El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

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Manualidad: Setas de otoño

Por Sara Blázquez

En septiembre le decimos adiós al verano y damos la bienvenida al otoño, y es que ya tenemos muchas ganas de ver todo ese colorido que nos regala esta estación cada año. Hoy haremos una manualidad muy otoñal y que nos encanta para decorar nuestra habitación: ¡¡unas setas!! Es una actividad que podemos complementar, por ejemplo, con la lectura del cuento Atrapar el otoño.

Con esta manualidad podemos tener un primer acercamiento a la costura, así que la edad de los niños puede ser variable. Vamos a necesitar:

– Fieltro de colores.
– Un tubo de papel higiénico.
– Tijeras.
– Aguja e hilo.
– Algodón.
– Pegamento.

En primer lugar recortamos un círculo de fieltro rojo, otro círculo un poco más pequeño de fieltro blanco, y varios círculos pequeñitos de fieltro blanco. En el medio del círculo blanco tenemos que hacer un agujero del tamaño del tubo de papel higiénico.

A continuación cosemos los círculos pequeñitos sobre el fieltro rojo. Colocamos el círculo rojo con los circulitos hacia arriba, ponemos sobre él el círculo blanco y lo cosemos todo alrededor. A través de la abertura que hemos dejado en el medio damos la vuelta a la seta y después la rellenamos bien con algodón.

Para hacer el tallo de la seta cortamos un rectángulo de fieltro blanco y forramos con él un tubo de papel higiénico. Tendremos que poner un poco de pegamento al principio y al final.

Por último, anclamos el «sombrero» de la seta al tallo, lo cosemos y… ¡listo!

La envidia de Julio


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Aunque Julio era un mes de verano, y se supone que en verano todos estamos más contentos, él era gruñón y malhumorado. No se sentía feliz porque le tenía una envidia terrible a su hermano Junio. ¡Todo el mundo parecía preferirle a él! Nadie se quejaba de aquel mes mitad primavera, mitad verano. Al contrario, estaban tan contesto de que por fin llegara el verano y las vacaciones que hasta hacían una fiesta para celebrarlo. Sin embargo, cuando llegaba Julio, a pesar de que los niños no tenían que ir al colegio y podían pasarse el mes entero de vacaciones, sin colegio y sin deberes, siempre había alguien quejándose: si hacía mucho calor, la gente se quejaba de que no podía dormir por las noches, y si, de repente, hacía un poco más de frío, la gente se quejaba de que no podían ir a la piscina. El pobre Julio estaba muy triste.
–¡Siempre preferirán a Junio!

Y por más que el resto de meses intentaban consolarle y le decían que no podía fiarse de lo que decían los humanos, pues siempre estaban cambiando de idea y quejándose por todo, el mes de Julio se sentía fatal. Los primeros en intentarlo fueron Enero y Febrero. Ellos sabían mucho de quejas, puesto que si de algo se quejaban los humanos era del frío y del invierno.
–Ya, pero Enero, tú tienes la nieve. Y Febrero, tú tienes el Carnaval. Yo tengo las vacaciones, sí, pero con esta crisis… ¡Ya nadie se va de vacaciones! Y todo el mundo se queja más.
También lo intentaron los meses de primavera, pero Julio no quería ni oírles hablar. ¿Cómo iban a saber ellos de que hablaba? ¡A todo el mundo le gustaba tanto la primavera! Así que fue su compañero de estación, Agosto, quien trató de hacerle sentir mejor. Nadie como él entendía a Julio, puesto que él también era un mes de verano y estaba acostumbrado a que la gente se quejara del calor, de no poder dormir y al mismo tiempo de todo lo contrario: del frío y de no poder bañarse en el mar los días que no salía el sol.
Agosto, estuvo mucho tiempo pensando en qué le diría a Julio para que olvidara su envidia por Junio y fuera más feliz y por fin encontró una solución.
Una mañana, Agosto fue a buscar a Julio a su casa.
–Nos vamos de excursión.
–Yo no quiero irme de excursión. Lo que quiero es que todo el mundo me quiera tanto como a Junio y deje de quejarse por mí.
Agosto, que si algo había aprendido durante las ardientes tardes de verano era a tener paciencia, volvió  insistir.
–He descubierto algo increíble que te hará sentir muy bien. ¿Estás seguro de que no quieres saber qué es?
Julio estaba triste, pero también un poco aburrido. Además era muy curioso, así que no pudo resistirse y acabó aceptando la propuesta de Agosto. Juntos se fueron a un hospital.
–Fíjate bien, compañero. Ese bebé que duerme plácidamente acaba de nacer. ¿Sabes que nombre le han puesto? El del mes favorito de su madre.
–¿No me digas que van a llamarle Junio? –exclamó muy enfadado– Para eso me has traído aquí…
–No digas tontería: nadie se llama Junio. Este niño se va a llamar como tú, Julio. Y no es el único, Hay muchos Julios. Incluso hay Julias.
Aquello sorprendió mucho a Julio. Él nunca había pensado que pudiera ser especial. Se había acostumbrado a las quejas y se había olvidado de todas las cosas buenas que los humanos decían de él: que si Julio es un mes perfecto para descansar, que si en Julio siempre hay cosas interesantes que hacer, que si tenemos más tiempo para visitar a los amigos, que si siempre hay sol…

