Cambio de papeles


Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca dormía en su cama cuando él estaba dentro, prefería hacerlo acurrucado en un cojín junto al radiador. A Zeta le gustaba descubrirlo todo, ¡era tan curioso! y no tenía miedo a nada, o casi a nada. Porque el aspirador, en verdad, le asustaba un poquito.  Cuando olía, oía o veía algo nuevo, Zeta no se lo pensaba dos veces… acudía sigiloso a olfatear, escuchar y observar lo que pasaba. Era todo lo contrario que su humano. Y es que a Mario no le gustaban las cosas nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio. Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le tocaba a otro releer lo que él había leído.
Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.
–Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!
Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:
–Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo fuera un gato: sería tan feliz!
Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió concederles el deseo.
–Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…
Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno de pelo color rojizo.
–Y ahora ¿qué hacemos? –exclamó Zeta que ahora hablaba como los humanos, puesto que era uno de ellos.
–Pues tendrás que ir al colegio y hacerte pasar por mí –maulló Mario mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.
Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía eso de leer. Pero aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado. Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy entretenido, pero también muy agotador. Pero cuando estaba a punto de quedarse dormido, sus amigos vinieron y le obligaron a jugar un partido de fútbol con ellos.
Mientras tanto, en casa, Mario se había quedado en la cama tan a gusto que pensó que eso de ser gato era lo mejor del mundo. A mediodía se fue al despacho de Papá, se subió a la mesa y empezó a ronronear. Papá, que estaba revisando unos papeles muy complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en gato acabó de bruces en el suelo.
–Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que dormir, comer y jugar…
Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas horas sabían a rayos y truenos.
Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se dedicaba a curiosear por todas partes y a descubrir rincones en los que nunca se había fijado. También se estaba volviendo más valiente: ¡hasta había aprendido a enfrentarse al aspirador como nunca lo había hecho su gato! Y eso que al principio, cuando sintió la máquina apuntando hacia él casi se cae del susto, pero sabía que no tenía nada que temer, porque aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.
Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran leer en alto!
Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar con aquella situación:
–Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!
–Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es aburrido!
–Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni tampoco cómo solucionarlo…
Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una mariposa y no llevaba una varita mágica, sino una pistola de agua con la que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.
–¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que sois!
Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes, jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez, había aprendido a ser más curioso y a no tener miedo cuando la profesora le pedía que leyera en alto. Si se había enfrentado valiente a una máquina que absorbía pelos… ¿cómo no iba a atreverse con la lectura?
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Hugo’s Training Wheels


Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez


Hugo was already older. Or so he felt, much older. So he did not understand why his parents refused to buy him a real bicycle. Not a tricycle like the one he had, but rather an authentic cyclist’s bicycle, with which one day he will become champion of the Tour de France. He insisted so much and wished for it so much that, finally, on his birthday, his parents gave him a lovely bicycle.

– I love it!! Can we go to the park to try it out?


But what Hugo did not know was that riding a bicycle was much more complicated than he had thought. And, that his mother would have to help him the whole morning. 

– I am holding you Hugo. Pedal!

And that was a marvelous feeling. You see, Mom could not hold on the whole time. It was not very practical if he wanted to become a cyclist. Where had he seen a Tour de France where the moms were running behind the athletes? So when everyone thought Hugo was already able to ride alone, they let him go and BOOM! Hugo crashed so hard he even broke a tooth (thank goodness it was a baby tooth, which was about to fall out). 

After that fall, Hugo wanted nothing to do with the bicycle. That machine was devilish and horrible and the cyclists of the Tour de France were crazy people that risked their lives on that dangerous device. Until one day, Dad arrived home with a new gift: training wheels for the bicycle. 

– With these you will never fall! You will see.

Hugo fearfully tried that new invention and noted with joy that, now, he could pedal without losing balance. From then on, Hugo went everywhere with the bicycle: to buy bread (although the bakery was just around the corner), to school (although the school was at the end of his street) and above all, to the park. 

