El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

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Hoy damos vida a la rana Ritita

Por Sara Blázquez

Parece que todavía no termina de llegar el calorcito, pero pronto empezará un largo verano y olvidaremos la nieve, la lluvia, las tormentas… Es posible que entonces Ritita tenga que volver a dejar su querida charca para irse a buscar la lluvia.

Hoy, para complementar la lectura del cuento La rana que fue a buscar la lluvia, vamos a dar vida a nuestra Ritita particular.

Se trata de una manualidad pensada para los más peques de la casa (cuidado a la hora de recortar) y únicamente necesitaremos:

– Pinturas.
– Tijeras.
– Pegamento.
– Plantilla de rana que os adjuntamos.

Lo primero que vamos a hacer es colorear nuestra ranita; podemos hacerlo directamente sobre la plantilla o calcar la silueta en otro folio o cartulina.

A continuación debemos recortar la silueta (¡aviso a navegantes! las líneas de puntos son para doblar el dibujo, no para recortarlo por ahí).

Por último, doblamos nuestra ranita por las líneas de puntos (el rectángulo inferior sirve como soporte para que la rana se sostenga de pie) y pegamos las partes que lo necesiten (la parte de arriba de las patitas, los ojos y el sombrero) y… ¡listo!

Vacaciones de colores

Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Al poco de terminar el otoño, los colores decidieron un día que necesitaban vacaciones. Estaban cansadísimos y no penséis que era por haber bailado, comido y jugado demasiado durante la Navidad, o por haberse quedado hasta tarde viendo la televisión el día de Nochevieja. ¡Qué va! Los colores estaban agotados de tanto trabajar, y es que para ellos Otoño era la estación más complicada del año: ¡siempre tenían que lucir más brillantes que nunca! Y todo por culpa del señor Otoño, que era tan presumido y coqueto que quería ser la estación más especial del año.

Y eso, claro, suponía un gran problema para los pobres colores:
– No le vale con los naranjas suaves, qué va. El señor Otoño siempre necesita naranjas fuego, y eso son los más difíciles de mantener – exclamaban con enfado los colores de la tonalidad naranja.
– Pues los rojos le gustan aterciopelados, que es una cosa rarísima. ¡Tú sabes lo que tenemos que trabajar nosotros para conseguir justo el tono con el que le gusta pintar las hojas de los árboles! – se lamentaba la gama de los colorados.
– No penséis que los amarillos lo tenemos fácil. Siempre tenemos que estar perfectos. Y como no siempre hay sol, conseguir ser más luminoso que nunca es demasiado complicado.
– Con el tono marrón no es tan exigente, le gustamos todos. Pero eso sí, no podemos descansar nunca porque nos quiere disponibles a todas horas y en todos los lugares.
Pero no solo los naranjas, rojos, marrones y amarillos de los árboles se quejaban de que trabajaban mucho en Otoño. El resto también tenía lo suyo. Al señor Otoño le gustaban mucho los cielos azul, rosa y dorado en los días de sol y disfrutaba llenando de colores grises, negros y violetas el cielo cuando aparecía un día lluvioso. ¡Aquello era un no parar! Mucho más que en la florida y alegre primavera:

– La señora Primavera es tan despistada y enamoradiza que a veces no se da cuenta si en vez de colores fuertes llenamos los paisajes de colores pastel – afirmaban con cansancio los amarillos.
– Eso por no hablar de don Verano, que siempre está de vacaciones, o del señor Invierno, que tiene tanto frío que nunca quiere salir de casa. Ninguno de ellos es tan exigente como el presumido don Otoño.