Así que gracias a su amigo Agosto, Julio dejó de tener envidia a su hermano Junio y consiguió comprender que cada uno es como es y que ningún mes es mejor a otro. 

Tres cuentos para este tiempo loco

Dicen que la primavera la sangre altera y que a todos nos vuelve un poco locos. También al tiempo, que un día nos mata de calor y otro nos viene cargado de grises. Para sobrevivir a estos cambios de temperatura de este mes de mayo a punto de terminar, recordamos aquí tres cuentos de lo más “atmosféricos”.

Cambio de estaciones


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

Nunca te has preguntado quién es el encargado de cambiar las estaciones. Tiene que ser alguien muy organizado, que siempre tenga apuntado los días en los que el otoño pasa a ser invierno, el invierno, primavera y así sucesivamente. Pero, ¿qué pasaría si la persona encargada de cambiar las estaciones perdiera la memoria? Quizá tendría que buscar una ayudante…
Ir al cuento.

El amor de la lluvia y el sol

Texto de María Bautista 
Ilustración de Brenda Figueroa
¿Qué pasaría si el sol y la lluvia se enamoraran? Andarían todo el día enredando y la gente no sabría si sacar el paraguas o las gafas de sol. ¡Menudo lío! Si la lluvia y el sol se enamoraran todo andaría hombro por cabeza y alguien tendría que poner un poco de orden. Pero ¿quién? y sobre todo ¿cómo?

La rana que fue a buscar la lluvia

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

¿Qué harías tú si de repente la lluvia se olvidará del lugar donde vives? Seguro que quejarte mucho, mirar constantemente al cielo, tratar de hacen un conjuro mágico o cantar desafinando sin parar.

Pero, ¿te irías a buscar a la lluvia? Eso es lo que hace la rana Ritita, que con su maleta a rayas no duda en comenzar una extraordinaria aventura para traer de vuelta a la lluvia a su maravillosa charca.

Ir a cuento.

El árbol solitario


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Había comenzado el mes de mayo y todo el mundo en el bosque estaba ocupadísimo. Los árboles tenían que florecer y ponerse guapos para que los insectos se acercaran a ellos, y estos debían moverse de un lado para otro para transportar el polen de un sitio a otro y las mariposas tenían que aprender a volar con sus alas nuevas. También los pájaros, conejos, zorros y patos estaban ocupadísimos con los nuevos miembros de la familia. Eran tan pequeños que no podían valerse por sí mismos y tenían que ayudarles todo el rato.

Solo un viejo árbol apartado parecía ajeno a toda esa excitación. Se trataba de un árbol solitario, tan lejos del resto que muchos ya se habían olvidado de que existía. Se había quedado solo el otoño pasado, cuando la gente del pueblo decidió talar a sus compañeros para construir edificios. Pero el proyecto se quedó sin dinero antes de tiempo. Nunca se construyeron casas y solo quedó aquel árbol solitario en recuerdo de lo que antes fue un precioso bosque.

En la vida del árbol daba igual si empezaba mayo o estaban en febrero. Nadie se acordaba de él. Ni siquiera el viento venía a visitarle y el pobre árbol, condenado al olvido, florecía sin que nadie disfrutara de sus flores.

Sin embargo, un día, un pájaro hambriento apareció por ahí. Volviendo de África al acabar el invierno, se había perdido del resto de su bandada. No conocía el lugar, estaba desorientado y muy muy hambriento. Cuando vio aquel árbol en medio de la nada, pensó que este podía ser su única salvación.