In the park there were no cars, so Hugo could ride at his leisure. He rode up and down the slopes so fast that he felt like a pilot about to take off, or a cyclist about to win a stage. All around him, the kids with new bikes tried to learn to ride without training wheels and fell helplessly to the ground. Hugo, upon seeing them fall, laughed at them and passed by them very fast and happy with his green bicycle, his training wheels and his feeling as champion of the Tour. 

But with time, all those kids that fell on their bicycles without training wheels were learning how to ride their bike alone, and with their two wheels were much faster than Hugo and his four wheels.

– Hugo, are you sure that you do not want to try again without training wheels? –his mother asked him one day upon seeing him watch the rest of the kids seriously. 
– No! I am very good as I am. I will wait for you at the bottom, Mom.

And upon saying so, Hugo dropped down the slope. Why did he want to ride a normal bike? He did not want to lose balance and hurt himself. Further, he also could go very fast and win the Tour with his training wheels. To demonstrate this, Hugo began to pedal with such force that he felt how the wind ruffled his bangs sticking out of his helmet. It was an incredible feeling! It felt so good that, without realizing, he closed his eyes for an instant and got carried away, until a sharp yelp surprised him so much that he almost collided with a tree. But upon trying to dodge it, he fell noisily to the ground.

The boy brought his hand to his knee and saw that he had a small wound and felt like crying. But, Mom would not hear him cry, so he decided to resist the urge and get up as if nothing had happened. 

But something had happened. Tons of bad tempered squirrels were staring at him. 

– Savage! You almost ran over one of our friends.

Hugo could not believe what he was seeing: A squirrel that talked!

– What were you thinking?! Closing your eyes when you ride a bicycle!
– And riding so fast! At that speed it is lucky that you did not crush your head.
– Of course, it was because you are wearing a helmet! But our friend does not have a helmet; what if you caught her…

For a moment, Hugo forgot how amazing it was that there were talking squirrels and he felt very, very embarrassed. Upon noticing that, a squirrel, the only one with gray hair, felt a bit sorry for Hugo and began to defend him: 

– Leave him alone. He is only a small boy. Look, he even has training wheels on his bicycle!

Far from relieving him, that comment bothered Hugo a lot. He was already older! And besides, what would those squirrels know about bicycles?

– Well yes, I have training wheels, but that is so I do not fall. 
– But you didn’t think you could win any race with those tiny wheels, did you? Besides, who said that you could not fall with them? You just fell! – another squirrel laughed loudly. 

Hugo thought for a moment, so ashamed, that the gray squirrel again pitied him. 

– If you are so embarrassed to ride with training wheels, why don’t you take them off?
– Because without them I do not know how to ride. I fall all the time and I don’t like that. 
– Of course, no one likes to fall, but sometimes there is no choice. Look at us. We climb the trees and we jump from branch to branch and rarely do we fall. But it was not always so. When we were small and inexperienced, we fell all the time. But, we did not throw in the towel. If we had done that…now we would only climb bushes. What a bummer!

Hugo realized that those squirrels were right. As much as he feared falling again, he had to learn to ride the bike (especially if he wanted to be the winner of the Tour). 

– But… don’t leave! 

In that moment, Hugo discovered that his mother was coming. 

– Hugo, are you okay? With who have you been talking?

The little boy was about to tell her that it was with the squirrels, but then he thought for a moment. Would Mom believe him even if he told her? At the end of the day…. adults never believe those things! So instead of explaining what had happened, he simply told her: 

– Listen, Mom…Do you think Dad will want to take off the training wheels?


Si quieres leer el cuento original, pincha aquí.

Elephant Amaranta’s Fear

Texto por María Bautista
Ilustración por Brenda Figueroa
Traducción por Dani Moore

The elephant Amaranta was one of the biggest stars of the Great Worldwide Circus “The Whale.” With her enormous trunk she was able to juggle more spectacularly than had ever been seen in the circus tent. Also, the elephant Amaranta was happy and fun and everyone loved her very much in the circus.

She only had one problem: mice made her panic. But this, in reality, was a very small problem, because no mouse had ever been seen in the Great Worldwide Circus “The Whale.” But one day, a family of mice appeared there. They had escaped from a town in which a strange flautist rounded them all up and threw them out via the river. Once the flautist arrived, he emitted a magical sound, and every mouse that heard it lost all sense of reason.