Por eso, los colores se pusieron tan contentos cuando por fin llegó enero y en la ciudad todo el mundo dio por terminada la estación del otoño.
– ¡Por fin podremos descansar un poco! – exclamaron aliviados los marrones.
– Yo creo que nos merecemos unas vacaciones – afirmaron convencidos los traviesos rojos. 
– Sí, vámonos de la ciudad… ¡vayamos al mar!
Y todos los colores estuvieron de acuerdo. Todos menos uno.
– Pero, pero ¿cómo nos vamos a ir de vacaciones? – exclamó sorprendido el blanco – ¿Qué haremos con las calles, con los árboles, con el cielo y las montañas? Sin colores la ciudad se volverá triste igual que los niños y ¿qué pasará si los niños dejan de sonreír?
Pero los colores estaban tan cansados que poco les importaba que los niños no sonrieran o que la ciudad se volviera fea y descolorida. Sin embargo, tanto insistió el blanco, que los colores decidieron marcharse poco a poco, para que la gente no notara de sopetón aquella ausencia de colores. 
Los primeros en marcharse fueron los marrones y los amarillos. Ellos habían sido los protagonistas de la estación otoñal y merecían más que ninguno abandonar sus obligaciones. Poco después se escaparon los rojos y los naranjas, que también habían tenido lo suyo, y algo más tarde los violetas, los azules y los verdes.
Al final, en la ciudad solo quedó, preocupadísimo, el color blanco, tan bondadoso y amable.
– ¿Qué haré para que los niños no pierdan la sonrisa en esta ciudad sin colores? – se preguntó con tristeza el color blanco.
La repuesta se la dio el señor Invierno y su frío helador, que aquel primer día de vacaciones de colores llenó la ciudad de nieve. Y la nieve, tan blanca que casi hacía daño al mirarla, llenó de sonrisas las cara de los niños…
(Y nadie se acordó del resto de colores, que volvieron de sus vacaciones preparados para empezar a trabajar de nuevo con la colorida y despistada Primavera)

Navegamos rumbo a… Finlandia – Aurora Boreal

Texto por Rebeca Amado
Ilustración de María Pérez

Karina recordaba con mucho cariño la primera vez que vio la Aurora Boreal. No tendría más de seis años cuando su padre y ella llegaron en trineo a aquella colina nevada y esperaron pacientemente a que el cielo comenzara su espectáculo de luces y colores. La imagen que más recordaba era el color verde botella que atravesaba las estrellas, porque era el mismo verde que tenía el jarabe que su madre le daba para la tos. En aquella ocasión su padre le contó que la Aurora Boreal la formaba un zorro al cruzar las mesetas árticas; un zorro mágico que movía tan rápido la cola que conseguía que la nieve se agitase hasta crear chispas que iluminaban el cielo. 

Es lo que en Finlandia se conoce como revontulet (el fuego del zorro): una la leyenda Sami con la que los antiguos lapones explicaban el fenómeno de la Aurora Boreal, y la historia que los papas finlandeses cuentan a sus hijos cuando son pequeños.

Poco a poco Karina se hizo mayor, sus piernas y su pelo crecieron casi tan rápido como su gusto por la Ciencia, y pronto dejó de creer en la historia de un zorro mágico que creaba colores en el cielo. Sin embargo, allí en Finlandia el cielo seguía tornándose verde y rojo sin previo aviso, y contemplar la Aurora Boreal aún era lo más mágico que había vivido ¿Cuándo sería lo suficientemente mayor para comprender como y por qué sucedía aquello? Se preguntaba.

Hasta que un buen día en clase de Ciencias, la Señora Meyer ordenó a la clase abrir el libro por el tema cuatro, y allí estaba: “El origen de las Auroras Boreales y su repercusión en la Tierra”. A pesar de lo mucho que le gustaban las Ciencias, normalmente, a Karina le costaba permanecer despierta en las clases de la Señora Meyer, porque era una profesora terriblemente aburrida. Sin embargo, no podría distraerse ni un segundo en la clase de hoy ¡Tenía demasiadas preguntas!

La profesora comenzó su explicación. Una Aurora Boreal comienza con un brillo fluorescente en el horizonte, después disminuye y forma un arco iluminado que a veces se cierra en forma de círculo muy brillante. La actividad solar y la atmósfera terrestre son las protagonistas de ese fenómeno de la naturaleza.

El Sol desprende partículas cargadas de mucha energía, capaces de viajar por el espacio a gran velocidad. Tan rápido, tan rápido, que en dos días pueden llegar a la tierra. Un avión viaja a mil kilómetros por hora y estas partículas pueden moverse hasta los 700 kilómetros por segundo. ¡A esa velocidad podríamos viajar desde Finlandia hasta Australia en menos de seis horas! 
Durante su viaje, las partículas forman lo que se llama Viento solar.

