos los quehaceres primaverales de los seres del bosque. También volvieron los pájaros de África. El árbol solitario los veía pasar de largo y pensaba en su amigo. ¿Se acordaría de él?

Una mañana de mayo, el árbol solitario se despertó con un sonido que le era familiar.

–¡Has vuelto! –exclamó muy contento el árbol. Pero al momento una duda le puso triste– ¿No habrás vuelto a perderte?

El pájaro se río.

–No me he perdido, solo he venido aquí a pasar los meses cálidos. Quizá no es el lugar más bonito del mundo, pero es aquí donde quiero estar. Sé que no me faltará de comer, y tampoco echaré de menos una conversación interesante.

Y así pasaron juntos el verano. Luego llegó el invierno solitario. Después, con las primeras flores regresó el canto de su amigo el pájaro. Ocurrió así cada primavera y aquel árbol solitario nunca más volvió a estar solo.

Lo mejor de la lluvia


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Cuando llegó la primavera, tan misteriosa, divertida y exuberante a todo el mundo le dio por enamorarse. La cigüeña se enamoró del colibrí, la ardilla del ratón de campo, la lombriz del escarabajo, el gato blanco de la vecina del cuarto de la perrita negra del bajo, el maestro de infantil de la agente municipal que controlaba el tráfico en la puerta del colegio, el funcionario de la ventanilla 223 de la oficina de Hacienda de la científica del centro de investigación astronómica y el forzudo del circo de la escritora de cuentos.

Y esa felicidad enamorada llegó también a lo más alto, y en el cielo, la lluvia no pudo evitar enamorarse locamente del viento. Le gustaba su carácter cambiante, la fuerza con la que levantaba las hojas de los árboles, la alegría con la que alborotaba el pelo de la gente, la decisión con la que movía a las nubes en el cielo.

Tanto le gustaba, que un día decidió hacerle un precioso regalo para demostrarle su amor. Un regalo tan bonito que todo el mundo se quedara maravillado. Estuvo pensando y pensando, pero no encontraba nada lo suficientemente bello:

– ¿Qué puedo ofrecerle yo, la triste lluvia?

 Pero los árboles y los animales no estaban de acuerdo con ella.

– ¿Por qué dices eso? ¡Tú no eres triste!
– Claro que sí. Todo lo que yo hago es gris, oscuro y feo…
– ¡No es verdad! Hay tantas cosas bonitas en ti – exclamaron todos.

Pero la lluvia era incapaz de encontrar ninguna. Se miraba dentro y solo veía nubarrones, días grises, gente quejándose por el mal tiempo, niños resfriados. Por eso todos decidieron contarle aquello que más les gustaba de los días de lluvia.

– A mí me gusta el olor de la tierra mojada. Siempre anuncia que mi lombriz va a asomar su cabeza entre la tierra – le contó el escarabajo.
– ¡Pisar los charcos con nuestras botas de agua! – exclamaron divertidos los niños del colegio.
– Escuchar cómo repiquetean las gotas sobre el tejado, mientras el forzudo y yo vemos una película en casa– le explicó la escritora.
– Ver a lo lejos un paraguas naranja y saber que debajo viene mi científica a recogerme a la salida de la oficina – susurró con emoción el funcionario de la ventanilla 223.

Pero los más convincentes fueron los árboles. ¡La lluvia era tan importante para ellos! Gracias a la lluvia, los árboles desnudos se llenaban de flores y con ellas traían la alegría y la primavera a la ciudad.

– Lluvia querida, sin ti no tendríamos flores. Por eso nuestras flores blancas, rosas, amarillas y de todos los colores son tuyas y solo tuyas. Puedes regalárselas a quién quieras.

Aquellas flores fueron el regalo que estaba buscando la lluvia para su amado viento. Cuando este vio lo que la lluvia, que no era solo gris, sino colorida, dulce y romántica, había hecho por él, se puso muy contento y la invitó a salir a pasear juntos.

Fue aquella una bonita tarde gris de lluvia ventosa…

Una estación para Marzo


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez


De todos los meses de año el más atolondrado era Marzo. No había quién le entendiera y tenía unos cambios de humor tan explosivos, que el resto de meses no sabían muy bien que pensar de aquel mes. ¿Era un mes alegre o era un mes triste? Difícil saberlo, ya que a veces reía y llenaba de brisa los campos, que disfrutaban con las caricias del viento y a veces se enfadaba y salían truenos y relámpagos de su boca. Otras veces estaba tan triste que llovía a mares y al momento se ponía tan contento que se llenaba de sol.


Por eso, después de pensar y pensar mucho, el Año, que era quien repartía las estaciones, decidió que Marzo sería un mes de invierno. Marzo, que además de atolondrado era un mes muy presumido, aquello de ser un mes gris de invierno le sentó tal mal que estuvo lloviendo una semana entera. ¡Imaginaros! Una semana entera con sus siete días y sus siete noches sin parar de llover.

– ¿Ves cómo eres un mes de invierno? Si fueras de primavera estarías lleno de color – le dijeron el resto de meses.