– Lucky for us, we were sleeping when this happened. The only one that was awake was grandfather; and since he is deaf…nothing happened to him!

So that family of mice had to flee. And so, walking and walking, they had arrived at the circus.

– You can all stay here – said the ringmaster – but you have to be careful with the elephant Amaranta. She gets panicked around mice, so it will be best that she doesn’t see you.

But the Circus Worldwide “The Whale” was very small and the elephant Amaranta didn’t take long in discovering this family of mice.

– Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! – she yelled afraid.
– Don’t you worry – assured the ringmaster – Surely she will become accustomed…

But Amaranta did not become accustomed and each time that she crossed one of the mice, she climbed atop the first thing she found.

1. The stool the ringmaster used in the lion spectacle.
2. The trapeze where Calixta, the trapeze artist monkey, left all the kids marveling at her pirouettes.
3. Including the tightrope, which Nicolasa, the giraffe aerialist, climbed.

Whichever site was good enough for her to be far from those tiny, speedy and bothersome animals that gave her so much fear. So, those who had to get used to the situation were the other members of the circus.

The animals, convinced that this absurd fear had to end, decided one day to search for a way to end it. The first to propose something was the clown Miguelín, always so ingenious…

– I have found in my suitcase full of joke supplies, a fake mouse…
– I don’t see how this will help us with Amaranta – groaned a grumpy lion.
– Very easy: we gift her the mouse, and when she sees that it is fake and realizes that you can wind it when you want, she will feel like she can control mice, and with that, her own fear.

No one was very convinced with this plan, but as they did not have another, they decided to give it a chance. So they hid the fake mouse in a box, wrapped it up in floral paper and gave it to Amaranta.

– A gift? For me? But it isn’t my birthday – exclaimed the elephant Amarantha happily when she saw the package.

But her smile disappeared when inside the package she saw the mouse.

– Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahh… – she screamed as she climbed a stool scared to death.
– Amaranta, it’s a fake mouse! It is nothing more than a toy. Touch it!

But the elephant didn’t want to know anything more about the gift. The plan had failed.

– We have to leave – exclaimed the mice. – At the end of the day, we are only a family of mice and Amaranta is the star of the circus. We can’t compete with her!
– Don’t say that! – exclaimed the upset Calixta, the monkey trapeze artist – if we cannot end her fear, we have to accustom ourselves to it.
– But, what happens with my stools? I can’t perform my show if every few minutes she is breaking them. – protested the ringmaster.
– Well, yes the problem with the stools…let us buy one of her size! – suggested Greta, the oldest lion of the circus.


– Great, one that can withstand her on all parts so she will be able to climb it, when she sees a mouse, and won’t break anything.

To the elephant Amaranta, they gave a new gift that she like much more than the anterior. She promised all her peers that she would not return to breaking their work tools and that she would try to control her attacks of fear.

What is certain is that Amaranta never was able to control her fear, but at least the Great Worldwide Circus “The Whale” never again was a disaster. And of course, the family of mice remained there always. Eventually, even they had a circus performance that became very very very famous.

But this, my friends, is another story…

Irene Wants to Be a Witch

Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Brenda Figueroa

Each Morning, Irene dragged her heavy backpack and her sad look in front of the costume shop before going to school. Each morning, Irene stopped to observe the mannequin dressed as a witch that, with a menacing look, stared back at her across the window. And each morning she signed before returning to drag her heavy backpack in the direction of school.

What did that witch with an angry face call Irene’s attention? What attracted her to that character? Why was she always sighing? Only Irene knew. And now you. Stay tuned:

Irene dreamed about becoming a witch. She wished each day, each night before sleep, each morning before entering class looking down. Irene wanted to be a wicked witch, one with a wart on her nose and a tousled mane. She wanted to have a book full of enchantments.

If she had would, Irene would do the following:

1. It would always be summer, so that she wouldn’t have to go to school.
2. She would turn children into cats.
3. She would make fish taste like chocolate.

Sounds weird, right? But like almost everything, this also has an explanation.