– ¿Y por qué se dirigen a la Tierra?- preguntó Karina

El viento solar llega a la Tierra atraído por el campo magnético de una de las capas de la atmósfera terrestre. Como pequeñas bolas de metal atraídas por un gran imán. Y cuando llegan aquí se mezclan con otras partículas de nuestro planeta hasta crear nubes de colores y rayos de luz verdes y rojos. Lo que conocemos como Aurora Boreal en el Norte y Aurora Austral cuando se forma en el polo sur.

Cuando todas estas partículas del Sol y la Tierra comienzan a moverse juntas generan muchísima energía, tanta que pueden conseguir que la televisión, la radio, y los teléfonos móviles no funcionen bien durante unas horas.

Cuando la Señora Meyer terminó, Karina estaba atónita. No lo podía creer ¡ahora tenía más preguntas que al empezar la clase!

-¿Por qué los colores que vemos son rojos y verdes y no amarillos como el color del Sol? ¿Cómo podríamos utilizar la energía de una Aurora Boreal? Si un día la Tormenta solar es muy fuerte ¿nos quedaríamos sin Internet y televisión? Quizás si observo bien la Aurora otra vez entienda algo más- dijo.

Esa noche durante la cena le pidió a su padre que volviera a llevarla a aquella colina donde vio la Aurora por primera vez. Quería mirarla con los ojos de la Ciencia, y asimilar lo aprendido en clase. Sin embargo, cuando se encontró delante del aquel cielo de colores, todo volvió a ser mágico y las preguntas salieron de su cabeza durante unas horas. Imaginaba millones de partículas solares que acudían a danzar con la Tierra ¿Al son de qué música bailarían?

Sin querer, había vuelto a observar sus colores y sus formas sin buscar explicación científica, agarró la mano de su padre y se dejó llevar por aquel maravilloso espectáculo, como cuando era niña.

Atrapar el otoño

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Dedicado a T. 

La niña Clara era una niña de ciudad. Vivía, jugaba y crecía en la ciudad y aquel era el lugar que mejor conocía. Como toda niña de ciudad, a Clara no le sorprendían ni le molestaban los coches que rugían en las calles. Tampoco le importaba que no se vieran estrellas cuando miraba al cielo, porque la ciudad estaba llena de puntos luminosos que salían de los escaparates y de los edificios altos.

Lo más parecido que Clara había visto al campo en su vida, era el parque municipal al que iba con Papá y Mamá los domingos. En el parque municipal había un pequeño lago con patos de colores, ardillas que saltaban de árbol en árbol y césped por doquier. Pero como descubriría Clara aquel fin de semana, eso poco o nada tenía que ver con el campo de verdad.

Y es que aquel fin de semana de Halloween, Clara y sus padres visitaban al tío Román que vivía en el campo. Juntos, iban a ir a recoger setas.

– Pero ¿cómo son esas setas?
– Pues como van a ser Clara, como las de la tienda de verduras de la esquina. Pero mucho más ricas – le explicó Papá.
– ¿Y las vamos a coger nosotros?
– Sí, y luego las cocinaremos.
– Y ¿no podemos ir otro fin de semana que no sea Halloween?
– No Clara, a lo mejor el próximo fin de semana ya no hay. Tiene que ser este.

Clara no entendía qué tenía de emocionante recoger setas en el campo cuando una podía ir al supermercado y comprarlas sin tener que pasar frío, mancharse las manos y lo más importante: ¡perderse la fiesta de Halloween!

Sin embargo, cuando la pequeña Clara se adentró en el bosque y vio todos aquellos árboles encendidos como si fueran farolas, y todos aquellos sonidos extraños que nadie sabía de dónde salían, comprendió que aquello tenía mucha más magia que entrar en un supermercado y comprar una bandeja de champiñones.

 – Mira Mamá, los árboles son rojos, amarillos y naranjas. ¡Esto es mucho más bonito que nuestro parque municipal!

