El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

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Los regalos de septiembre


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De repente, llegó septiembre. La gente volvió a casa y poco a poco, las ciudades, tan vacías durante agosto, fueron llenándose de habitantes. 
          ¡Se acabó la playa! ¡se acabó el descanso! –se escuchaba lamentarse a todo el mundo por las esquinas.
Y todo el mundo parecía triste. Los mayores fruncían el ceño y maldecían los madrugones. Los niños agotaban los días de vacaciones y suspiraban. Los perros volvían a sus pisos de ciudad, a sus parques de ciudad y echaban de menos correr por la playa.
Septiembre deseaba tanto que la gente le quisiera que se dedicó a regalarles cosas. 
          Todo el mundo se siente feliz cuando estrena algo, ¿verdad?
Fue así como decidió regalar a todos aquellos adultos gruñones unos zapatos nuevos, para que en vez de arrastrar los pies de camino al trabajo, brincaran y bailaran sin parara. A los perros, que echaban ya no podían correr por la playa, les regaló apetitosos huesos que esconder en los parques. Pero sin duda, los más afortunados fueron los niños: septiembre les regaló una caja de lápices de colores para que pudieran colorear sus libros nuevos.
          ¡Qué divertido es estrenar cosas! – exclamó septiembre al ver las caras de felicidad de los niños. 
Y tanta envidia le dieron, que quiso estrenar algo. Y estrenó el otoño.

Lluvia veraniega



Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez
Después de un mes entero sin llover, el campo se levantó un día tan seco que, de haber tenido la oportunidad, se habría bebido toda el agua del mar (¡aunque fuera salada!).

–¿Dónde estará la lluvia? –se preguntaban los campos de trigo, los árboles repletos de fruta y los ríos sin agua.

Pero la lluvia no estaba por ningún lado. Ella, como todos los niños, había llenado su maleta de sandalias y bañadores y se había marchado de vacaciones.

La luna, muy preocupada por todos los seres que vivían en el campo, decidió hacer algo para devolverles la lluvia.

–¡Si yo pudiera convencer a las nubes para que llovieran! –se repetía una y otra vez.

Pero la luna no mandaba en las nubes, sino en las estrellas. Por eso la única lluvia que podía mandar era de estrellas.

Y eso hizo.

Fue un 11 de agosto y la visión de aquella lluvia maravillosa no sació la sed del campo, pero les dejó tan maravillados que se olvidaron de esa otra lluvia hasta la llegada de septiembre.

La envidia de Julio


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Aunque Julio era un mes de verano, y se supone que en verano todos estamos más contentos, él era gruñón y malhumorado. No se sentía feliz porque le tenía una envidia terrible a su hermano Junio. ¡Todo el mundo parecía preferirle a él! Nadie se quejaba de aquel mes mitad primavera, mitad verano. Al contrario, estaban tan contesto de que por fin llegara el verano y las vacaciones que hasta hacían una fiesta para celebrarlo. Sin embargo, cuando llegaba Julio, a pesar de que los niños no tenían que ir al colegio y podían pasarse el mes entero de vacaciones, sin colegio y sin deberes, siempre había alguien quejándose: si hacía mucho calor, la gente se quejaba de que no podía dormir por las noches, y si, de repente, hacía un poco más de frío, la gente se quejaba de que no podían ir a la piscina. El pobre Julio estaba muy triste.
–¡Siempre preferirán a Junio!

Y por más que el resto de meses intentaban consolarle y le decían que no podía fiarse de lo que decían los humanos, pues siempre estaban cambiando de idea y quejándose por todo, el mes de Julio se sentía fatal. Los primeros en intentarlo fueron Enero y Febrero. Ellos sabían mucho de quejas, puesto que si de algo se quejaban los humanos era del frío y del invierno.
–Ya, pero Enero, tú tienes la nieve. Y Febrero, tú tienes el Carnaval. Yo tengo las vacaciones, sí, pero con esta crisis… ¡Ya nadie se va de vacaciones! Y todo el mundo se queja más.
También lo intentaron los meses de primavera, pero Julio no quería ni oírles hablar. ¿Cómo iban a saber ellos de que hablaba? ¡A todo el mundo le gustaba tanto la primavera! Así que fue su compañero de estación, Agosto, quien trató de hacerle sentir mejor. Nadie como él entendía a Julio, puesto que él también era un mes de verano y estaba acostumbrado a que la gente se quejara del calor, de no poder dormir y al mismo tiempo de todo lo contrario: del frío y de no poder bañarse en el mar los días que no salía el sol.
Agosto, estuvo mucho tiempo pensando en qué le diría a Julio para que olvidara su envidia por Junio y fuera más feliz y por fin encontró una solución.
Una mañana, Agosto fue a buscar a Julio a su casa.
–Nos vamos de excursión.
–Yo no quiero irme de excursión. Lo que quiero es que todo el mundo me quiera tanto como a Junio y deje de quejarse por mí.
Agosto, que si algo había aprendido durante las ardientes tardes de verano era a tener paciencia, volvió  insistir.
–He descubierto algo increíble que te hará sentir muy bien. ¿Estás seguro de que no quieres saber qué es?
Julio estaba triste, pero también un poco aburrido. Además era muy curioso, así que no pudo resistirse y acabó aceptando la propuesta de Agosto. Juntos se fueron a un hospital.
–Fíjate bien, compañero. Ese bebé que duerme plácidamente acaba de nacer. ¿Sabes que nombre le han puesto? El del mes favorito de su madre.
–¿No me digas que van a llamarle Junio? –exclamó muy enfadado– Para eso me has traído aquí…
–No digas tontería: nadie se llama Junio. Este niño se va a llamar como tú, Julio. Y no es el único, Hay muchos Julios. Incluso hay Julias.
Aquello sorprendió mucho a Julio. Él nunca había pensado que pudiera ser especial. Se había acostumbrado a las quejas y se había olvidado de todas las cosas buenas que los humanos decían de él: que si Julio es un mes perfecto para descansar, que si en Julio siempre hay cosas interesantes que hacer, que si tenemos más tiempo para visitar a los amigos, que si siempre hay sol…

Así que gracias a su amigo Agosto, Julio dejó de tener envidia a su hermano Junio y consiguió comprender que cada uno es como es y que ningún mes es mejor a otro.