Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?
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Navegamos rumbo… Rusia – El transiberiano (parte II)



Texto por Rebeca Amado

Ilustración de María Pérez

Cuando el tren paró en Irkutsk, Nikolay se asomó por la ventanilla para adivinar quién de todos los viajeros que había en el andén sería su próximo compañero de vagón.

Una tarea muy difícil entre tantas mamás con maletas enormes, señores muy serios con maletines negros, parejas extranjeras con cámaras colgadas del cuello…

Se concentró tanto en su búsqueda que ni siquiera se dio cuenta de que el viajero que esperaba ya estaba en su mismo vagón leyendo. El tren comenzó a moverse de nuevo y fue entonces cuando volvió a su sitio, y se topó de frente con un joven alto sentado al lado de una mochila aún más larga que él.


– Hola. Me llamo Nikolay ¿tú como te llamas?- le preguntó al viajero.

– Mi nombre es Adam. Encantado de conocerte Nikolay- contestó.

– ¿Puedes tú solo con esa mochila tan grande? ¿La traes desde muy lejos?- preguntó Nikolay

– Traigo la mochila desde el sur de Francia. Es cierto que es muy grande, pero no te preocupes, soy un chico muy fuerte- contestó.

– ¡¿Francia?! La verdad es que no se bien donde está, pero suena lejísimos. Yo voy a Vladivostok porque mi papá ahora trabaja allí, pero siempre he vivido en Moscú. ¿Y tú por qué viajas en el Transiberiano?- preguntó Nikolay

– A ver como te lo explico…quizá te suene extraño, pero llevo planeando este viaje desde que tenía tu edad. Mi abuelo tenía una gran foto de Siberia en su estudio, en la que se veía un inmenso paisaje cubierto de blanco atravesado por el tren, y cada vez que me pillaba allí de pie, mirando ensimismado la fotografía, me contaba alguna de sus aventuras por Rusia. Crecí con esas historias y con la ilusión de que algún día pondría los pies en todos los lugares de los que me hablaba mi abuelo. Y aquí estoy- le contó Adam.
– ¿Y no te ha dado miedo irte de tú casa solo?- le preguntó Nikolay, que estaba muy intrigado porque no entendía que aquel chico se hubiera ido solo de su casa voluntariamente.

– Asusta un poco, sí, pero es muy emocionante descubrir por ti mismo las cosas de las que tanto has oído hablar. Y me queda lo mejor del viaje: el lago Baikal- respondió.

– ¡Andaaaa, ese sí se cual es. Lo he estudiado en el colegio- dijo Nikolay emocionado.

-¡Pues hoy estás de suerte porque vamos a bordear una de sus orillas dentro de muy poco, y podrás ver con tus ojos lo que los profesores te han contado- dijo Adam.

-¿En serio? Mamá, ¿Por qué no me habías dicho que íbamos a pasar por el lago más grande de Rusia?- protestó Nikolay.

-Tú padre intentó contarte esa y muchas otras cosas antes de irse, pero estabas demasiado enfadado y nervioso como para escucharle- le reprochó su madre.

-Vaya…pues lo siento…¡pero ahora sí quiero saber todo todo!- se disculpó Nikolay.
– Dime lo que recuerdas de todo lo que aprendiste en el colegio sobre el lago- dijo Adam.
– Mmmm… pues recuerdo que es el lago más profundo del mundo- respondió Nikolay.
– ¡Exacto! Es tan grande y profundo que contiene el 20 por ciento del agua dulce del planeta. Una vez leí que los científicos habían calculado que toda la población mundial podría beber de ese agua durante cuarenta años, y aún así no se secaría- le explicó Adam.

– ¡Ah!y también me enseñaron que el el lago Baikal vive la única foca de agua dulce del mundo: la foca Baikal- añadió Nikolay-

– Mira Niko, ¡ya se ve a lo lejos el lago!- gritó su madre.

Nikolay se quedó mudo, junto a la ventanilla y sin pestañear para no perderse un solo detalle. Al rato, cuando el tren ya bordeaba el lago, pegó un brico en su asiento y sacó la cabeza fuera del vagón.

-¡Mira mamá! Es una foca, una foca del Baikal. Tenías razón Adam: Es genial verlo de cerca
¡Que pasada!- gritaba Nikolay

– ¡Es preciosa!- contestó su madre, que estaba muy emocionada al ver a su hijo tan contento por fin.

