Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?
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Leer con entusiasmo

Por Andrea Pérez de www.boolino.com

Con entusiasmo os presentamos el primero de los artículos que Andrea Pérez, de la completa y estupenda web de boolino, va a compartir con los lectores de Cuento a la vista. Aquí os dejamos estos consejos para que crear lectores y fomentar el amor a los libros de nuestros pequeños:

Es cierto que leer mejora la escritura, la expresión oral, la ortografía, la capacidad de razonamiento y reflexión y nos da herramientas para pensar el mundo –y a nosotros mismos- de manera crítica y con amplitud.

También es cierto que, aunque todo esto es importante, no debería ser el motor que moviera a la lectura; lo verdaderamente importante y difícil de contagiar es la pasión por la lectura. Nosotros podemos tratar de incentivar el gusto por los libros, pero son los niños quienes deben descubrirlo por sí mismos. 

Y aunque no existe una fórmula mágica para conseguir que amen los libros, sí disponemos de una serie de recursos muy efectivos que podemos aplicar para facilitar la entrada al universo lector.

1.- Crea un espacio de lectura para ellos

Una de las cosas más importantes que podemos hacer es favorecer un entorno agradable de lectura. Evidentemente podemos poner a su alcance todo tipo de libros y que no demuestren ningún interés, pero creando un espacio físico de lectura -con una estantería y un sillón o espacio confortable en el que acomodarse para leer- estamos, al menos, dándoles la oportunidad de que se paren, se sienten y escojan uno de los libros de su librería personal.

2.- Hazles el carnet de la biblioteca 

Además de un espacio personal con sus libros escogidos, la biblioteca es un gran recurso que ofrece gran cantidad de títulos que se van renovando periódicamente, además de recomendaciones de libros que bibliotecarios y personal especializado escogen especialmente para los niños y niñas.

Con el carnet de la biblioteca podemos acceder a una gran cantidad de libros de manera gratuita y descubrir títulos descatalogados o de difícil acceso; darles la oportunidad de que cada semana puedan tomar prestados los libros que les gustan les involucra en todo el acto de leer y crea una responsabilidad y una rutina muy importantes en el proceso de naturalizar la lectura como actividad voluntaria y placentera.

3.- Visitad juntos librerías 

Tan importante es dejarse recomendar, como dejar que escojan ellos mismos los libros y cuentos que quieren leer. Visitad juntos tanto la biblioteca como las librerías; pon a su alcance libros de distintos tipos y déjale que investigue y descubra cuáles desea llevarse a casa.

Siempre es importante que el niño o niña, sepa leer o no, descubra los libros por sí mismo, y de la misma manera que un adulto cuando va a la librería escoge uno u otro libro –por la portada, la contraportada, el grosor, el color, la edición, las críticas…- también ellos deben escoger los libros que llamen más su atención.

No importa si tras la lectura el libro no le cautiva; forma parte de su aprendizaje descubrir libros que no le gustan para apreciar aquellos que serán sus favoritos y que pedirá una y otra vez antes de ir a dormir.

Hacer que ellos escojan los libros consigue involucrarles en el acto de la lectura: él o ella ha escogido el libro, él o ella es el o la responsable de su elección y pondrá todo su esfuerzo en descubrir si ese libro le gusta o no. Este es un paso muy importante para conseguir que se acerquen a los libros con voluntad propia. Siempre será más fácil que desechen un libro que les hemos impuesto, a que descarten uno que han escogido ellos mismos, aunque sólo sea por orgullo.

4.- Regálales libros 

Por supuesto, a todos nos gusta una buena recomendación, y gracias a ellas descubrimos lecturas a las que de otro modo jamás habríamos llegado, por eso, acércale libros que te gusten -por una u otra razón- y permítele que los descubra, los descarte o los ame.

En este sentido, la sutilidad es la mejor manera de conseguir que lean un libro que a nosotros puede parecernos adecuado: siempre es más efectivo colarlo en el estante de su librería que obligarle a que lo lea.

