Lanzamiento Cuento a la vista: PALABRA DE ÁRBOL

Palabra de árbol
Textos: María Bautista
Ilustraciones: Raquel Blázquez
Nº de páginas: 106
Formato: 15 x 21 cm
Ilustración: Cuatricomía
Encuadernación: Rústica
A partir de 10 años
PVP. 10,90 euros  

Vuelve Palabra de árbol, el primer proyecto en común de la ilustradora Raquel Blázquez y la escritora María Bautista y la semilla de lo que luego se convertiría en Cuento a la vista.

En 2010 recibió el accésit de la XIII Edición del Premio de Cuentos Ilustrados de la Diputación de Badajoz y el Premio Escolar de este mismo certamen, otorgado por los alumnos del colegio público Guadiana. Publicado en diciembre de 2010 por la Diputación de Badajoz, el libro agotó sus dos primeras ediciones en apenas un año y medio y fue trabajado en una decena de colegios de Salamanca, Madrid y Guadalajara.

Cuatro años después, la editorial Cuento a la vista recupera las historias de Sofes con una edición nueva y unas ilustraciones que mantienen la ternura de las originales, pero que se muestran más maduras y estudiadas.

Lo que no cambia son las historias de Sofes, un castaño centenario con una profesión muy especial: la de cuentacuentos. Bajo sus ramas podrás descubrir tres historias en la que por encima de todo afloran valores tan importantes como el respeto a la naturaleza, o la sabiduría de los mayores.

Así, en el primer cuento conocemos a Berta es una niña a la que no le gusta leer. Ni subirse a los árboles. Ni jugar a otra cosa que no sea a su consola. Berta recibe una noche una misteriosa nota y comienza así una increíble búsqueda del tesoro, en la que Berta, de la mano de su abuelo Pedro, aprenderá a mirar a su alrededor de otra forma.

Otra de las historias de Sofes nos lleva hasta un circo. Allí vive Ava, una leona triste que sueña con África, con la libertad, con la Sabana. Por eso planea escaparse de la jaula en la que vive. Pero para ello necesitará de la ayuda de los animales del bosque.

Por último, un viejo árbol, pegado a la misma tierra durante más de cuatrocientos años quiere hacer un viaje, aunque para ello tenga que sacrificar lo más importante que tiene: sus hojas.

En Palabra de árbol todos los personajes buscan algo y aquello que encuentran les cambiará su percepción del mundo.

Consíguelo en ebook aquí.

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Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?

El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

Tres cuentos para este tiempo loco

Dicen que la primavera la sangre altera y que a todos nos vuelve un poco locos. También al tiempo, que un día nos mata de calor y otro nos viene cargado de grises. Para sobrevivir a estos cambios de temperatura de este mes de mayo a punto de terminar, recordamos aquí tres cuentos de lo más “atmosféricos”.

Cambio de estaciones


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

Nunca te has preguntado quién es el encargado de cambiar las estaciones. Tiene que ser alguien muy organizado, que siempre tenga apuntado los días en los que el otoño pasa a ser invierno, el invierno, primavera y así sucesivamente. Pero, ¿qué pasaría si la persona encargada de cambiar las estaciones perdiera la memoria? Quizá tendría que buscar una ayudante…
Ir al cuento.

El amor de la lluvia y el sol

Texto de María Bautista 
Ilustración de Brenda Figueroa
¿Qué pasaría si el sol y la lluvia se enamoraran? Andarían todo el día enredando y la gente no sabría si sacar el paraguas o las gafas de sol. ¡Menudo lío! Si la lluvia y el sol se enamoraran todo andaría hombro por cabeza y alguien tendría que poner un poco de orden. Pero ¿quién? y sobre todo ¿cómo?

La rana que fue a buscar la lluvia

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez 

¿Qué harías tú si de repente la lluvia se olvidará del lugar donde vives? Seguro que quejarte mucho, mirar constantemente al cielo, tratar de hacen un conjuro mágico o cantar desafinando sin parar.

Pero, ¿te irías a buscar a la lluvia? Eso es lo que hace la rana Ritita, que con su maleta a rayas no duda en comenzar una extraordinaria aventura para traer de vuelta a la lluvia a su maravillosa charca.

Ir a cuento.