Pasaron por doscientos puentes y treinta túneles antes de dejar atrás el lago Baikal y al mochilero Adam, y aún les quedaba un día de camino para llegar a Vladivostok; pero con tantas sorpresas el miedo de Nikolay casi había desaparecido.

Después de todas las cosas que le habían contado la chica malabarista y el profesor de historia, a Nikolay ya no le asustaba tanto su nueva vida en Vladivostok. Claro que los nervios aún no se habían ido del todo, pero ahora también deseaba sentirse como una hormiguita al lado de barcos gigantescos, o callejear con sus padres sin perder de vista al mar.

– Ha sido un viaje increíble mamá. Casi me da pena que termine. Aunque tengo muchas muchas ganas de ver a papá para contarle todo lo que he visto y escuchado. Si conocer otros lugares es siempre tan emocionante ¡de mayor no voy a parar de viajar!- gritó Nikolay.

Carlota, una dina muy grandota: Coloréame

Por Tesi Negro

Si eres profe y utilizáis estos contenidos en el aula, nos encantaría que nos enviárais alguna foto del trabajo de los peques. Siempre nos hace ilusión ver lo que hacen los niños con nuestros Cuentos a la vista. Y por supuesto a las mamás y papás, si vuestros pequeñajos pintan alguno de nuestros Coloréame, enviádnoslos para hacerles un hueco 😉

Podéis enviar vuestras fotos y dibujos al email: participa@cuentoalavista.com

Navegamos rumbo… Rusia – El Transiberiano-

Texto por Rebeca Amado
Ilustración de María Pérez

El día que el pequeño Nikolay pisó una estación de tren por primera vez fue el mismo día que su familia se mudó a Vladivostok. Hasta entonces Nikolay había vivido en Moscú desde que nació y apenas había tenido que salir de su barrio. Sus mejores amigos eran a la vez compañeros de clase y vecinos y toda su familia residía entre el bloque C y el bloque D de la misma calle. Nikolay era muy feliz allí y nunca deseó estar en otra parte, por eso cuando su padre dijo durante la cena que debían mudarse a la otra punta de Rusia fue el día más terrorífico de sus ocho años de vida.

Dos semanas después varias cajas apiladas en la puerta anunciaban la inminente mudanza, y al día siguiente Nikolay, tras despedirse de sus primos y amigos, entraba en la estación Yaroslavsky de Moscú, mordiéndose las uñas de su mano derecha mientras estrujaba la falda de su madre con la mano izquierda.

– Tienes que tranquilizarte Nikolay. Estoy segura de que en Vladivostok vamos a ser muy felices también- le decía su madre.

– ¿Cómo lo sabes? No conocemos nada ni a nadie de ese lugar. Todo será diferente a Moscú y eso no puede ser nada bueno. Soy el niño más infeliz del mundo- contestó.

– Piensa en que vas a montar en tren por primera vez, ¡y en el Transiberiano nada menos! Vas a hacer el recorrido sobre raíles más largo del mundo ¡Imagina la de cosas que podrás contarles a tus nuevos amigos!- intentó animarle su madre, sin mucho éxito.

Nikolay permaneció en silencio sin soltar la mano de su madre hasta que llegaron al vagón en el que viajarían durante los próximos ocho días. Tendrían que recorrer nueve mil doscientos kilómetros de vía, atravesar ochenta y siete ciudades, y cambiar la hora de su reloj hasta ¡diez veces! El trayecto del Transiberiano completo desde Moscú hasta la ciudad de Vladivostok, donde los esperaba su padre en su nuevo trabajo.

Cuando el tren arrancó, Nikolay sintió como el agujero que había crecido en su estomago desde que recibió la noticia crecía más y más. Una ciudad nueva, colegio nuevo, vecinos y compañeros nuevos… nunca había estado tan asustado ¿Le gustaría aquella ciudad más que Moscú? ¿Sería capaz de hacer amigos allí? Y los vecinos, ¿sabrían jugar a la pelota como ha jugado hasta ahora?

Con tantos nervios no le apetecía ni dibujar, ni leer cuentos, ni tan siquiera jugar a la consola. Apoyó la mano sobre su barbilla y contempló el paisaje hasta que se quedó dormido. Varias horas después Nikolay abrió los ojos y miró a su madre sorprendido al comprobar que ya no viajaban solos. Ahora eran tres en el compartimiento: Nikolay, su mamá, y una malabarista que estaba sentada enfrente de su asiento.

-¿De dónde ha salido esta chica mamá?- preguntó Nikolay.