Para conseguir que lean con placer nuestras recomendaciones, también es un buen recurso regalarles libros con periodicidad. Podemos conseguir que estos momentos sean emocionantes y que el niño o niña espere el regalo con ilusión, de esta manera estamos positivizando la lectura convirtiéndola en un regalo y no en una obligación.

 5.- Recupera los libros de tu infancia y compártelos con ellos 

 Con los libros de nuestra infancia favoritos creamos un vínculo afectivo muy fuerte. Aquellos libros que despertaron en nosotros esa chispa, que nos hicieron ver las cosas de otro modo o con los que pasamos ratos verdaderamente especiales permanecen en el recuerdo y volvemos a ellos, consciente o inconscientemente, como si fueran un feliz refugio en el pasado.

Aunque cada lector es diferente, podemos recuperar los libros de nuestra infancia y ofrecérselos a los niños. Se trata de compartir esos recuerdos y darles la oportunidad de que también ellos creen los suyos junto a ti.

Maurice Sendak afirmaba que lo que hace a un lector de por vida es el recuerdo de las personas que leen junto a él en la infancia, una conexión que dura toda la vida y que nos hace volver a los libros con amor y cariño.

Es gracias a esta relación con la lectura que un niño o niña, poco a poco, acudirá a los libros con voluntad propia, con devoción, impaciencia y necesidad.

Por supuesto que la función utilitaria de la lectura es esencial en la escuela, es práctica para manejarse en el mundo y a través de ella se sientan las bases de un buen aprendizaje, sin embargo, con estos argumentos no seduciremos a un niño para que lea, ni conseguiremos que se involucre en esta experiencia; un niño o niña, para disfrutar leyendo debe, ante todo, divertirse.

La lectura debe ser un acto lúdico. Entendiendo lúdico no como algo bienintencionado, superficial o vacío, sino un acto que ofrezca un espacio para la imaginación, a través de libros que sugieran, que entreguen píldoras de conocimiento -no necesariamente reglado como en la escuela- que el niño o niña tome y utilice como lo que convenga. Libros que consigan que le pique la curiosidad, de manera que ésta sea la que le permita viajar a otros libros, a otras palabras y a otras imágenes que no conoce y que despierten su interés, sea del tipo que sea.

Por eso debemos tener cuidado con el didactismo, sin duda clave en su educación, pero con el que no conseguiremos que un niño o niña lea con devoción. Cuando sean más mayores, y con un bagaje de lecturas importantes, cuando comiencen a preguntarse por aquello que no comprenden, por aquello que les resulta curioso o aquello que desean conocer en profundidad, entonces podrán comprender que no siempre se lee por diversión, que también se lee para descubrir, para aprender, para satisfacer necesidades intelectuales…

Existen tantas formas de lectura como lectores; conseguir que los niños descubran cómo leer y por qué, es sin duda una pregunta complicada incluso para los adultos, pero que vale la pena tratar de responderse.

The Bug’s Stories

Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez

After so many years of having her own room, Nerea saw how things changed when she turned 8 years old.

– Don’t be crabby, Nerea. Grandpa is here just for a bit. When winter is over, he will return to his house and you can have your room back.

– Sure, but in the meantime, the one who has to sleep with “the bug” is me.

The bug wasn’t a giant lizard, nor a grumpy furry animal, but rather the nickname that Nerea gave her little brother, Pablo. And, although it had been two years since Pablo had been her brother, Nerea still did not understand why everyone gave him so much attention. With how boring he was?! He almost never spoke, walked as if he were a dizzy duck and cried every few minutes. If he at least knew how to spin a top, or tell stories, or help you solve math problems!

So Nerea watched in horror as her little colorful bed moved into Pablo’s room.

– You will see how great this will be! I always shared my room with my sister and we had a great time – her mother tried to convince her.

But Nerea did not see it clearly. She could not compare her fun aunt Rita with this clumsy crybaby that followed her everywhere and stared at her with those big gray eyes.

– Don’t look at me like that, bug! If you had a room as beautiful as mine, you wouldn’t want to give it to Grandpa either.

But Pablo looked at her with his enormous gray eyes and laughed. What is that brat laughing about? Nerea sighed. That winter was going to be very very complicated.