El gusano que quería ser mariposa de seda


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

De todas las cosas que podía haber sido en la vida, a Lunares le había tocado ser un triste gusano de tierra. Él que habría querido ser un valiente león, o una astuta zorra, no era más que un simple gusano, y no cualquier gusano, sino de esos que salían en la comida cuando se quedaba pocha y todo el mundo espachurraba con asco cuando los veía.

–Ya que nos ha tocado ser un gusano, ¿no podríamos al menos haber sido un gusano de seda? –preguntó un día a su amiga Larojos.
–¿Para qué quieres ser un gusano de seda? ¡Solo comen morera, que es una hoja que sabe a rayos y centellas! Nosotros sin embargo… comemos manzanas medio mordisqueadas, bocadillos con queso fundido, líquidos viscosos con sabor a naranja mezclado con sabrosa arena, etc.

Aquel menú tan especial venía de las papeleras de los niños que jugaban en el patio del colegio donde Larojos y Lunares vivían. El colegio estaba bien, siempre había mucho alimento y nunca se aburrían, pero los niños eran muy peligrosos. Si los veían jugaban con ellos hasta que acababan aplastándolos con el pie. ¡Era horrible!

–¡Pero nadie nos quiere! Sin embargo, a los gusanos de seda…
–¡Pero si son feísimos! Tan blancos y aburridos. Nosotros somos mucho más interesantes –insistía Larojos, tratando de animar a su amigo–. Mírate tú, con esos lunares morados que tienes. ¡Ya le gustaría a los gusanos de seda ser como nosotros!

Lo cierto es que Lunares era un gusano muy bonito. Tenía unas manchas brillantes por todo el cuerpo que le hacían muy especial. Además era muy coqueto, y le gustaba vestirse con sombrero y bufanda. Todos le querían mucho y hasta le habían regalado una flor azul por su cumpleaños para que decorara su sombrero. Sin embargo, Lunares nunca estaba contento. ¡Ser un gusano era un fastidio! Los gusanos no servían para nada… Excepto los de seda, claro, que daban aquel material tan suave y que tanto le gustaba a la gente.

– No digas eso. Los gusanos de seda son feos al principio, pero luego se convierten en preciosas mariposas. Los niños los guardan, los alimentan y se los enseñan a todo el mundo en la escuela. Sin embargo a nosotros… ¡nos aplastan en cuanto nos ven!

Y por más que Larojos trataba de convencerle de que ser un simple gusano no estaba tan mal, Lunares no paraba de quejarse. Tan triste estaba, que un día tomó una decisión.

–Voy a entrar en el edificio de las clases. ¡Quiero ser un gusano de seda! A lo mejor si me mezclo con ellos y como morera, yo también acabaré haciéndome un ovillo y convirtiéndome en mariposa.

Su plan era colarse en alguna de esas cajas de zapatos en la que los niños guardaban sus gusanos de seda.

–Lunares, ¡ten cuidado! Si te encuentran en la caja se darán cuenta de que no eres un gusano de seda y ¡te apachurrarán con sombrero y todo! –le advirtió Larojos.

Pero estaba tan convencido de que su plan saldría bien, que no hizo caso a sus advertencias y vestido con sus mejores galas se marchó hacia el edificio de primaria. Empezó su aventura un viernes por la tarde, pero el colegio era tan grande, y él tan pequeño, que no consiguió encontrar a los gusanos hasta dos días y medio más tarde, justo cuando la sirena del colegio anunciaba el principio de las clases.

Lunares, se coló en la caja, donde había un montón de gusanos de seda comiendo morera tranquilamente. Les observó atentamente y tuvo que reconocer que Larojos tenía razón: eran blanquecinos, feos y un poco aburridos.

Cuando los gusanos de seda vieron aquel extraño gusano de colores empezaron a gritar alborotadas.

–¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
–Soy Lunares y vengo a convertirme en mariposa de seda, ¡como vosotros!
–Tú no eres como nosotros. No podrás convertirte en mariposa.
–Claro que sí, ¡solo tengo que comer morera!

Tenía tanta hambre después de tantos días buscando a los gusanos de seda, que le hincó el diente a una hoja de morera. Pero aquella hoja le supo, tal y como había dicho Larojos, a rayos y centellas.

–Oye, que esta morera es nuestra. Tú no eres un gusano de seda y nunca lo serás. Por mucha morera que comas. Así que sal de esta caja y vete por dónde has venido.