– Se ha subido al tren cuando hemos parado en la ciudad de Perm, pero estabas tan dormido que no te has enterado de nada- le contestó su madre.

– ¿Y por qué lleva esa ropa tan rara?- le susurró en el oído, pensando que la chica no le oiría…

– Hola pequeño. Me llamo Anastasia y llevo esta ropa tan rara porque soy malabarista y estaba en la ciudad de Perm en el Festival de las Noches Blancas. Allí nos juntamos artistas de todos los países y toda la ciudad se llena de espectáculos. ¿Y tú cómo te llamas? ¿Y qué haces en el Transiberiano?

-Me llamo Nikolay y voy a la ciudad de Vladivostok porque a mi papá le han mandado allí a trabajar- contestó.

-¡Ooooh Vladivostok! La conozco bien porque mi tía vive allí y he ido varias veces a visitarla- dijo Anastasia.

– ¿Y cómo es?- preguntó nervioso Nikolay.

-Tiene vistas al mar desde casi toda la ciudad, y su puerto es el más importante de Rusia. Llegan barcos tan grandes que a su lado pareces más pequeño que una hormiga-

-¡Barcos! Nunca he visto uno de cerca. Eso puede que me guste ¡cuéntame más cosas!- dijo Nikolay.

Nikolay y Anastasia hablaron laaaargo rato sobre barcos, malabares, la ciudad de Perm, y Moscú. Hablaron tanto que al final Nikolay, vencido por el cansancio, volvió a quedarse dormido. Al día siguiente despertó y de nuevo se quedó boquiabierto: Anastasia la malabarista ya no estaba, y en su lugar, había un hombre muy serio con un bigote larguísimo. Nikolay no dejaba de mirarlo.

– ¿Qué ocurre muchacho? ¿Te gusta mi bigote?- le preguntó aquel hombre.

– No. Es decir, sí, bueno es que nunca había visto tanto pelo en la cara de nadie…-

– Es el mismo bigote que llevaba el Zar Nicolás II. Precisamente vengo de la ciudad de Ekaterimburgo donde he dado una conferencia sobre ello en la Universidad- dijo.

– ¿Ha ido hasta allí para hablar de su bigote?- preguntó Nikolay.

– No hombre, no. ¡Para hablar del Zar Nicolás II! El último Zar de Rusia que fue asesinado en Ekaterimburgo. Soy profesor de Historia en Vladivostok y …

– ¿¡Vladivostok!?- le interrumpió Nikolay. -Mi mamá y yo también vamos a vivir allí. Soy muy pequeño para que me hable del Zar pero… ¿Podría contarme más cosas de esta ciudad?

– Mmmmm… veamos, veamos. ¡Ah si! Una cosa importante debes saber, si habitante de Vladivostok vas a ser: El primer ladrillo del Transiberiano en Vladivostok fue colocado, y si creías que en Moscú el viaje había empezado estabas muy equivocado. Estos pareados aprenderás y bien recibido allí serás- dijo el profesor, con una sonrisa oculta bajo su bigote.

-Jajajaa a ver a ver ¡por favor, repítemelo!- gritó Nikolay.

El profesor tuvo que repetir estas y otras historias tantas veces que se quedó dormido, y esta vez fue Nikolay el que permaneció despierto. Esa noche no pudo dormir porque al día siguiente llegarían a Irkutsk y estaba impaciente por conocer a un nuevo viajero.

Continuara…

El lobo feroz se llamaba Caperucita


Texto de Carolina Fernández
Ilustración de Brenda Figueroa

En el mundo de los cuentos al revés también había escuelas, e igual que en el mundo real había niños y niñas a los que no les gustaba nada ir al cole.

Caperucita era una de esas niñas. Nunca le daba tiempo a acabar sus tareas, no recordaba bien muchas cosas que tenía que aprenderse, le parecía aburrido escucha al profesor y la mayoría de las cosas que tenía que hacer le parecían difíciles. A Caperucita le gustaba ir al cole para jugar con otros niños y niñas pero muchas veces también acababa pegándose o insultándose con la mayoría. Así que, definitivamente, el colegio para ella era bastante duro…

La parte más divertida de su día empezaba cuando salía de la escuela y llegaba a casa con la abuelita y se ponían a hacer madalenas juntas, luego leían algún cuento, y si hacía frio tejían bufandas. Si hacía sol y calorcito, lo que más le gustaba era salir a jugar, correr y saltar por el campo

– ¿Por qué el cole no será así? ¿Por qué no puedo hacer cosas que me gustan?