–Seguro que tú sabes donde hay suculentas lombrices que llevarme a la boca.
–Querido pájaro, aquí no hay nada. Es un campo de cemento donde solo estoy yo. Tendrás que buscar otro sitio.

Pero el pájaro estaba demasiado débil para seguir volando. El árbol, al ver tan desesperado a aquel pajarito, decidió ofrecerle lo único que tenía: las flores.

–Pero tus flores son tan bonitas, ¿cómo voy a dejarte sin ellas?
–No te preocupes, aquí estoy tan solo que no tengo insectos cerca que transporten el polen de un sitio a otro. Así que no me sirven para nada.

El pajarito se acercó a verlas. Olían tan bien y el pájaro estaba tan hambriento que metió su pico entre los pétalos de las flores. Enseguida descubrió un dulce líquido: el néctar. Después de tantos días sin comer, aquello le supo a gloria. Así que empezó a comer y a comer hasta que sintió que había recuperado las fuerzas.

–Querido árbol, ¿qué puedo hacer yo por ti? Me has salvado la vida y no puedo dejarte aquí tan solo.

El árbol solitario y el pájaro perdido estuvieron un rato pensando. De repente, al pájaro se le ocurrió una solución.

–¡Déjame que sea yo quién transporte tu polen! Así tus flores se convertirán en frutos y yo tendré mucho que comer.

Y así lo hicieron. El árbol se llenó de frutos que el pájaro comió durante todo el verano. Pero el invierno se acercaba, el pájaro tendría que marcharse y el árbol se quedaría solo otra vez.

–Querido árbol, todos los huesos de tus frutos, ¿no podríamos plantarlos en algún lugar?
–Mira a tu alrededor, ¡solo hay cemento! Aquí no crecería nada.
–No quiero dejarte solo. Sin embargo, si no me voy a zonas más cálidas, moriré de frío durante el invierno.

Así que al pájaro no le quedó más remedio que marcharse y el árbol volvió a quedarse solo.

Pasaron los meses y la primavera regresó, y con ella todos los quehaceres primaverales de los seres del bosque. También volvieron los pájaros de África. El árbol solitario los veía pasar de largo y pensaba en su amigo. ¿Se acordaría de él?

Una mañana de mayo, el árbol solitario se despertó con un sonido que le era familiar.

–¡Has vuelto! –exclamó muy contento el árbol. Pero al momento una duda le puso triste– ¿No habrás vuelto a perderte?

El pájaro se río.

–No me he perdido, solo he venido aquí a pasar los meses cálidos. Quizá no es el lugar más bonito del mundo, pero es aquí donde quiero estar. Sé que no me faltará de comer, y tampoco echaré de menos una conversación interesante.

Y así pasaron juntos el verano. Luego llegó el invierno solitario. Después, con las primeras flores regresó el canto de su amigo el pájaro. Ocurrió así cada primavera y aquel árbol solitario nunca más volvió a estar solo.

Lo mejor de la lluvia


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Cuando llegó la primavera, tan misteriosa, divertida y exuberante a todo el mundo le dio por enamorarse. La cigüeña se enamoró del colibrí, la ardilla del ratón de campo, la lombriz del escarabajo, el gato blanco de la vecina del cuarto de la perrita negra del bajo, el maestro de infantil de la agente municipal que controlaba el tráfico en la puerta del colegio, el funcionario de la ventanilla 223 de la oficina de Hacienda de la científica del centro de investigación astronómica y el forzudo del circo de la escritora de cuentos.

Y esa felicidad enamorada llegó también a lo más alto, y en el cielo, la lluvia no pudo evitar enamorarse locamente del viento. Le gustaba su carácter cambiante, la fuerza con la que levantaba las hojas de los árboles, la alegría con la que alborotaba el pelo de la gente, la decisión con la que movía a las nubes en el cielo.

Tanto le gustaba, que un día decidió hacerle un precioso regalo para demostrarle su amor. Un regalo tan bonito que todo el mundo se quedara maravillado. Estuvo pensando y pensando, pero no encontraba nada lo suficientemente bello:

– ¿Qué puedo ofrecerle yo, la triste lluvia?

 Pero los árboles y los animales no estaban de acuerdo con ella.

– ¿Por qué dices eso? ¡Tú no eres triste!
– Claro que sí. Todo lo que yo hago es gris, oscuro y feo…
– ¡No es verdad! Hay tantas cosas bonitas en ti – exclamaron todos.