Pero Lunares no quería irse de allí si no era convertido en una mariposa. Él quería ser un animal útil y bello, como aquellos gusanos. Un animal que sirviera para algo y que los niños estudiaran en el colegio.

No tuvo tiempo de discutir más con los otros gusanos. De repente, la caja se abrió, y Lunares vio un montón de ojos posados sobre él.

–¡Ey! ¡Qué asco! Mirad ese gusano con lunares de ahí. ¡Es asqueroso!
–¿Cómo habrá llegado hasta nuestra caja?
–¡Hay que aplastarlo!

El barullo llamó la atención de la maestra, que se asomó a ver lo que estaba agitando a sus alumnos.

–¡Pero bueno! ¡Qué tenemos aquí! Este gusano no debería estar en esta caja, pero no hay por qué apachurrarle…
–Pero profe… ¡si es asqueroso!
–Y no sirve para nada… ¡no se convertirá en mariposa!

La profesora cogió con sus dedos a Lunares, que muy asustado se encogió hasta casi parecer una bola. Llegaba su final, y solo podía pensar en su amiga Larojos y en todos los consejos que le había dado. ¿Por qué no la habría escuchado?

Sin embargo, la maestra no tenía ninguna intención de aplastar a Lunares.

–Fijaros en este gusano. Parece que no sirve para nada, ¿verdad? Pero estos pequeños bichos son importantísimos para la naturaleza. Ellos convierten la fruta podrida en alimento para la tierra, para que puedan crecer mejor las plantas. ¡Gracias a ellos los árboles crecen más fuerte y gracias a los árboles tenemos aire limpio para respirar!

Lunares se quedó mirando a la profesora sin entender nada. ¿De verdad estaba hablando de él? Y se sintió más importante que nunca en la vida. Tanto como aquellos gusanos que luego se convertirían en mariposas.

–¿Y ahora qué hacemos con este gusano, profe? –preguntó un niño.
–¿Podemos dejarle en la caja con los otros? –quiso saber una niña.

Pero la profesora tenía otros planes para Lunares.

–Le devolveremos al patio, junto a los árboles y la tierra. Para que pueda cumplir su función y pueda seguir dando alimento a la tierra de nuestro colegio.

Lunares volvió a su árbol junto a su amiga Larojos. Juntos volvieron a comer manzanas mordiesqueadas, bocadillos de queso y jamón y zumos de naranja y arena. Lo que Lunares no volvió a hacer fue querer ser mariposa de seda. ¿Para qué si podía ser un maravilloso e importantísimo gusano de tierra?

Cuento a la vista dona 600 libros a la ONG de Iberia Mano a Mano

Estamos muy orgullosas de contaros que nuestro libro Cuentos diferentes para niños diferentes, que ya se lee en algunos colegios de España, cruzará el charco y podrá leerse también en escuelas de Perú, República Dominicana y Guinea Ecuatorial.

Será gracias a la ONG Mano a Mano, creada por los empleados de Iberia en 1994, y a un proyecto de colaboración mutuo que llevará volando, de puerta a puerta y sin intermediarios, 600 ejemplares de nuestros cuentos.

Cuentos diferentes para niños diferentes es una recopilación de algunos de los cuentos que publicamos en nuestra página entre noviembre de 2010 y diciembre de 2012, además de un relato totalmente inédito.

Escritos por María Bautista e ilustrados por Raquel Blázquez, este libro salió adelante con la ayuda de nuestros seguidores a través de una campaña de crowfunding en marzo de 2013. Actualmente está en las librerías la segunda edición y también puedes conseguirlo en nuestra tienda online.


Cuentos diferentes para niños diferentes, destinado a niños de entre 8 y 10 años, contiene once historias que se escapan de lo cotidiano para buscar el otro lado de las cosas. Cien páginas donde texto e ilustración mezclan ternura, emoción y mucho humor. 
Una buena lectura para que los niños reflexionen sobre la necesidad de aceptarse a uno mismo y a los demás y sobre la importancia de luchar por nuestros sueños.
Con la colaboración de Mano a Mano y de Iberia, estos libros serán entregados a distintos proyectos educativos de África y Latinoamérica. 
¡Buen vuelo para todos ellos!
Si quieres más información sobre esta noticia, 
contacta con nosotras en el correo: 
prensa@cuentoalavista.com

El árbol solitario


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Había comenzado el mes de mayo y todo el mundo en el bosque estaba ocupadísimo. Los árboles tenían que florecer y ponerse guapos para que los insectos se acercaran a ellos, y estos debían moverse de un lado para otro para transportar el polen de un sitio a otro y las mariposas tenían que aprender a volar con sus alas nuevas. También los pájaros, conejos, zorros y patos estaban ocupadísimos con los nuevos miembros de la familia. Eran tan pequeños que no podían valerse por sí mismos y tenían que ayudarles todo el rato.