Caperucita, iba todo los días al cole pensando que el día iría bien, que ella lo haría lo mejor posible y saldría del colegio muy contenta. Sin embargo, al final del día siempre salía enfadada. Algún compañero se metía con ella, su profesor, Mateo le regañaba por algo, y Caperucita acababa siempre por sentir ese nervio que le subía por todo el cuerpo y que le enfadaba tanto.

– Dejadme en paz, ¡estoy harta!

Y soltaba algún tipo de gruñido indescriptible que nadie en su clase sabía interpretar. A decir verdad, aquel gruñido parecía el de un terrorífico lobo feroz. Y es que cuando Caperucita se enfadaba se parecía mucho a los lobos de los cuentos. Caperucita fruncía el ceño, se le cerraban los ojos, se le cerraban los puños y ya no podía pensar nada más. Solo tenía ganas de ser como un lobo feroz y asustar a todo el mundo para que le dejaran en paz.

– Caperucita, no puedes seguir así- le decía Mateo -. Tienes que empezar a portarte mejor, estamos cansados de tus malos humos.
– Si yo lo intento pero no sé cómo hacerlo. Me enfado y es como si me convirtiera de verdad en un lobo que no sabe lo que hace – gritaba Caperucita a la vez que lloraba.

Mateo, viendo lo mal que lo estaba pasando Caperucita, decidió llamar a la abuelita y hablar con ella para pensar juntos cómo podían ayudarla. La abuelita, que era una persona con muchas ideas, enseguida ideó un plan. Para empezar, le pidió a Mateo que confiara en su nieta, y en lugar de enfadarse con ella siempre por no estar atenta o no hacer bien los deberes o por pelearse con la mayoría de sus compañeros, tratara de ayudarla y entenderla.

Después, cuando llegó Caperucita y juntas se sentaron frente a un buen plato de madalenas y una gran taza de chocolate, la abuelita decidió contarle su plan a Caperucita.

– Si sigues así, ese lobo feroz que aparece de vez en cuando va a terminar por comerse a Caperucita entera y que los demás vean solo al lobo feroz.
– Ya lo sé, pero cuando me entra el nervio no puedo controlarlo, ¡no sé que hacer!
– Caperucita, tú siempre llevas esa capa verde que te regalaron papá y mamá antes de irse, ¡¿verdad?!, ellos querían que la llevarás contigo para que te cuidara y estuvieras siempre bien. Bueno, pues esto es lo que puedes hacer a partir de ahora.

La abuela explicó tranquilamente su plan a Caperucita. Cada vez que la niña notara que el nervio le subía por la cabeza, por los puños, por la tripa, debía subirse la capucha de su capa y respirar profundamente cinco veces a la vez que contaba. Cuando terminara, debía pensar ¿estoy enfadada, estoy triste?…y buscar a alguien en quien confíara para poder contarle lo que le pasaba y buscar juntos la manera de sentirse mejor. Pero aunque el plan parecía bueno, Caperucita no las tenía todas consigo:

– Ay abuelita,  ¡eso es muy difícil! Porque no me va a dar tiempo, porque no confío en nadie en la escuela, ¡porque se van a reír de mí!
– Caperucita, inténtalo, simplemente cuando lo notes, ponte la capucha y antes de hacer nada, respira, cuenta…¡ y confía en ti!

A la mañana siguiente Caperucita llegó a la escuela contenta y nerviosa, las clases comenzaron aburridas casi como siempre, y digo casi, porque esta vez Mateo, en lugar de enfardarse por los ejercicios sin hacer o mal hechos de Caperucita le explicó cómo hacerlo bien, y se ofreció a ayudarle para terminar el resto, cuando acabara la clase.

Muy sorprendida, Caperucita pensó que aquella mañana todo iba a salir bien y en efecto, las cosas iban mucho mejor que cualquier otro día del cole. Hasta que llegó el recreo. Y otra vez le entraron ganas a Caperucita de convertirse en un lobo feroz. Y es que Caperucita tenía ganas de jugar pero no sabía con quién. Andaba despistada sin fijarse bien cuando se chocó con una niña de su clase:

– ¿Qué haces ahí en medio, Caperucita? ¿No ves que nos molestas? ¡Lárgate!