Pero la lluvia era incapaz de encontrar ninguna. Se miraba dentro y solo veía nubarrones, días grises, gente quejándose por el mal tiempo, niños resfriados. Por eso todos decidieron contarle aquello que más les gustaba de los días de lluvia.

– A mí me gusta el olor de la tierra mojada. Siempre anuncia que mi lombriz va a asomar su cabeza entre la tierra – le contó el escarabajo.
– ¡Pisar los charcos con nuestras botas de agua! – exclamaron divertidos los niños del colegio.
– Escuchar cómo repiquetean las gotas sobre el tejado, mientras el forzudo y yo vemos una película en casa– le explicó la escritora.
– Ver a lo lejos un paraguas naranja y saber que debajo viene mi científica a recogerme a la salida de la oficina – susurró con emoción el funcionario de la ventanilla 223.

Pero los más convincentes fueron los árboles. ¡La lluvia era tan importante para ellos! Gracias a la lluvia, los árboles desnudos se llenaban de flores y con ellas traían la alegría y la primavera a la ciudad.

– Lluvia querida, sin ti no tendríamos flores. Por eso nuestras flores blancas, rosas, amarillas y de todos los colores son tuyas y solo tuyas. Puedes regalárselas a quién quieras.

Aquellas flores fueron el regalo que estaba buscando la lluvia para su amado viento. Cuando este vio lo que la lluvia, que no era solo gris, sino colorida, dulce y romántica, había hecho por él, se puso muy contento y la invitó a salir a pasear juntos.

Fue aquella una bonita tarde gris de lluvia ventosa…

Vacaciones de colores

Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Al poco de terminar el otoño, los colores decidieron un día que necesitaban vacaciones. Estaban cansadísimos y no penséis que era por haber bailado, comido y jugado demasiado durante la Navidad, o por haberse quedado hasta tarde viendo la televisión el día de Nochevieja. ¡Qué va! Los colores estaban agotados de tanto trabajar, y es que para ellos Otoño era la estación más complicada del año: ¡siempre tenían que lucir más brillantes que nunca! Y todo por culpa del señor Otoño, que era tan presumido y coqueto que quería ser la estación más especial del año.

Y eso, claro, suponía un gran problema para los pobres colores:
– No le vale con los naranjas suaves, qué va. El señor Otoño siempre necesita naranjas fuego, y eso son los más difíciles de mantener – exclamaban con enfado los colores de la tonalidad naranja.
– Pues los rojos le gustan aterciopelados, que es una cosa rarísima. ¡Tú sabes lo que tenemos que trabajar nosotros para conseguir justo el tono con el que le gusta pintar las hojas de los árboles! – se lamentaba la gama de los colorados.
– No penséis que los amarillos lo tenemos fácil. Siempre tenemos que estar perfectos. Y como no siempre hay sol, conseguir ser más luminoso que nunca es demasiado complicado.
– Con el tono marrón no es tan exigente, le gustamos todos. Pero eso sí, no podemos descansar nunca porque nos quiere disponibles a todas horas y en todos los lugares.
Pero no solo los naranjas, rojos, marrones y amarillos de los árboles se quejaban de que trabajaban mucho en Otoño. El resto también tenía lo suyo. Al señor Otoño le gustaban mucho los cielos azul, rosa y dorado en los días de sol y disfrutaba llenando de colores grises, negros y violetas el cielo cuando aparecía un día lluvioso. ¡Aquello era un no parar! Mucho más que en la florida y alegre primavera:

– La señora Primavera es tan despistada y enamoradiza que a veces no se da cuenta si en vez de colores fuertes llenamos los paisajes de colores pastel – afirmaban con cansancio los amarillos.
– Eso por no hablar de don Verano, que siempre está de vacaciones, o del señor Invierno, que tiene tanto frío que nunca quiere salir de casa. Ninguno de ellos es tan exigente como el presumido don Otoño.