Clara miraba tan extasiada al cielo que, sin querer, pisó algo blandito que la hizo resbalar.

– Clara, ¡no hemos venido aquí a pisar setas, sino a recogerlas!

Así que Clara tuvo que dejar de mirar al cielo y concentrarse en aquel suelo lleno de hojas secas, barro, lombrices, pequeñas ramas, raíces y ¡setas! Había muchísimas: algunas, tal y como le explicó el tío Román, eran venenosas, pero la mayoría estaban deliciosas. Las había planas y oscuras, otras tenían la parte de arriba, lo que llamaban sombrero, más ondulada y algunas hasta eran azules.

– ¿Y con ese color no será una seta venenosa? – preguntó sorprendida Clara.
– ¡Qué va! Están riquísimas. Se llaman pie de caballero porque los antiguos caballeros medievales llevaban una armadura cuyo color era muy parecido al de esta seta.

Después de varias horas, todos habían cogido suficientes setas como para que el tío Román hiciera un estupendo puchero. En el camino de vuelta, Clara decidió que además de su pequeña colección de setas, se llevaría algunas de aquellas hojas maravillosas con las que el otoño había pintado el bosque. Además de colores brillantes, las hojas tenían formas extraordinarias. Algunas parecían las crestas de los renos de Papá Noel, otras parecían palmas de mano abiertas, otras abanicos japoneses.

 – Cogeré todas estas hojas y las meteré en un bote de cristal. Será cómo atrapar el otoño.

Cuando tres días después Clara llevó aquellas hojas a sus compañeros de clase, para enseñar lo bonito que era el otoño en el bosque, comprobó con desilusión que todas habían perdido su brillo. Las rojas se habían vuelto granate tan oscuro que casi parecía marrón. Las amarillas se habían quedado blanquecinas y las naranjas parecían tan marrones como las aburridas hojas de ciudad.

– ¿Qué ha pasado con mi colección? – se preguntó Clara muy decepcionada – ¿Habrá sido culpa de la ciudad?

Pero como le explicaron luego Papá y Mamá, la culpa no era de la ciudad. Nadie podía atrapar el otoño y guardar el otoño en un bote de cristal. El color de las hojas, como las setas en el campo, o las propias personas, eran cosas que nunca permanecían igual, que iban cambiando a medida que pasaba el tiempo y que acababan por desaparecer.

– ¿Quieres decir que las hojas también se hacen mayores?
– Claro, por eso se marchitan. Por eso también hay que disfrutarlas en el momento y no dejarlas pasar.
 – Entiendo – exclamó Clara pensativa –. Por eso teníamos que ir ese fin de semana sin falta al bosque. Porque las setas también se estropean.

Clara tiró su bote de hojas a la basura con cierta tristeza. ¡Eran tan bonitas cuando las recogió!

– No pasa nada, Clara. Lo importante no es atrapar el otoño, sino haberlo disfrutado. Además, el otoño todavía no se ha acabado. ¿Nos vamos el próximo sábado al campo?

Y Clara, la niña de ciudad, no se lo pensó dos veces…

Avistamos cuento: Las ciudades de colores


Las ciudades de colores 

Autora: María Bautista
Ilustradora: Raquel Blázquez
Editorial Cuento a la vista
ISBN: 9788494108211
Encuadernación: cartoné
48 páginas
Formato: 22x 22, cm
PVP. 13 euros


Estamos muy contentas de presentar, en nuestro primer Avistamos Cuento de la temporada, un álbum muy especial: “Las ciudades de colores”.

“Las ciudades de colores” es la historia de Iris, una niña de colores que vive en una ciudad terriblemente gris. Tan gris, tan gris, tan gris, que a la pobre Iris, que es de colores, la gente la señala por la calle y le hace sentir fatal. Por eso, esta colorida niña decide un día marcharse a buscar una ciudad donde la gente sea como ella: de colores. 

Así comienza este viaje de Iris a través de unas ciudades maravillosas. Ciudades amarillas, azules, rojas o verdes donde la pequeña hará nuevos amigos con los que continuar su extraordinario viaje.