Caperucita sintió el nervio y las ganas de gritar a aquella niña maleducada. Pero entonces, pensó en la abuelita y se dio media vuelta con su capucha puesta. Trató de respirar y respirar… pero seguía muy enfadada: ¡el truco de la abuelita no estaba funcionando! Pero mientras seguía respirando sin saber qué hacer y sin confiar demasiado en el truco de la abuela, Peter, se acercó y le dijo;

– Oye, ¿quieres venir con Wendy y conmigo a jugar a los piratas?

La sonrisa de Caperucita no le cabía en la cara, no sabía si su capucha había hecho magia, o si eso de no salir corriendo a gritar y pegarse con sus compañeras le había salido bien…no sabía muy bien si la próxima vez iba a respirar o a gritar, si Peter y Wendy le ayudarían a enfadarse con quien se metiera con ella, o si al fin tendría con quién jugar en el recreo. Lo único que Caperucita sabía, era que jugar a los piratas era de las cosas que más le gustaban y que eso le hacía estar muy contenta.

Y fue así como, gracias a la ayuda de la abuelita, de Mateo, de Peter y Wendy, de la capa verde y de la confianza en sí misma, Caperucita, poco a poco, fue dejando que su lobo feroz desapareciera.

Y la escuela ya nunca más fue un lugar horrible, sino un sitio donde sentirse bien, aprender, jugar a piratas y, lo más importante, hacer buenos amigos.

¿Para qué sirve la historia?

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Erik miraba su libro de conocimiento del medio con aburrimiento. Aquellas lecciones sobre civilizaciones antiguas y guerras no le interesaban en absoluto. Al fin y al cabo, ¿para qué sirve la historia? Al menos con las matemáticas uno aprendía el dinero que le tenían que devolver cuando compraba golosinas, o las ciencias naturales le ayudaban a comprender por qué su conejo movía tanto el hocico. Sin embargo la historia, no era más que aprenderse fechas, aprenderse nombres, soltarlas en un examen y olvidarlas para siempre.

Erik miró el dibujo que tenía frente a él. Un viejo guerrero vikingo con cuernos en la cabeza dirigía una barca acabada en espirales que poco o nada tenía que ver con la barca vikinga que instalaban en la feria del pueblo todos los veranos.

 – En serio, viejo guerrero, ¿por qué tengo que aprenderme todo esto? – preguntó con rabia Erik a su libro.

Justo en aquel momento, Erik sintió que un viento muy fuerte le despeinaba su flequillo y le obligaba a cerrar los ojos. ¿Quién se habría dejado la ventana abierta? Pero no era desde la ventana por la que se colaba aquella ventolera, ¡qué va! Y es que cuando Erik abrió los ojos se encontró en medio del mar, sobre un barco con espirales que no se parecía en nada a los barcos vikingos de la feria, pero que sin duda era auténtico, como auténtico era aquel enorme guerrero de tupida barba que tenía frente a él.

– Pero, ¡no puede ser! Si tú eres el que estaba en mi libro de conocimiento del medio…
– Pues ahora el que está en su libro de conocimiento del medio eres tú, señorito. Bienvenido a mi drakar, o como vosotros decís, a mi barco vikingo.

Erik no era capaz de salir de su asombro, ¿se habría quedado dormido sobre el libro y ahora estaría soñando esas extrañas cosas?

Pero un fuerte meneo del mar le tiró al suelo. Erik se golpeó la rodilla y se hizo una herida. Dolía mucho. Aquello no podía ser un sueño. Al ver la cara de dolor del pequeño, el enorme guerrero comenzó a reírse a carcajadas:

– No te pondrás a llorar por esa herida insignificante, ¿no? Los vikingos son valientes en la guerra y no le tienen miedo a nada.
– Pero yo no soy vikingo y no estoy en una guerra. ¡Si ni siquiera pertenezco a esta época!

Al oír aquello fue el vikingo el que puso una mueca de sufrimiento:

 – ¡Ya sé que no perteneces a esta época! Pero todo lo que pasa ahora en el mundo tiene algo que ver con nosotros, con los personajes de la historia.
– ¡Qué dices! Si la historia no sirve para nada…
– La historia es la memoria del mundo. Tú no eres el mismo Erik que eras hace unos años, cuando gateabas por los pasillos y te caías cuando intentabas levantarte. Pero lo que aprendiste entonces te ayudó a que seas como eres ahora.

Erik miró al vikingo. Aquello que decía era muy complicado y no parecía tener sentido.

– Mira jovencito, empecemos por algo fácil: tu nombre. ¿Sabías que ese nombre perteneció a un famoso rey vikingo?