Solo un viejo árbol apartado parecía ajeno a toda esa excitación. Se trataba de un árbol solitario, tan lejos del resto que muchos ya se habían olvidado de que existía. Se había quedado solo el otoño pasado, cuando la gente del pueblo decidió talar a sus compañeros para construir edificios. Pero el proyecto se quedó sin dinero antes de tiempo. Nunca se construyeron casas y solo quedó aquel árbol solitario en recuerdo de lo que antes fue un precioso bosque.

En la vida del árbol daba igual si empezaba mayo o estaban en febrero. Nadie se acordaba de él. Ni siquiera el viento venía a visitarle y el pobre árbol, condenado al olvido, florecía sin que nadie disfrutara de sus flores.

Sin embargo, un día, un pájaro hambriento apareció por ahí. Volviendo de África al acabar el invierno, se había perdido del resto de su bandada. No conocía el lugar, estaba desorientado y muy muy hambriento. Cuando vio aquel árbol en medio de la nada, pensó que este podía ser su única salvación.

–Seguro que tú sabes donde hay suculentas lombrices que llevarme a la boca.
–Querido pájaro, aquí no hay nada. Es un campo de cemento donde solo estoy yo. Tendrás que buscar otro sitio.

Pero el pájaro estaba demasiado débil para seguir volando. El árbol, al ver tan desesperado a aquel pajarito, decidió ofrecerle lo único que tenía: las flores.

–Pero tus flores son tan bonitas, ¿cómo voy a dejarte sin ellas?
–No te preocupes, aquí estoy tan solo que no tengo insectos cerca que transporten el polen de un sitio a otro. Así que no me sirven para nada.

El pajarito se acercó a verlas. Olían tan bien y el pájaro estaba tan hambriento que metió su pico entre los pétalos de las flores. Enseguida descubrió un dulce líquido: el néctar. Después de tantos días sin comer, aquello le supo a gloria. Así que empezó a comer y a comer hasta que sintió que había recuperado las fuerzas.

–Querido árbol, ¿qué puedo hacer yo por ti? Me has salvado la vida y no puedo dejarte aquí tan solo.

El árbol solitario y el pájaro perdido estuvieron un rato pensando. De repente, al pájaro se le ocurrió una solución.

–¡Déjame que sea yo quién transporte tu polen! Así tus flores se convertirán en frutos y yo tendré mucho que comer.

Y así lo hicieron. El árbol se llenó de frutos que el pájaro comió durante todo el verano. Pero el invierno se acercaba, el pájaro tendría que marcharse y el árbol se quedaría solo otra vez.

–Querido árbol, todos los huesos de tus frutos, ¿no podríamos plantarlos en algún lugar?
–Mira a tu alrededor, ¡solo hay cemento! Aquí no crecería nada.
–No quiero dejarte solo. Sin embargo, si no me voy a zonas más cálidas, moriré de frío durante el invierno.

Así que al pájaro no le quedó más remedio que marcharse y el árbol volvió a quedarse solo.

Pasaron los meses y la primavera regresó, y con ella todos los quehaceres primaverales de los seres del bosque. También volvieron los pájaros de África. El árbol solitario los veía pasar de largo y pensaba en su amigo. ¿Se acordaría de él?

Una mañana de mayo, el árbol solitario se despertó con un sonido que le era familiar.

–¡Has vuelto! –exclamó muy contento el árbol. Pero al momento una duda le puso triste– ¿No habrás vuelto a perderte?

El pájaro se río.

–No me he perdido, solo he venido aquí a pasar los meses cálidos. Quizá no es el lugar más bonito del mundo, pero es aquí donde quiero estar. Sé que no me faltará de comer, y tampoco echaré de menos una conversación interesante.

Y así pasaron juntos el verano. Luego llegó el invierno solitario. Después, con las primeras flores regresó el canto de su amigo el pájaro. Ocurrió así cada primavera y aquel árbol solitario nunca más volvió a estar solo.