“Las ciudades de colores” es un cuidado álbum ilustrado donde las ilustraciones de Raquel Blázquez, ricas en detalles y en sorpresas, invitan a los más pequeños a una lectura que se convierte en juego y que incentiva la curiosidad y la imaginación de los más pequeños. Los niños viajarán con Iris y sus amigos e irán descubriendo qué se esconde en cada ciudad y dónde se encuentra la verdadera ciudad de colores. 

El texto, de María Bautista, es una bella metáfora sobre nuestro planeta, los países, las razas y lo duro que resulta a veces ser diferente en unas sociedades cada vez más homógeneas. Un cuento que trata de reflexionar sobre la necesidad de todos, grandes y chicos, de encontrar nuestro lugar en el mundo y de ser aceptados tal y como somos.

El libro, que ya está librerías, puede además comprarse online aquí.

 

The City Without Colors

Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez

When small Violet awoke one morning, she saw with terror that her bedroom lost all its colors. The walls were no longer yellow but rather white, her blue quilt became grayish and all the books on her shelves were a sad and blurry dark spot.

-What has happened in this room? – asked the girl, checking with relief that her hair continued to be orange like a carrot and that her pajamas were still of green checkered print.

Violet looked out the window and observed horrified that no only her room, but the entire city had turned gray and ugly! Ready to know what had occurred, Violet dressed in her favorite dress, the one that was full of flowers, grabbed her stripped backpack, put on her purple shoes and left to the street.

Shortly after leaving her house, she met a little old man, dark as the night, walking a very white dog, confused by nothing. Violet decided to ask him if he knew anything about why the colors had left the city.

-Well, it’s obvious. The people are sad and in a sad world, there is no place for colors.

And so he left with his darkness and sadness. Violet thought about what the old man had said, could it be true? But she didn’t have time to discover an answer because, all of a sudden, a gray woman dragging a blurry cart crashed into her. After begging pardon, Violet decided to ask her about the world’s sadness.

-Well it’s obvious. The people are sad because we have remained without colors.
-But if it is the colors that left because of the world’s sadness…

The woman shrugged her shoulders with an expression of indifference and continued walking. Violet entered the nearby park and discovered with anger that even the trees and flowers were colorless. In this moment, a colorless squirrel passed by.

-Squirrel, do you know where the colors are? Some say that they have left because the world is sad, but others say that it is the world that’s sad because of the absence of colors.

The colorless squirrel stopped eating his white chestnut, looked at Violet with curiosity and exclaimed:

-Without colors there isn’t happiness and without happiness there are no colors. Search for happiness and you will find the colors. Search for the colors and you will find happiness. Violet was thoughtful for a moment. What an extraordinary thing the intelligent colorless squirrel just said!

The girl, each time more determined to recuperate the happiness and colors, decided to visit her grandfather Filomeno. Grandfather Filomeno was an amateur painter and also the happiest person Violet had ever known. Like her, grandfather Filomeno’s beard hairs were as orange as a carrot and a smile as big and pink as a slice of watermelon. Surely he knew how to fix this disaster!

At grandfather Filomeno’s house the colors had not left, how could they leave a house this full of happiness? Violet had to explain all that had occurred because he had not yet learned of any of this.

-The colors have left! This is very serious, we have to do something!

And after demolishing a mountain of candies (grandfather Filomeno said that they were bad for the teeth but good for happiness), Violet and her grandfather took to the streets with his suitcase of paintings.

-We are going to paint happiness with our colors – grandfather Filomeno explained to her.
-But how do we do that?
-Very easily, Violet. Think of something that makes you happy…
-Playing ball in a field of sunflowers.
-Perfect, well, lets get to it…

Violet and grandfather Filomeno painted a precious field of sunflowers over all the gray walls of the school. A colorless policeman passing through wanted to get their attention, but grandfather Filonmeno with his watermelon smile cheerfully asked:

-Mr. Police, tell us something that makes you happy…
-Happy? A comfortable couch by a fireplace where I can read a good police novel.