Erik, que no tenía ni idea, se incorporó con curiosidad.

– ¿Y qué significa?
– Pues quiere decir gobernante, el que reina siempre. Y fíjate, tu nombre ha llegado desde mi época hasta la tuya.
– ¿Pero cómo sabes esto?
– Pues muy fácil, gracias a la historia. Ya te he dicho que la historia es la memoria del mundo. Nos ayuda a conocer lo que somos y a intentar no repetir los fallos del pasado en el futuro.
 – ¡Pero eso no es verdad! Si fuera así, después de una guerra a nadie se le ocurriría empezar otra y la historia está llenísima de guerras. ¡Es un rollo!
– Tienes razón Erik, pero la culpa de eso no la tiene la historia, si no el propio ser humano que no aprende de sus errores.

Erik se quedó pensando un rato. Lo que decía aquel guerrero empezaba a tener sentido. El año pasado, cuando Erik se rompió el dedo gordo del pie derecho dándole una patada a una piedra, aprendió que había cosas mucho más duras que sus propios huesos y ahora no se le ocurriría hacerse el chulito dando patadas a árboles, piedras o paredes. Había aprendido de sus errores, de su propia historia.

 – Claro Erik, eso pertenece a tu historia, que es muy importante, igual de importante que es la historia del mundo. Así que si no quieres que te acabe tirando a los tiburones, más te vale que vuelvas a tu cuarto y empieces a estudiar con ganas las lecciones de historia.

Y antes de que Erik pudiera responderle que no le gustaban muchos los tiburones, ya estaba otra vez sentado frente a su libro con el dibujo del vikingo.

Pero esta vez, en vez de lamentarse, Erik, el gobernante, el que reina siempre, decidió darle una oportunidad a la historia. Era la memoria del mundo y Erik no quería olvidarla.

El verdadero Pinocho

Texto de Carolina Fernández
Ilustración de Raquel Blázquez

Gepeto, se había pasado toda su vida haciendo marionetas para todos los niños y niñas de la ciudad. Era lo que mejor se le daba y era tan bueno haciendo marionetas de madera que cada vez parecían más persona y menos marioneta. Le gustaba mucho su trabajo porque sentía que hacía feliz a muchos niños y niñas. Sin embargo cada noche se acostaba deseando que un día al despertar cualquiera de sus marionetas se hubiera convertido en un niño de verdad.

En el país de los cuentos al revés, a veces los deseos de las personas buenas se cumplían, y como Gepeto era de las personas más buenas de todo el país, un día su deseo se hizo realidad.

La marioneta más diferente, más bonita y más graciosa de todas las que había hecho un día despertó a Gepeto gritando:

– ¡¡Puedo moverme, puedo hablar, puedo cantar, puedo gritar, soy de verdad!!

Gepeto no podía creerlo, la sonrisa se le salía de la boca de lo contento que estaba. Abrazó con fuerza aquella marioneta hecha niño y le prometió que todo iría bien y le cuidaría siempre.

– ¡¡Un momento!! – dijo de repente el hada que había hecho realidad el sueño de Gepeto. – Pinocho, que así se llama este niño, será feliz siempre y cuando sea sincero y verdadero.
– ¿Verdadero?- Pregunto Pinocho, sin entender nada.
– Verdadero, sí, tendrás que ser verdadero. Si no lo eres, tu nariz comenzará a crecer y crecer sin fin.

El hada desapareció dejando a Gepeto y Pinocho un poco desconcertados, pero estaban tan contentos que no le dieron mucha importante a aquello. Gepeto le contó cómo sería su vida ahora, Pinocho iría al cole, tendría amigos y amigas, leería cuentos, jugaría con marionetas y descubriría un millón de cosas divertidas que hacer. Casi cuando llegaba la hora de irse al colegio, Gepeto se dio cuenta de que Pinocho todavía no sabía cómo era:

– ¡Ven! ven ante el espejo, todavía no sabes cómo eres, pero eres la marioneta más bonita de todas las que he hecho nunca.

Llevo a Pinocho frente al espejo y le explico una a una todas sus cualidades.

– Te hice de una madera especial, es más suave y más oscura que el resto de mis marionetas. Tienes los ojos más grandes para ver mejor y las piernas delgadas y finas para correr rápido y saltar alto. Eres único y diferente y eso te hace especial.

Pinocho no sabía muy bien si eso de ser único y diferente era bueno o no. Se miró al espejo, le gustó lo que vio y salió corriendo al cole para encontrarse por fin con el resto de niños y niñas de la ciudad.