Pero el Año se quedó un poco triste ante la reacción de Marzo. Él quería a todos sus meses por igual y no le gustaba saber que Marzo se sentía tan triste y enfadada.

– Quizá podría cambiar a Marzo por Octubre, y convertirle en un mes de Otoño, estoy segura que a Marzo, que es tan presumido, le encantarán los colores vivos del Otoño.

Pero Octubre se negó en redondo. Él ya se había hecho a la idea de ser un mes otoñal y no quería cambiarse por Marzo.

Muy preocupado, el Año miró pensativamente por la ventana. ¿Qué podía hacer con Marzo? Afuera había dejado de llover, quizá porque Marzo, tras una semana entera llorando, había decidido tomarse un descanso para que el sol saliera un ratito. En el campo, aquella lluvia enfadada de Marzo había conseguido que los árboles desnudos de invierno fueran poco a poco floreciendo.

– Fíjate esos almendros están repletos de flores – exclamó pensativo.

El Año, miró con curiosidad los ríos, repletos del agua de la nieve de las montañas, que se había derretido y bajaba con alegría hasta los valles. Asomados en sus madrigueras, los osos, dormidos durante el invierno, se estiraban y bostezaban contentos.

– ¿Ha llegado ya la primavera? – Preguntaban despistados.

Cuando el Año oyó aquello, se dio cuenta de que aquel Marzo tan caprichoso tenía mucho de primavera.

– Darás la bienvenida a la nueva estación – le anunció solemne el Año.

Y así se quedó Marzo: a medio camino entre el gris invierno y la colorida primavera.

El mes más corto


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De todos los meses del año, Febrero era el más travieso de todos. Le gustaba contar historias de miedo a Noviembre, esconder horas de sol a Enero, cambiarle a Marzo los vientos de sitio y llamar a Junio por el nombre de Julio y viceversa. Les hacía tanto de rabiar, que todos los meses le tenían mucha manía a Febrero:

– Siempre se está riendo de mí – se quejaba Mayo – dice que soy una cursi, con tantas flores por todas partes.

Pero además de bromista, Febrero era un mes muy despistado. Por eso un año, durante las fiestas de carnavales, el revoltoso Febrero perdió nada más y nada menos que ¡dos días! Lo primero que pensó fue que Enero, cansado de que siempre le escondiera las horas de sol, había hecho desaparecer aquellos dos días. Pero Enero no había sido, así que Febrero siguió preguntando al resto de meses. Nadie sabía nada.

– ¡No pueden haber desaparecido sin más! – exclamó convencido.

Así que se puso a buscarlos por todas partes. Los buscó en las noches frías y en los días soleados. Los buscó entre la montaña de confeti que el desfile de Carnaval había dejado. Los buscó en la tienda de disfraces y también en los salones de actos de los colegios de los niños. Lo buscó entre la hojarasca y sobre los árboles desnudos. Los buscó entre los lápices nuevos de Septiembre y bajos las hogueras de Junio. Pero fue imposible. Aquellos días se habían perdido para siempre.

Muy compungido, Febrero pidió ayuda a sus compañeros, pero estos, cansados de sus bromas, vieron la oportunidad de que, por una vez, fuera Febrero el que tuviera que aguantar sus burlas.

– ¡Un mes de 28 días! ¿dónde se ha visto eso?
– Ya no podrán llamarte mes, sino mesecito. Febrerito, el mesecito.

Muy avergonzado, Febrero decidió que tendría que conseguir aquellos días como fuera. Tal vez, pensó, podía pedírselo a aquellos meses que tenían 31 días. Pero por más que rogó, lloró y pidió porfavorporfavor que le prestaran esos días que le sobraban, ni Enero, ni Marzo, ni Mayo, ni Julio, ni Agosto, ni Octubre, quisieron desprenderse de un solo día.

– Te has reído tantas veces de nosotros, que ¿por qué tendríamos que ayudarte? – exclamó Octubre refunfuñando.

– ¡Las bromas no son tan malas! No sé por qué les sientan tan mal. La vida hay tomársela con humor – le explicó Febrero a Diciembre. Diciembre era el mes más viejo de todos y la última esperanza para Febrero.
 – Claro que no son tan malas – le contestó Diciembre – siempre que no tengan como objetivo reírse de los demás. Lo divertido de las bromas es compartirlas y que todos podamos reírnos.

Febrero pensó que quizá Diciembre tenía razón. Algunas de sus bromas eran realmente pesadas, como cuando le robó a Junio el sol, y se tiró tres semanas lloviendo. Quizá debería tratar de divertirse sin hacer daño a sus amigos.

– Te prometo que voy a intentarlo, pero ¿me darás a cambio uno de tus días?
– Mi querido Febrero, yo no puedo darte mi día 31. ¡La gente se enfadaría tanto si les dejáramos sin Nochevieja! Sin embargo hay algo que podemos hacer.

Diciembre le contó que su mes era el más largo de todos, porque además de 31 días, tenía seis horas más.