And so it was at first, especially at night. The bug went to bed very early, and no one could make but a single noise, much less leave the light on. This was definitely a problem for Nerea, with how much she loved to read at night! Before, Dad always used to tell stories, but since el bug had arrived to the house, Nerea had begun to read the stories by herself. In the beginning, the crabby Nerea had protested a lot, but later she had discovered that reading storybooks alone was very fun. She liked to use voices, imitate the characters and imagine that she was always the protagonist. And now all that had ended!

But Mom, seeing Nerea so disgusted, had a great idea:

– Nerea, why don’t you read the stories to Pablo? That way you can continue enjoying the storybooks and you will teach them to your brother.

– Bah, what for? The bug doesn’t understand anything.

– Oh, come on!

Nerea had no choice but to begin sharing her storybooks with Pablo. The first nights, the bug looked at her with his enormous gray eyes and yawned bored. And Nerea yawned even more bored still. The storybooks of the bug were simple and full of colors. Some did not even have letters!

– How will I tell a story without words?! What do I do? Invent them?

And that is exactly what she did: inventing the text of Pablo’s stories. That if a fairy here, that if a sheep goes baaa over there, that if a dog goes woof, that if a naughty girl sings a song. So, little by little, Nerea started to get her brother to have fun with them.

– And then arrived a witch with an angry face. Listen, bug, she was very evil and laughed like this: MWAHAHAHAHA!

– acacacacac!

– No, bug, MWAHAHAHAHA! Let’s see how you can do?

The little boy tried to imitate again and again the laugh of the evil witch in the story, but there was no way! Even though he could not, it was so funny trying!

And so, between storybooks, passed the winter, and before Nerea realized, Grandpa grabbed his things and left in return to his house.

– Are you happy Nerea? Finally you get your room back!

But the little girl wasn’t happy. On one hand, she was excited to return to her room, with her striped comforter, her shelves filled with books, and her green walls; but there was something that she was going to miss: bug! In all those months passing the time together and having fun, Nerea had understood why everyone gave him so much attention: he was an adorable bug!

So, when Dad announced that she could return to her room, her expression was not exactly one of happiness.

– What happened Nerea? Isn’t this what you wanted? You can finally return to reading your storybooks before sleeping…

– Yes, but…what about the bug? Who will read his books without words to him?

Upon hearing her say this, Dad understood what had happened.

– Well, you, Nerea. That is why you are his big sister…

And so it was. Nerea continued telling stories to her little brother night after night, day after day, until the bug was old enough to read them by himself.

Los cuentos de la señorita Marisa


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Y por fin llegó junio: el calor, los días más largos y el final del curso. Los niños estaban como locos pensando qué harían aquel verano: dos meses y medio para holgazanear, jugar todo el rato, tirarse a la bartola en la piscina, ponerse moreno, comer pipas y olvidarse del colegio y de los libros.

– No, no… ¡de los libros no! – exclamaba siempre la señorita Marisa.

La señorita Marisa era la bibliotecaria del colegio y adoraba los libros. Siempre iba de una clase para otra cargando libros con sus delgadísimos bracitos. Los niños que llegaban nuevos al colegio la miraban al principio con un poco de miedo… ¡era tan seria! Pero en cuanto hablaban con ella de libros se daban cuenta de que en realidad, la señorita Marisa era la profesora más divertida del colegio.

Solía vestir de colores estridentes, le gustaba saltar a la comba y jugar al escondite, y siempre les proponía juegos extraños, como aquella vez que obligó a los alumnos de quinto a ponerse unas gafas enormes para leer Manolito Gafotas, o cuando trajo una escoba para leer La pequeña bruja. Además sabía tanto… ¡No había libro que no se hubiera leído!

Por eso, la señorita Marisa siempre esperaba al último día de clase para dar a todos los alumnos del colegio una lista con libros para leer en verano. Y es que para la señorita Marisa leer en verano era como tener el triple de vacaciones:

 – Este verano podéis leer Robinson Crusoe, así, además del pueblo, también os daréis un paseo por una isla desierta.
 – O podéis marcharos con Gulliver de viaje a Liliput.
– O hacer un viaje a la luna, o al centro de la tierra. Siempre con Julio Verne.