El extraño laboratorio del profesor Melquíades


Texto de María Bautista
Ilustración de Brenda Figueroa

Todos en el colegio creían que el profesor Melquíades era un poquito raro. Le llamaban el científico loco porque siempre estaba encerrado en el laboratorio con sus gafas de protección, su bata blanca y una sonrisa entre feliz y maligna que a todos los niños les daba un poco de miedo.  

El laboratorio del colegio se escondía tras unas puertas metálicas de color rojo a las que solo se podía acceder con la autorización del profesor Melquíades. Por eso corrían leyendas sobre aquel lugar casi secreto, que todos imaginaban con un sitio oscuro, lleno de probetas humeantes donde se llevaban a cabo los más horrendos experimentos.

El profesor Melquíades, además de misterioso, tenía aquella voz metálica, que parecía salida de un ordenador y que tan intrigados tenía a todos los niños.
–¿No será un robot o un cyborg de esos que salen en los libros de ciencia ficción? Es imposible que alguien tenga una voz así –decían algunos niños.
–¿Y os habéis fijado en la cara que pone cuando sale del laboratorio?
–¡Es verdad! Como si no estuviera prestando atención a nadie. 
Los niños tenían razón, cuando el profesor Melquíades salía de su laboratorio parecía como si su batería de robot se hubiera quedado vacía. En los pasillos, en las aulas o en la sala de profesores siempre tenía aquella cara de despistado, como si realmente no estuviera allí, sino pensando fórmulas mágicas en su laboratorio. Nunca saludaba por los pasillos, ni tomaba café con el resto de compañeros. Se quedaba entre sus probetas ideando nuevos experimentos.
Quizá por eso, cuando en el último curso, los niños más mayores comenzaron la clase de ciencias con el profesor Melquíades, todos resoplaban  con miedo.  
–¡Yo no quiero entrar en ese laboratorio! –decían los más miedicas.
–Seguro que nos convierte en ratas para luego experimentar con nosotros –decían los más fantásticos.
Pero cuando aquella puerta de metal rojo se abrió y los alumnos entraron, todos se quedaron sorprendidos al comprobar que aquel lugar no se parecía en nada a lo que se habían imaginado. Para empezar, el laboratorio era muy luminoso y no oscuro y tenebroso como todos se habían figurado. En las estanterías había probetas, y botes llenos de líquidos de colores, pero todo estaba en orden. El doctor Melquíades, sin gafas de protección, les pidió con su voz metálica que se fueran sentando por grupos.
En cada mesa, y aquello sí que era extraordinario, había objetos muy variopintos: huevos, miel, leche, un tornillo, aceite, un tomate, una pelota de ping-pong, un naipe.
–Pero, ¿qué vamos a hacer con todo esto?
–¿Una tarta?
–¿Con un tornillo?
–A lo mejor es el tornillo que le falta al profesor Melquíades.
Los niños empezaron a decir un montón de tonterías sin pensar, hasta que el profesor Melquíades les mandó callar con su voz metálica.
–Vamos a comenzar nuestros experimentos. La ciencia es muy importante para el mundo. Puede que no nos demos cuenta, pero todo lo que nos rodea es ciencia. Y aunque todos pensáis que la ciencia es aburrida, o que da miedo, hoy os demostraré que no tiene por qué serlo en absoluto.
El profesor Melquíades fue poco a poco explicando los pasos para hacer distintos experimentos: unos huevos resistentes a todo tipo de peso, otros que flotaban y no se hundían jamás y líquidos que se colocaban unos encima de otros haciendo un arcoíris. Los niños estaban fascinados.
Pero además de con los experimentos, los  niños estaban muy sorprendidos con el profesor Melquíades. El científico loco, que nunca saludaba en los pasillos, que siempre parecía en otro mundo y que se reía como los malos de los dibujos animados, era en realidad un profesor excelente. Disfrutaba tanto compartiendo la ciencia con sus alumnos que cuando sonó la sirena que anunciaba el principio del recreo, la mayoría de los niños estaban tan entusiasmados con los experimentos que no querían salir al patio.
– Profesor Melquíades, explíquenos por qué ocurren todas estas cosas maravillosas.
Y el profesor, con su voz metálica, habló a sus alumnos de cosas rarísimas de las que nunca habían oído nada: la densidad de los cuerpos, la presión del aire, la resistencia o la descomposición de la luz. Todos estaban boquiabiertos.
Después de aquella clase llena de experimentos, llegaron muchas otras. El profesor Melquíades, al que nunca más llamaron científico loco, consiguió transmitir esa pasión por la ciencia a sus alumnos. 
Con el tiempo, alguno de ellos hasta se vistió con bata blanca y gafas de protección y acabó trabajando en un laboratorio. Pero lo que no olvidaron ninguno fueron las clases de ese profesor raro y con voz robótica que les enseñó que la ciencia, aunque a veces no les prestemos demasiada atención, es fascinante y divertida

al mismo tiempo.