Por eso, los colores se pusieron tan contentos cuando por fin llegó enero y en la ciudad todo el mundo dio por terminada la estación del otoño.
– ¡Por fin podremos descansar un poco! – exclamaron aliviados los marrones.
– Yo creo que nos merecemos unas vacaciones – afirmaron convencidos los traviesos rojos. 
– Sí, vámonos de la ciudad… ¡vayamos al mar!
Y todos los colores estuvieron de acuerdo. Todos menos uno.
– Pero, pero ¿cómo nos vamos a ir de vacaciones? – exclamó sorprendido el blanco – ¿Qué haremos con las calles, con los árboles, con el cielo y las montañas? Sin colores la ciudad se volverá triste igual que los niños y ¿qué pasará si los niños dejan de sonreír?
Pero los colores estaban tan cansados que poco les importaba que los niños no sonrieran o que la ciudad se volviera fea y descolorida. Sin embargo, tanto insistió el blanco, que los colores decidieron marcharse poco a poco, para que la gente no notara de sopetón aquella ausencia de colores. 
Los primeros en marcharse fueron los marrones y los amarillos. Ellos habían sido los protagonistas de la estación otoñal y merecían más que ninguno abandonar sus obligaciones. Poco después se escaparon los rojos y los naranjas, que también habían tenido lo suyo, y algo más tarde los violetas, los azules y los verdes.
Al final, en la ciudad solo quedó, preocupadísimo, el color blanco, tan bondadoso y amable.
– ¿Qué haré para que los niños no pierdan la sonrisa en esta ciudad sin colores? – se preguntó con tristeza el color blanco.
La repuesta se la dio el señor Invierno y su frío helador, que aquel primer día de vacaciones de colores llenó la ciudad de nieve. Y la nieve, tan blanca que casi hacía daño al mirarla, llenó de sonrisas las cara de los niños…
(Y nadie se acordó del resto de colores, que volvieron de sus vacaciones preparados para empezar a trabajar de nuevo con la colorida y despistada Primavera)

Avistamos cuento: Cuentadario 2014

Cuentadario 2014
Textos: María Bautista
Ilustraciones: Raquel Blázquez

12 láminas a color
Formato: 21 x 29,7 cm
Ilustración: Cuatricomía
Encuadernación: wireo
ISBN: 9788494108242

A partir de 5 años
PVP: 7,90 euros

Aunque nos parezca imposible, estamos a punto de terminar 2013. Por eso las librerías se llenan de calendarios del año que asoma ya por la puerta: 2014. Los hay de todas las formas, colores y temáticas, pero¿os imagináis un calendario dónde, además de marcar las fecha importantes, cada mes nos regalara un cuento?

Pues eso también existe, se llama Cuentadario 2014 y es el nuevo proyecto que Cuento a la vista ha lanzado para sus pequeños lectores de cara a la Navidad.

El Cuentadario 2014, no es un libro ilustrado de cuentos, sino un calendario de cuentos e ilustraciones.

Con sus 12 historias, el Cuentadario 2014 pretende que los niños se diviertan y al mismo tiempo se familiaricen con los meses, las estaciones y con lo que ocurre en cada una de ellas.

 

¿Por qué febrero solo tiene 28 días? ¿Por qué marzo es tan caprichosa? ¿Por qué en septiembre estrenamos zapatos nuevos? ¿Por qué el otoño tiene esos colores? Todos estos enigmas se resuelven cuento a cuento en este calendario literario donde el tiempo es el verdadero protagonista.

Un calendario para empezar cada mes echándole imaginación al asunto y disfrutando con la magia de los cuentos.

Como debe ser.

Hazte con el tuyo aquí

Atrapar el otoño

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Dedicado a T. 

La niña Clara era una niña de ciudad. Vivía, jugaba y crecía en la ciudad y aquel era el lugar que mejor conocía. Como toda niña de ciudad, a Clara no le sorprendían ni le molestaban los coches que rugían en las calles. Tampoco le importaba que no se vieran estrellas cuando miraba al cielo, porque la ciudad estaba llena de puntos luminosos que salían de los escaparates y de los edificios altos.

Lo más parecido que Clara había visto al campo en su vida, era el parque municipal al que iba con Papá y Mamá los domingos. En el parque municipal había un pequeño lago con patos de colores, ardillas que saltaban de árbol en árbol y césped por doquier. Pero como descubriría Clara aquel fin de semana, eso poco o nada tenía que ver con el campo de verdad.

Y es que aquel fin de semana de Halloween, Clara y sus padres visitaban al tío Román que vivía en el campo. Juntos, iban a ir a recoger setas.

– Pero ¿cómo son esas setas?
– Pues como van a ser Clara, como las de la tienda de verduras de la esquina. Pero mucho más ricas – le explicó Papá.
– ¿Y las vamos a coger nosotros?
– Sí, y luego las cocinaremos.
– Y ¿no podemos ir otro fin de semana que no sea Halloween?
– No Clara, a lo mejor el próximo fin de semana ya no hay. Tiene que ser este.