A la señorita Marisa le gustaba recomendar los grandes clásicos de aventuras durante las vacaciones. Aquellos libros llenos de viajes increíbles eran perfectos para las tardes de sol y calor de julio y agosto. Al principio, los niños, que solo pensaban en disfrutar del verano, no hacían mucho caso a la señorita Marisa, pero cuando pasaban las semanas y empezaban a aburrirse del calor, la piscina y las pipas, muchos acababan leyendo alguna de las recomendaciones de la señorita Marisa. Y cuando, por fin, llegaba septiembre, los niños le contaban a la profesora lo que les había parecido aquellos libros.

– ¡Cómo me gustó La isla del tesoro!
– ¡Pues yo me lo pasé genial con Los tres mosqueteros!

La señorita Marisa les escuchaba emocionada y su rostro serio se volvía alegre y no paraba de sonreír.

Sin embargo, aquel junio los niños se dieron cuenta de que algo le pasaba a la señorita Marisa. Se pasaba el día suspirando y estaba más seria de lo normal, y por más que los niños intentaban sacarle una sonrisa hablándole de los últimos libros que habían leído, la señorita Marisa apenas les escuchaba.

– He estado investigando y… ¡ya sé lo que le pasa a la señorita Marisa! – exclamó un día Fabi, que era una niña de cuarto curso a la que le encantaban las novelas de misterio.
– Seguro que se ha enamorado. ¡Por eso suspira tanto! – exclamó Elsa que iba a quinto curso y había empezado a leer libros románticos.
– Se habrá cansado de los libros – afirmó Ismael, que prefería dibujar cómics que leer los cuentos sin dibujos que le mandaban en sexto.
– No es eso – interrumpió Fabi – como os digo, he estado investigando y ya sé lo que le pasa: ¡La señorita Marisa se jubila!

Todos los niños se miraron sin entender nada: ¿cómo iba a jubilarse la señorita Marisa? Es verdad que tenía un moño gris y siempre decía que había sido niña hacía un millón de años pero… ¿cómo iba a ser tan mayor? Si aún jugaba con ellos a la comba, le encantaba disfrazarse y hasta les había llevado al cine a ver la última de Harry Potter.

– Pues sí, parece imposible pero es cierto: la señorita Marisa ya no nos recomendará libros, ni nos pondrá pelis de fantasía de esas que están inspiradas en libros, ni nos dará su lista de recomendaciones para el verano.

Los niños se quedaron muy sorprendidos y también un poco tristes. ¿Qué iba a ser de la biblioteca del colegio sin aquella mujer extraña y sus disparatadas ideas? Pero no había nada que ellos pudieran hacer. Así se lo confirmó la directora MªJosé:

– Lo único que podéis hacer es agradecerle todo lo que ha hecho por vosotros para que se sienta querida por todos estos años en el colegio.

Pero, ¿cómo podían hacer eso? Estuvieron toda la mañana dándole vueltas al asunto hasta que por fin encontraron una solución.

– Lo que más le gusta a la señorita Marisa son los libros así que ¡hay que regalarle un libro!
– Pero cuál, si ya se los ha leído todos…
– Uno solo para ella. Uno que hagamos entre todos nosotros.
– Y ella puede ser la protagonista.

Claro, la señorita Marisa sería la protagonista de aquel libro que escribirían entre todos. Cada uno escribió un cuento, una aventura de la señorita Marisa en el colegio, o en el mundo de fantasía de los libros y los encuadernarían todos juntos. Ismael sería el encargado de hacer las ilustraciones.

Pero había que ponerse manos a la obra. ¡Solo quedaban dos semanas para el final del curso! Al final, con mucho trabajo y la ayuda de todos, los niños consiguieron terminar el regalo.

– Pero tenemos que ponerle un título.
– ¿Qué os parece los cuentos de la señorita Marisa?

Y con ese título se quedó.