Pero cuando llegó y vio a todos aquellos niños, tan altos, tan claros, tan regordetes y tan simpáticos, pensó que él nunca sería como ellos, que no era más que una marioneta convertida en niño por un hada. Así que apenas habló el primer día de colegio. El resto de niños y niñas le miraban, le saludaban e intentaban jugar con él. Pero Pinocho se quedó en una esquina de la clase y del patio todo el día observando cómo eran los niños de verdad. Y se dio cuenta de que aunque las marionetas eran todas muy parecidas a él, los niños y las niñas eran todos muy diferentes.

– Así nunca les gustaré, nunca me aceptarán cómo si fuera un niño de verdad, no me parezco a nadie.

Pinocho llegó triste a casa, y no habló ni una palabra hasta que al día siguiente Gepeto le despertó para ir de nuevo al colegio. Pinocho lloraba diciendo que quería volver a ser una marioneta y Gepeto trató de consolarle diciéndole que se diera tiempo e intentara acercarse al resto de niños.

– No me parezco en nada a ninguno. Me insultarán, me darán de lado y serán malos conmigo. No quiero ser un niño.
– Pinocho, no tengas miedo, recuerda lo que te dijo el hada, sé verdadero, y todo irá bien.

Pinocho no entendía eso de ser verdadero, sólo entendía que no quería que nadie le insultara, así que se le ocurrió un plan. Y se dijo para sí mismo:

– Seré antipático, insultaré a otros niños me haré el gamberro, y así ningún niño se atreverá a meterse conmigo.

Mientras pensaba su plan, sin darse cuenta la nariz le iba creciendo poco a poco. El plan de Pinocho, por supuesto, no funcionó. Los niños al ver que Pinocho era un antipático con ellos, empezaron a insultarle, a darle de lado, y a no dejarle participar en los juegos.

– ¡Narizón, narizotas! ¡eres un antipático, con nosotros no vas a jugar!

Pinocho cada vez estaba más enfadado y era más antipático y eso hacía que su nariz cada vez fuera más grande. Pinocho no entendía nada y en realidad no estaba enfadado… sino triste y confundido.

Gepeto, había estado observando a su hijo sin decir nada. Pero veía que Pinocho necesitaba ayuda antes de que su nariz fuera tan tan grande que atravesará hasta las nubes. Así que le dijo:

– Pinocho, el hada te escogió entre todas las marionetas, por ser diferente. Eras la marioneta que había hecho con más cariño, la más parecida a un niño de verdad.

– ¡¡Mentira!! No me parezco en nada a los demás niños.
– Pero Pinocho si ningún niño es igual a otro. Las personas somos todas diferentes, nos podemos parecer más o menos pero no hay ninguna persona igual a otra. Y eso es lo que nos hace ser especiales. El hada te dijo que tenías que ser verdadero y para ser verdadero tienes que estar contento de ser tú.

Pinocho de repente sintió un gran alivio… no entendía muy bien por qué pero eso de saber que él no se parecía a nadie pero nadie se parecía a nadie más, le había gustado mucho. Así que puedo ser diferente y eso es bueno, pensó.

Pinocho al día siguiente fue al colegio mucho más tranquilo, dejo de ser antipático y comenzó de nuevo a observar a los demás niños y niñas. A los pocos días, además de empezar a encogerle la nariz ocurrió por fin lo que tanto deseaba, un niño rubio y de piel pálida le dijo:

– Ahora que ya no tienes cara de enfadado pareces mucho más simpático… ¿Cómo te llamas? ¿te gustaría jugar con nosotros?

Y así fue cómo nuestro amigo Pinocho, se dio cuenta de que ser diferente no era ni bueno ni malo. Se dio cuenta que eso de ser marrón y suave le hacía guapo, que sus piernas delgadas le hacían correr rápido y saltar alto, que sus ojos grandes le permitían ver mejor, pero sobretodo que cuando estaba contento con él al resto de los niños les gustaba más. Pinocho dejó de ser antipático, dejó de insultar, y simplemente se empezó a preocupar por conocer a los demás y dejar que los demás le conocieran a él.

La nariz de Pinocho por fin volvió a ser normal y Pinocho entendió que eso de ser verdadero era tan fácil y tan genial cómo sentirse bien siendo él mismo.