Clara no entendía qué tenía de emocionante recoger setas en el campo cuando una podía ir al supermercado y comprarlas sin tener que pasar frío, mancharse las manos y lo más importante: ¡perderse la fiesta de Halloween!

Sin embargo, cuando la pequeña Clara se adentró en el bosque y vio todos aquellos árboles encendidos como si fueran farolas, y todos aquellos sonidos extraños que nadie sabía de dónde salían, comprendió que aquello tenía mucha más magia que entrar en un supermercado y comprar una bandeja de champiñones.

 – Mira Mamá, los árboles son rojos, amarillos y naranjas. ¡Esto es mucho más bonito que nuestro parque municipal!

Clara miraba tan extasiada al cielo que, sin querer, pisó algo blandito que la hizo resbalar.

– Clara, ¡no hemos venido aquí a pisar setas, sino a recogerlas!

Así que Clara tuvo que dejar de mirar al cielo y concentrarse en aquel suelo lleno de hojas secas, barro, lombrices, pequeñas ramas, raíces y ¡setas! Había muchísimas: algunas, tal y como le explicó el tío Román, eran venenosas, pero la mayoría estaban deliciosas. Las había planas y oscuras, otras tenían la parte de arriba, lo que llamaban sombrero, más ondulada y algunas hasta eran azules.

– ¿Y con ese color no será una seta venenosa? – preguntó sorprendida Clara.
– ¡Qué va! Están riquísimas. Se llaman pie de caballero porque los antiguos caballeros medievales llevaban una armadura cuyo color era muy parecido al de esta seta.

Después de varias horas, todos habían cogido suficientes setas como para que el tío Román hiciera un estupendo puchero. En el camino de vuelta, Clara decidió que además de su pequeña colección de setas, se llevaría algunas de aquellas hojas maravillosas con las que el otoño había pintado el bosque. Además de colores brillantes, las hojas tenían formas extraordinarias. Algunas parecían las crestas de los renos de Papá Noel, otras parecían palmas de mano abiertas, otras abanicos japoneses.

 – Cogeré todas estas hojas y las meteré en un bote de cristal. Será cómo atrapar el otoño.

Cuando tres días después Clara llevó aquellas hojas a sus compañeros de clase, para enseñar lo bonito que era el otoño en el bosque, comprobó con desilusión que todas habían perdido su brillo. Las rojas se habían vuelto granate tan oscuro que casi parecía marrón. Las amarillas se habían quedado blanquecinas y las naranjas parecían tan marrones como las aburridas hojas de ciudad.

– ¿Qué ha pasado con mi colección? – se preguntó Clara muy decepcionada – ¿Habrá sido culpa de la ciudad?

Pero como le explicaron luego Papá y Mamá, la culpa no era de la ciudad. Nadie podía atrapar el otoño y guardar el otoño en un bote de cristal. El color de las hojas, como las setas en el campo, o las propias personas, eran cosas que nunca permanecían igual, que iban cambiando a medida que pasaba el tiempo y que acababan por desaparecer.

– ¿Quieres decir que las hojas también se hacen mayores?
– Claro, por eso se marchitan. Por eso también hay que disfrutarlas en el momento y no dejarlas pasar.
 – Entiendo – exclamó Clara pensativa –. Por eso teníamos que ir ese fin de semana sin falta al bosque. Porque las setas también se estropean.

Clara tiró su bote de hojas a la basura con cierta tristeza. ¡Eran tan bonitas cuando las recogió!

– No pasa nada, Clara. Lo importante no es atrapar el otoño, sino haberlo disfrutado. Además, el otoño todavía no se ha acabado. ¿Nos vamos el próximo sábado al campo?

Y Clara, la niña de ciudad, no se lo pensó dos veces…

Two Very Different Siblings

Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez

Alicia and Zachary could not look less alike. Even though they were siblings, and twins. But come on. with exception to their red hair, Alicia and Zachary were as different as night and day. As A and Z. Totally distinct!