El último día de clase los niños se asomaron a la biblioteca en busca de la señorita Marisa. Se la encontraron sentada en su silla, recogiendo con tristeza sus últimas cosas: dos cuadernos en blanco, tizas, lápices de colores, rotuladores, tijeras, caramelos para la tos, tres gafas que habían sobrado cuando hicieron la actividad de Manolito Gafotas, una comba con la que solía jugar con los niños de tercero y algunos libros.

 – Señorita Marisa, esto es para usted.

Cuando la profesora abrió aquel paquete y se encontró con aquel libro maravilloso lleno de historias que sus niños habían creado solo para ella comenzó a reír y llorar a la vez. Les llenó de besos y de abrazos y muy contenta repartió todos los objetos entre los niños. Ya no necesitaba llevarse nada a casa. Le bastaba aquel libro y la satisfacción de haber conseguido que aquellos niños amaran tanto los libros como los amaba ella.

Epílogo: La vida en la biblioteca

Texto por María Bautista
Ilustración por Raquel Blázquez

Capítulo anterior 


¿Y cómo era la vida en la biblioteca?

– Increíble, genial, fantástica, divertidísima, feliz, tranquila, alegre…

– Ya basta Cifi, creo que ya lo han pillado…

Pero todos los adjetivos de Cifi eran pocos. La vida en la biblioteca era, sencillamente, perfecta. Todo estaba ordenado y limpio, los libros eran tratados con cariño y respeto y los niños podían llevárselos a casa para leerlos tantas veces como quisieran.

– Eso es lo que más me gusta. Poder conocer las casas de los niños, hablar con otros libros y otros objetos – decía siempre Fabul con estusiasmo.

Con el tiempo, Solotú, con sus páginas del revés, se convirtió en un libro muy popular que todos los niños querían leer. Por eso se pasaba semanas fuera de la biblioteca, de casa en casa.

– No hay quien te vea el pelo, Solotú.

– Qué suerte, a mí hace que no me lee nadie cuatro semanas. Ya tengo ganas de irme de viaje a una casa.

Por otro lado, Tinín, se quedó también allí. Fue una idea de la bibliotecaria, que pensó que así atraería a la biblioteca a los niños a los que no les gustaba tanto leer.

– Tal vez así comiencen a leer a menudo – pensó la bibliotecaria mientras ajustaba a Lupas a su nariz puntiaguda.

El monopatín podía ser usado por los niños siempre que estos se llevaran un libro. Así que en vez de tener un solo dueño, Tinín tenía muchos y todos gritaban alegres cuando lo usaban eso de: Tinín monopatín, llévame lejos de aquí…

Algunos meses después de que Solotú llegara a la biblioteca, entró en ella un niño de ojos saltones. Se trataba de Hugo, que había oído que allí había un libro mágico que tenías que mover para poder leer. Al escuchar aquello pensó en el regalo de tía Marga que le había quitado Pum en la escuela. Tenía que ser el mismo libro. Ambos se pusieron muy contentos al reencontrarse y Hugo se lo llevó a casa para terminar de leerlo. No podía quedárselo, porque pertenecía a la biblioteca, pero podía cogerlo siempre que quisiera y así lo hizo, incluso cuando ya era demasiado mayor para leerlo.

Pero Hugo no fue el único que creció. También el pequeño libro de tapas rojas se hizo mayor. Solotú había pasado por tantas manos y había sido leído por tantos ojos, que había perdido el rojo brillante de sus tapas y sus páginas estaban amarillas e incluso rotas. Por este motivo la dirección del centro tomó una decisión.

– No saldrás más de la biblioteca. Los que quieran leerte lo harán aquí. – afirmó el nuevo bibliotecario, que había sustituido a la dueña de Lupas.

Fue así como Solotú, se quedó para siempre en la biblioteca, convertido en un libro admirado por todos. Por eso, si queréis conocerle, tendréis que pasaros por la biblioteca. Si os quedáis un rato en silencio, escucharéis cómo el libro de tapas rojas les cuenta su increíble aventura a los ejemplares recién llegados. La historia de cómo un pequeño libro de tapas rojas y páginas mal puestas escapó a su destino y acabó convirtiéndose en el más popular de toda la ciudad.

Una historia que como casi todas las historias, comienza justo por el principio…