And so it was that Violet, grandfather Filomeno and the colorless policeman began to paint an enormous fireplace with an armchair. When they were finishing, a very snotty woman without a bit of color neared them with a nasty temper; but grandfather Filomeno with his watermelon smile asked her happily:

-Colorless lady, tell us something that makes you very happy…
-Happy? In these gray times? Let me think…a bakery full of chocolate donuts.

And so it was that Violet, grandfather Filomeno, the colorless policeman and the snotty woman without a bit of color began to paint a colorful bakery.

Little by little, all the inhabitants of the city united with the group and filled the city with murals full of marvelous things that made everyone very happy. When they finished, the entire city had filled with colors. Everyone smiled happily in front of these walls replete with brilliant oranges, blue seas and intense greens. Everyone returned to being happy and returned to filling with colors.

With the adventure finished, grandfather Filomeno accompanied Violet to her house. But when they were about to say goodbye to each other, a very big question entered Violet’s mind:

-Grandfather, what if the colors leave again one day?
-If they leave, we will have to return smiling. Only like that will we get the colors to return…

And with his watermelon smile, grandfather Filomeno turned and continued his walk home.

Picos de papel para dibujar pájaros de mil colores

Por Raquel Blázquez

Para el cuento de El conejo gruñón  hemos querido dar protagonismo al pájaro cantarín con esta sencilla pero divertida actividad. Se trata de hacer un dibujo que tendrá algo de “vida propia”. 

Esta actividad puede complementar la lectura del cuento en el aula o en casa. ¿Nos ponemos manos a la obra? ¡Vamos allán! Vamos a dar vida a nuestro amigo el pájaro cantarín.


No necesitáis otra cosa que una hoja de papel y las pinturas, bolígrafos o colores que queráis utilizar. 

Veréis qué sencillo:
 
1. Coged la hoja de papel y doblarla por la mitad.

2. Una vez doblada hacedle un pequeño corte transversal en el lado doblado (figura 1)

3. Coged los dos picos que han surgido del corte y dobladlos bien como aparece en la figura 2.


4. Desdoblad los picos y abrir el papel. Una vez abierto, lo únido que tenéis que hacer es doblar los picos generados en el sentido contrario a la doblez del papel, de forma que al doblarlo de nuevo el papel a la mitad los dos picos queden hacia dentro como en la figura 3.

5. Ahora abrid de nuevo el papel y… ¡voilá! ya tenéis el pico creado. Ahora solo hay que echar alas a la imaginación y dibujar el resto del pajarito cantor. 


La ciudad sin colores


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Cuando la pequeña Violeta se levantó aquella mañana comprobó con terror que su habitación se había quedado sin colores. Las paredes ya no eran amarillas sino blancas, su colcha azul se había vuelto grisácea y todos los libros de su estantería eran una triste y borrosa mancha oscura.

 – ¿Qué ha pasado en esta habitación? – se preguntó la niña comprobando con alivio que su pelo seguía naranja como una zanahoria y que su pijama aún era de cuadraditos verdes.

Violeta miró por la ventana y observó horrorizada que no solo su habitación, ¡toda la ciudad se había vuelto gris y fea! Dispuesta a saber qué había ocurrido, Violeta se vistió con su vestido favorito, ese que estaba lleno de flores, cogió su mochila de rayas, se puso sus zapatos morados y se marchó a la calle.

Al poco tiempo de salir de su casa se encontró con un viejito oscuro como la noche sacando a un perro tan blanco que se confundía con la nada. Decidió preguntarle si sabía algo de por qué
los colores se habían marchado de la ciudad.

 – Pues está claro. La gente está triste y en un mundo triste no hay lugar para los colores.

Y se marchó con su oscuridad y su tristeza. Violeta se quedó pensando en lo que había dicho el viejo, ¿sería verdad aquello? Pero no tuvo tiempo de hallar una respuesta porque, de repente, una mujer gris que arrastraba un carrito emborronado se chocó con ella. Después de pedir disculpas, Violeta decidió preguntarle sobre la tristeza del mundo.