– Las acumularé todas y te las regalaré cada cuatro años, pero tienes que prometerme que dejarás de hacer bromas pesadas.

Febrero aceptó el trato. Y en aquel tiempo cambió su manera de divertirse. Seguía siendo travieso y disfrutaba enredando el pelo a las señoras que paseaban en Marzo, o recalentando la cabeza de los abuelos en Agosto. Pero ya no se metía con ellos, y siempre les hacía partícipes de sus bromas.

Por eso, cuando llegó el cuarto año. Diciembre cumplió su promesa y regaló a Febrero todas aquellas horas de más. Con esas horas, Febrero creó el día 29. ¡Un día que solo existía cada cuatro años! Aquello era tan especial, que Febrero jamás volvió a sentirse avergonzado de ser el mes más pequeño.

Vacaciones de colores

Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Al poco de terminar el otoño, los colores decidieron un día que necesitaban vacaciones. Estaban cansadísimos y no penséis que era por haber bailado, comido y jugado demasiado durante la Navidad, o por haberse quedado hasta tarde viendo la televisión el día de Nochevieja. ¡Qué va! Los colores estaban agotados de tanto trabajar, y es que para ellos Otoño era la estación más complicada del año: ¡siempre tenían que lucir más brillantes que nunca! Y todo por culpa del señor Otoño, que era tan presumido y coqueto que quería ser la estación más especial del año.

Y eso, claro, suponía un gran problema para los pobres colores:
– No le vale con los naranjas suaves, qué va. El señor Otoño siempre necesita naranjas fuego, y eso son los más difíciles de mantener – exclamaban con enfado los colores de la tonalidad naranja.
– Pues los rojos le gustan aterciopelados, que es una cosa rarísima. ¡Tú sabes lo que tenemos que trabajar nosotros para conseguir justo el tono con el que le gusta pintar las hojas de los árboles! – se lamentaba la gama de los colorados.
– No penséis que los amarillos lo tenemos fácil. Siempre tenemos que estar perfectos. Y como no siempre hay sol, conseguir ser más luminoso que nunca es demasiado complicado.
– Con el tono marrón no es tan exigente, le gustamos todos. Pero eso sí, no podemos descansar nunca porque nos quiere disponibles a todas horas y en todos los lugares.
Pero no solo los naranjas, rojos, marrones y amarillos de los árboles se quejaban de que trabajaban mucho en Otoño. El resto también tenía lo suyo. Al señor Otoño le gustaban mucho los cielos azul, rosa y dorado en los días de sol y disfrutaba llenando de colores grises, negros y violetas el cielo cuando aparecía un día lluvioso. ¡Aquello era un no parar! Mucho más que en la florida y alegre primavera:

– La señora Primavera es tan despistada y enamoradiza que a veces no se da cuenta si en vez de colores fuertes llenamos los paisajes de colores pastel – afirmaban con cansancio los amarillos.
– Eso por no hablar de don Verano, que siempre está de vacaciones, o del señor Invierno, que tiene tanto frío que nunca quiere salir de casa. Ninguno de ellos es tan exigente como el presumido don Otoño.

Por eso, los colores se pusieron tan contentos cuando por fin llegó enero y en la ciudad todo el mundo dio por terminada la estación del otoño.
– ¡Por fin podremos descansar un poco! – exclamaron aliviados los marrones.
– Yo creo que nos merecemos unas vacaciones – afirmaron convencidos los traviesos rojos. 
– Sí, vámonos de la ciudad… ¡vayamos al mar!
Y todos los colores estuvieron de acuerdo. Todos menos uno.
– Pero, pero ¿cómo nos vamos a ir de vacaciones? – exclamó sorprendido el blanco – ¿Qué haremos con las calles, con los árboles, con el cielo y las montañas? Sin colores la ciudad se volverá triste igual que los niños y ¿qué pasará si los niños dejan de sonreír?
Pero los colores estaban tan cansados que poco les importaba que los niños no sonrieran o que la ciudad se volviera fea y descolorida. Sin embargo, tanto insistió el blanco, que los colores decidieron marcharse poco a poco, para que la gente no notara de sopetón aquella ausencia de colores. 
Los primeros en marcharse fueron los marrones y los amarillos. Ellos habían sido los protagonistas de la estación otoñal y merecían más que ninguno abandonar sus obligaciones. Poco después se escaparon los rojos y los naranjas, que también habían tenido lo suyo, y algo más tarde los violetas, los azules y los verdes.
Al final, en la ciudad solo quedó, preocupadísimo, el color blanco, tan bondadoso y amable.
– ¿Qué haré para que los niños no pierdan la sonrisa en esta ciudad sin colores? – se preguntó con tristeza el color blanco.
La repuesta se la dio el señor Invierno y su frío helador, que aquel primer día de vacaciones de colores llenó la ciudad de nieve. Y la nieve, tan blanca que casi hacía daño al mirarla, llenó de sonrisas las cara de los niños…
(Y nadie se acordó del resto de colores, que volvieron de sus vacaciones preparados para empezar a trabajar de nuevo con la colorida y despistada Primavera)