Lo mejor de la lluvia


Texto original de María Bautista en Cuentadario 2014
Adaptación de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Cuando llegó la primavera, tan misteriosa, divertida y exuberante a todo el mundo le dio por enamorarse. La cigüeña se enamoró del colibrí, la ardilla del ratón de campo, la lombriz del escarabajo, el gato blanco de la vecina del cuarto de la perrita negra del bajo, el maestro de infantil de la agente municipal que controlaba el tráfico en la puerta del colegio, el funcionario de la ventanilla 223 de la oficina de Hacienda de la científica del centro de investigación astronómica y el forzudo del circo de la escritora de cuentos.

Y esa felicidad enamorada llegó también a lo más alto, y en el cielo, la lluvia no pudo evitar enamorarse locamente del viento. Le gustaba su carácter cambiante, la fuerza con la que levantaba las hojas de los árboles, la alegría con la que alborotaba el pelo de la gente, la decisión con la que movía a las nubes en el cielo.

Tanto le gustaba, que un día decidió hacerle un precioso regalo para demostrarle su amor. Un regalo tan bonito que todo el mundo se quedara maravillado. Estuvo pensando y pensando, pero no encontraba nada lo suficientemente bello:

– ¿Qué puedo ofrecerle yo, la triste lluvia?

 Pero los árboles y los animales no estaban de acuerdo con ella.

– ¿Por qué dices eso? ¡Tú no eres triste!
– Claro que sí. Todo lo que yo hago es gris, oscuro y feo…
– ¡No es verdad! Hay tantas cosas bonitas en ti – exclamaron todos.

Pero la lluvia era incapaz de encontrar ninguna. Se miraba dentro y solo veía nubarrones, días grises, gente quejándose por el mal tiempo, niños resfriados. Por eso todos decidieron contarle aquello que más les gustaba de los días de lluvia.

– A mí me gusta el olor de la tierra mojada. Siempre anuncia que mi lombriz va a asomar su cabeza entre la tierra – le contó el escarabajo.
– ¡Pisar los charcos con nuestras botas de agua! – exclamaron divertidos los niños del colegio.
– Escuchar cómo repiquetean las gotas sobre el tejado, mientras el forzudo y yo vemos una película en casa– le explicó la escritora.
– Ver a lo lejos un paraguas naranja y saber que debajo viene mi científica a recogerme a la salida de la oficina – susurró con emoción el funcionario de la ventanilla 223.

Pero los más convincentes fueron los árboles. ¡La lluvia era tan importante para ellos! Gracias a la lluvia, los árboles desnudos se llenaban de flores y con ellas traían la alegría y la primavera a la ciudad.

– Lluvia querida, sin ti no tendríamos flores. Por eso nuestras flores blancas, rosas, amarillas y de todos los colores son tuyas y solo tuyas. Puedes regalárselas a quién quieras.

Aquellas flores fueron el regalo que estaba buscando la lluvia para su amado viento. Cuando este vio lo que la lluvia, que no era solo gris, sino colorida, dulce y romántica, había hecho por él, se puso muy contento y la invitó a salir a pasear juntos.

Fue aquella una bonita tarde gris de lluvia ventosa…

Planes con el abuelo


Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez
Cuando la abuela murió, todos en la familia se quedaron muy tristes. Pero el más triste de todos era el abuelo: hacía tanto tiempo que la conocía, que ya no se acordaba de cómo era vivir sin ella.  Por eso, Papá y Mamá decidieron que el abuelo tenía que dejar su casa en el pueblo y venirse con ellos.
–Ya lo verás, abuelo. Con nosotros estarás muy a gusto. Podrás irme a recoger al colegio, jugaremos juntos por la tarde en el parque, iremos juntos al cine y por la noche, si quieres, te puedo leer un cuento.