– Pues está claro. La gente está triste porque nos hemos quedado sin colores.
– Pero si son los colores los que se han marchado por la tristeza del mundo…

La mujer se encogió de hombros con cara de no entender nada y siguió caminando. Violeta entró en el parque que había cerca y descubrió con enfado que hasta los árboles y las flores se habían quedado sin colores. En ese momento, una ardilla descolorida pasó por ahí.

– Ardilla, ¿sabes dónde están los colores? Hay quien dice que se han marchado porque el mundo está triste, pero hay otros que dicen que es el mundo el que se ha vuelto triste por la ausencia de colores.

La ardilla descolorida dejó de comer su castaña blanquecina, miró con curiosidad a Violeta y exclamó:

– Sin colores no hay alegría y sin alegría no hay colores. Busca la alegría y encontrarás los colores. Busca los colores y encontrarás la alegría.

Violeta se quedó pensativa durante un instante. ¡Qué cosa extraordinaria acababa de decir aquella inteligente ardilla descolorida!

La niña, cada vez más decidida a recuperar la alegría y los colores, decidió visitar a su abuelo Filomeno. El abuelo Filomeno era un pintor aficionado y también la persona más alegre que Violeta había conocido jamás. Como ella, el abuelo Filomeno tenía el pelo de su barba tan naranja como una zanahoria y una sonrisa tan grande y rosada como una rodaja de sandía. ¡Seguro que él sabía como arreglar aquel desastre!

En casa del abuelo Filomeno los colores no se habían marchado, ¿cómo iban a marcharse de aquella casa llena de alegría? Violeta tuvo que explicarle todo lo que había ocurrido porque no se había enterado de nada.

– ¡Qué se han marchado los colores! Pero eso es gravísimo, ¡tenemos que hacer algo!

Y después de zamparse un montón de golosinas (el abuelo Filomeno decía que eran malas para los dientes pero buenas para la felicidad), Violeta y su abuelo salieron a la calle con su maleta de pinturas.

– Vamos a pintar la alegría con nuestros colores – le explicó el abuelo Filomeno.
 – Pero eso, ¿cómo se hace?
– Muy fácil, Violeta. Piensa en algo que te haga feliz…
– Jugar a la pelota en un campo de girasoles.
– Perfecto, pues vamos a ello…

Violeta y el abuelo Filomeno pintaron sobre las paredes grises del colegio un precioso campo de girasoles. Un policía incoloro que pasaba por allí quiso llamarles la atención, pero el abuelo Filomeno con su sonrisa de sandía le preguntó alegremente:

– Señor Policía, cuéntenos algo que le haga feliz…
– ¿Feliz? Un sofá cómodo junto a una chimenea donde leer una buena novela policiaca.

Y fue así como Violeta, el abuelo Filomeno y aquel policía incoloro se pusieron a pintar una enorme chimenea con una butaca de cuadros. Cuando estaban terminando, una mujer muy estirada y sin una pizca de color se acercó a ellos con cara de malas pulgas, pero el abuelo Filomeno con su sonrisa de sandía le preguntó alegremente:

– Descolorida señora, díganos algo que le haga muy feliz…
– ¿Feliz? ¿En estos tiempos grises? Déjeme que piense…una pastelería llena de buñuelos de chocolate.

Y fue así como Violeta, el abuelo Filomeno, el policía incoloro y la mujer estirada sin una pizca de color comenzaron a pintar una colorida pastelería.

Poco a poco, todos los habitantes de la ciudad fueron uniéndose a aquel grupo y llenando la ciudad de murales llenos de cosas maravillosas, que a todos ellos les hacían muy feliz. Cuando acabaron, la ciudad entera se había llenado de colores. Todos sonreían alegres ante aquellas paredes repletas de naranjas brillantes, azules marinos y verdes intensos. Volvían a ser felices y volvían de nuevo a llenarse de colores.

Terminada la aventura, el abuelo Filomeno acompañó a Violeta a su casa. Pero cuando iban ya a despedirse, a Violeta le entró una duda muy grande:

– Abuelo, ¿y si los colores vuelven a marcharse un día?
– Si se marchan tendremos que volver a sonreír. Solo así conseguiremos que regresen…

Y con su sonrisa de sandía, el abuelo Filomeno se dio media vuelta y continuó su camino a casa.