Alicia liked dogs and Zachary liked cats. Alicia was tall and Zachary short. And despite being tiny, Zachary wanted to be a basketball player. Alicia liked soccer, of course. Zachary was good at language and Alicia was a real machine in math. In summer, Alicia spent her time jumping through the waves at the beach. Zachary, however, preferred to build sand castles. If Alicia said white, Zachary said black. If Alicia wanted to go right, Zachary preferred to go left. If Alicia wanted to eat a hamburger, Zachary preferred a pizza. It was impossible to get them to agree! They also didn’t like to share anything! What was his was his and what was hers was hers. And there was no way to convince them otherwise.
The summer in which grandpa Paco was in charge of them, the continuous disagreements of his grandchildren was giving him such a headache that it was clear he had to do something.

– But, what happened to these kids? – asked grandpa Paco sitting in the shade of his plaid hat.

Grandpa Paco had had four siblings with whom he played without end when he was a kid. Together they had learned to climb trees, ride bicycles, to do shores. They helped each other, loved each other and had a lot of fun together. But these grandchildren of his…what a disaster!

There was no alternative but to resort to magic. Grandpa Paco crossed his fingers and in a very quirky way, he tugged at his white mustache. One time, two times, three times and POOF! His fairy godmother appeared at his side. For years and years Grandpa Paco did not need even a bit of magic and for that, it had been very long since they saw each other last.

– Dear friend! How happy to return to you! Although, if you call on me, it is because you have a problem. With what can I help you?

Grandpa Paco told her that Alicia and Zachary were incapable of behaving well, that they didn’t share a single thing and that they always enjoyed being opposites.

– Hmmm…those children deserve a good lesson!

The fairy godmother, that was invisible to everyone except for Grandpa Paco, approached the kids, Zachary in the sand, Alicia in the sea, and taking out some fairy dust from the pocket of her dress, she threw some at each of the kids. Suddenly, Zachary and Alicia stopped playing and directed themselves to their grandfather.

– Grandpa, what a strong desire to eat ice cream overcame me! – exclaimed Zachary.

Alicia looked at her brother contrarily. She also had a big appetite for ice cream, but wasn’t about to admit that. However, when Grandpa Paco asked if she wanted one, the little girl enthusiastically replied:

– Yes, yes, I also want one!

Right after saying that, Alicia covered her mouth with her hand. But if that wasn’t what she wanted to say…what had happened to her mouth? It was as if it has it’s own life. And there was no remedy. For the first time in her life, she was about to do something exactly the same as her brother.

But weird things had just begun. When Grandpa Paco and the two kids arrived at the ice cream shop, they began to look at all the flavors…there were so many!

– Strawberry, lime and mint – Alicia said, convinced.

Zachary looked at his sister surprised. Strawberry, lime and mint were just the flavors that he wanted. But for nothing in the world would he choose the same flavors as her. So he looked and looked and decided that chocolate, vanilla and cream would be his flavors. However, once he opened his mouth…

– I also want strawberry, lime and mint!

Right after saying that, Zachary covered his mouth with his hand. Strawberry, lime and mint? That isn’t what he wanted to say. Zachary sighed and resigned, for the first time in his life, he was about to eat exactly the same thing as his sister.

But the strange things still had not stopped.

– Oh no! There is only enough strawberry, lime and mint for one ice cream – exclaimed the ice cream man.
– But yes, there is a ton – protested Alicia.
– That is reserved for other clients. If you two both want an ice cream of strawberry, lime and mint, you will have to share it.
– Share it? – yelled Zachary indignantly.
– Of course, it’s a big ice cream, you can eat it between the two of your – Grandpa Paco confirmed.

Do not speak, thought Alicia very angrily. But when she wanted to say something to her grandfather, her mouth returned to disobeying her:

– What a great idea, Grandpa!

Zachary looked at his sister as if she had turned insane and exclaimed:

-Yes, yes, what a great idea!

The two kids looked at each other astonished, what was happening? But it was like magic, neither could avoid having to share that strawberry, lime and mint ice cream.

– How delicious! – exclaimed Zachary.
– Can you give me a bit of strawberry? – asked Alicia – Mmmmm, yes it is good.

Before they realized, Zachary and Alicia had finished the ice cream. The two looked at each other as if it were the first time they had seen one another.

– Listen, I am going to build a castle in the sand. Do you want to do it with me?
– Okay, and later if you want, we can dip for a bit in the sea and jump through the waves.
– Cool!

The grandfather returned to sitting beneath the shade while he watched his grandchildren having fun. Finally they could enjoy the marvelousness that is having a sibling with whom to play! And so it was that there is nothing better than the magic of a fairy godmother to fix all problems…