Sara estaba entusiasmada. Siempre le habían dado mucha envidia todos los amigos que tenían cerca a sus abuelos, o incluso vivían con ellos y hacían muchas cosas juntos. Los abuelo de Sara siempre habían vivido lejos, pero ahora podría disfrutar de su abuelo y hacer planes con él.
Sin embargo, el abuelo echaba tanto de menos a la abuela que no quería hacer nada de todas aquellas cosas que Sara había programado:
–Déjame niña. ¡No tengo ganas de tonterías! –decía malhumorado y se quedaba enfurruñado en el sofá sin hacer nada en todo el día.
–¿Qué podemos hacer con el abuelo? –se preguntaba Sara todos los días.
Ella también echaba mucho de menos a la abuela, pero no le gustaba verle de esa manera, así que decidió buscar una solución:
–¿Y si vemos una peli?
–¿Y si salimos al parque?
–¿Y si hacemos juntos los crucigramas del periódico?
Pero el abuelo solo quería pasarse el día recordando a la abuela. Tenía miedo de que si dejaba un solo minuto de hablar, pensar o soñar con ella, su recuerdo se iría para siempre igual que lo había hecho ella una mañana de invierno.
Así que Sara entendió que si quería pasar tiempo con el abuelo, tenía que ser compartiendo cosas de la abuela. Un domingo, Sara se acercó a la habitación del abuelo con un enorme álbum de fotos. Era un álbum muy antiguo, en el que ni siquiera salía ella, pero que Mamá guardaba con mucho cariño en su habitación:
–Abuelo, ¿quieres ver conmigo estas fotos? Y así me explicas lo que hacías en cada una…
El abuelo, empezó a gruñir malhumorado, hasta que se dio cuenta de que en aquellas fotos salía la abuela y que era una oportunidad perfecta para hablar de ella con su nieta.
–Fíjate qué jóvenes somos aquí. ¡Nos acabábamos de comprar un coche!
–Estáis guapísimos. ¿Y aquí?
–Aquí estamos de vacaciones. Mira, esa niña con gorro es tu madre.
Sara y el abuelo pasaron toda la tarde juntos hablando y descubrió muchas cosas de los abuelos que no sabía. Ella pensaba que siempre habían vivido en el pueblo, pero no era verdad. La abuela y él habían trabajado en Barcelona hasta que se jubilaron y decidieron volver al lugar donde habían nacido. También se enteró de cosas de Mamá y de los tíos. Había sido muy bonito pasar la tarde con el abuelo.
–¿Otro día me cuentas más cosas de la abuela y de ti cuándo eráis jóvenes?
–Claro que sí, Sara, todas las que quieras.
Y cada tarde, Sara y el abuelo se sentaban en el sofá y hablaban de la abuela, de la casa vieja del pueblo y de las cosas que hacían cuando eran niños. A veces, el abuelo le contaba también las cosas que soñaba por la noche. Siempre soñaba con la abuela, con que volvía a casa y le había hecho un cocido, o unas judías con jamón, que era su plato favorito.
Al abuelo le gustaba mucho hablar de la abuela, aunque a veces se ponía triste y los ojos se le llenaban de lágrimas. Pero en esas ocasiones, Sara le daba un abrazo muy grande y cuando se despistaba le hacía cosquillas en la barriga y el abuelo soltaba carcajadas y quejidos a partes iguales.
Un día, cuando Sara salió del colegio se encontró que en vez de Papá, quien había venido a buscarla era el abuelo.
–¿Qué haces aquí, abuelo? –exclamó extrañada la pequeña.
–Pues, ¿tú que crees? He venido a buscarte. Pero si no quieres me marcho…
–No, no, no. No quería decir eso. ¡Me gusta mucho que me vengas a buscar!
Desde ese día, el abuelo fue siempre a recoger a Sara a la salida del colegio. Y no era lo único que hacían juntos. También bajaban al parque, iban a ver películas al cine (era genial, porque al abuelo le encantaban las palomitas y siempre se compraban la bolsa más grande) y leían juntos cuentos.

No es que el abuelo hubiera decidido que ya era hora de olvidarse de la abuela, ¡qué va! pero había comprendido por fin, que no necesitaba pasarse el día entero sin hacer otra cosa que pensar y hablar de la abuela. Podía hacer un montón de cosas y ella siempre estaría ahí a su lado. 
Porque la gente que queremos no desaparece nunca.