Navegamos rumbo… Australia – El diablo de Tasmania


Texto por Rebeca Amado
Ilustración de María Pérez

El nuevo curso ya está aquí. El despertador de Pedro resuena en toda la casa a las siete y media en punto, pero no es un niño perezoso y se levanta con ánimo, especialmente hoy con la emoción del primer día. Desayuna nervioso mientras piensa en el reencuentro con los amigos, la curiosidad por saber qué profesores le han tocado, o en si habrá algún alumno nuevo. Pero sobre todas esas cosas, no podía esperar más para intercambiar anécdotas veraniegas durante el recreo. Y este año él tenía muchas que contar. Al fin había podido ir a visitar a sus tíos a Australia ¡menudo verano! Viajes en cuatro por cuatro recorriendo kilómetros y kilómetros de arena rojiza, mamás canguro alimentando a sus bebes, Koálas tímidos comiendo eucalipto, el teatro de Sydney, y lo mejor de todo: el diablo de Tasmania.

Sus tíos le habían hablado muchas veces de la Isla de Tasmania y del diablo que habita allí, y siempre se preguntaba si tendría algo que ver con Taz, el diablo de los dibujos animados. Sus compañeros de clase, sin embargo, siempre le chinchaban.

– No creerás en serio qué existe un diablo ¿verdad? Eso es tu tío que te toma el pelo -le decían.

– Algún día iré, os demostraré que es un animal de verdad y seré yo el último en reírme -contestaba Pedro.

Pues bien, ese día había llegado, y Pedro no podía esperar más para contarlo. Devoró los cereales, metió las mejores fotos en la mochila y salió disparado hacía el colegio.

Lo que Pedro no imaginaba, ni en el mejor de sus cálculos, es que su nueva tutora y profesora de Lengua y Literatura, le brindaría la oportunidad de contar delante de toda la clase su gran aventura ¡el primer día!

La señorita Eva entró por la puerta muy enérgica y sonriente, y una vez hechas las presentaciones llamó a la pizarra a algunos de los alumnos, al azar, para que hablaran durante cinco minutos sobre su verano. A Pedro le tocó en segundo lugar, después de que Jaime contará de carrerilla todas las actividades deportivas que había hecho en su pueblo. Justo antes de ponerse en pie, recordó que había cogido algunas fotografías, lo que le ayudó a contar con pelos y señales todas las características de aquel animal tan peculiar y único que había conocido este verano.

– Durante las vacaciones he ido a visitar al hermano de mi padre, que vive desde hace años en Australia. Me ha llevado a muchos sitios interesantes, pero lo que más me ha emocionado es conocer al Diablo de Tasmania y comprobar que es un animal pequeño y dócil que tuvo mala suerte al recibir su nombre -comenzó Pedro.
El diablo de Tasmania es pariente de los canguros y los Koalas, y aunque no rechazan una hoja de eucalipto mientras descansan en su madriguera, son animales carnívoros. Es el marsupial carnívoro más grande que existe. Aunque eso no es mucho decir porque de tamaño no pueden presumir demasiado, miden lo mismo que un Caniche grande, poco más de medio metro- afirmó Pedro mientras enseñaba una de sus fotos a la clase.
– Pero no os dejéis engañar por su tamaño, a pesar de ser menudito su mordedura es capaz de triturar huesos. Durante el día son muy tranquilos, pueden pasar horas tumbados al sol o sin moverse de su madriguera, pero en cuanto el sol desaparece se convierten en eficaces depredadores. Sin embargo, no son más carnívoros que las hienas, ni más temibles que un León ¿Por qué llamarles demonios entonces? -preguntó Pedro en alto, sin recibir respuesta porque ni siquiera la profe lo sabía.
Mi tío me contó que los primeros colonos ingleses que llegaron a la Isla de Tasmania, quisieron vivir desde el primer día tal y como vivían en Inglaterra, a pesar de que en nada se parece una isla a la otra. Instalaron sus granjas y su ganado y el Diablo de Tasmania, que prefiere presas fáciles para no tener que correr demasiado, empezó a comerse a las gallinas en sus corrales. Y encima este animal cuando come emite un sonido muy raro y desagradable. Algo así como el ruido que harían al arrancar a la vez varios coches viejos. Y el grito empeora si se sienten amenazados, como cuando los ingleses les encerraban en jaulas. Por todo esto al final decidieron que un animal así tenía que ser un diablo.
Sin embargo, yo he podido verlos de cerca en la Isla y los he visto también en un Zoo de Australia y llegué a la conclusión de que eran ositos de peluche con mal humor.