1. It had been three months since Irene’s family had left their country. At first, Irene was happy: to know a new place, a new language (would it come as well as English?) and to have new friends. However, nothing had been as she hoped: she didn’t like her new school. So she dreamed of the summer. If she could only make the whole year vacation!

2. What Irene liked most in the world were cats. She loved to pet them, play with them, talk with them (yes, yes, you can talk with cats and a lot). However, with the kids from school, she couldn’t play, much less talk. She felt so alone…

3. Irene hated fish. But her mother always said that fish were brain food, that if she ate many fish, Irene would be the smartest girl in the world. Irene wanted to be the smartest girl in the world, but fish?…Yuck!

If she could make fish taste like chocolate, things would be much easier. For all of this, she wanted to be a witch. But why a witch? Wouldn’t it be better to be a fairy? That way she wouldn’t have to be evil.

However, Irene never wanted to be a fairy. She wanted to be a wicked witch to scare all the kids in her class that messed with her because she did not understand anything, because she didn’t know how to speak French very well (although in English she was as good as the best), because she came from a different city, because her close were ugly (or so they said, Irene loved her clothes) and for a thousand reasons more.

One day like any other, Irene stopped in front of the window of the costume shop and formulated her wish: I want to be a witch. And just when she was about to walk off, she heard a laugh. It wasn’t any laugh: it was a true and authentic laugh of a wicked witch.

– Yes, yes, don’t look at me like that. It is I who laughed – said the witch with a grave voice – but that has never happened to me before…
– That? That what? – asked an amazed Irene.
– Meet anyone who wanted to be like me. Kids always want to hide from witches, but I have never known anyone who wanted to be a witch.

The witch asked her why she wanted to be like here and Irene told her everything: how little she liked to go to school, how poorly she understood her classmates, how unpleasant the taste of fish was to her…

– Well, listen here! That is no reason to become a wicked witch for your whole life…

And she finished her sentence with some strange words Irene could not come to understand. What she did quickly learn was that something had changed. The witch had turned her into a cat!

– No, no, no, no…they are supposed to be the cats…not me! – she complained to the witch.
– Bah! I am a wicked witch and I do what I want. Or what did you think? That I was about to help you? For that you have to look for a fairy.
– But, does this mean that I am going to be a cat for the rest of my life? – whimpered Irene.
– No, only until you break the hex…
– And how do I do that?

But the witch had returned to being a lifeless mannequin in the costume shop. Irene, converted into a cat, did not know well what to do, and so she followed routine, directing herself towards school. Right after seeing her, a pair of classmates neared her…

– Look at the most beautiful cat. What is it doing at school?

After a while, all of the kids in class surrounded Irene, showered her with caresses and wanted to play with her. They brought her to class and left her in a corner, surrounded with comfortable cushions. It was very pleasant taking a catnap there, while the professor taught math!

But at not, all of the kids left for the cafeteria. Irene-cat, while licking her legs, began to think of a new situation.

– How weird! Before, when I was a girl, nobody cared about me and now everyone wants to play with me!

A bit later, the kids returned with a surprise.

– Pretty kitty, look what we brought you! – in a small plate Irene-cat saw a piece of fish and licked her lips.
– How weird! – exclaimed Irene-cat – This fish is delicious, I like it more than chocolate!

When the day ended, the kids left Irene-cat in class and headed for home. The girl, who now wasn’t a girl, but rather a cat, began to think and think about her family, about if they would begin to miss her. How do I break the hex? After a while thinking, Irene-cat realized that she didn’t want to return to being a girl. Being a cat was great. The kids loved her, she loved fish, and school had become a marvelous place.

– That is it! I will stay as a cat forever. This way nobody will ever bother me. Nor will they scare me, nor will I feel alone.

But when she was contemplating that, Irene-cat, who passed tranquilly through the school’s patio, heard some growls and from afar saw an enormous German Shepard running straight for her. It was the caretaker’s dog, which also lived in the school. Very frightened, she climbed atop a tree.

– Get down from there, pretty kitty, I want to give you a good bite – excitedly barked the dog.

Irene-cat felt more fear than ever in her life. And if that dog ate her in one bite? She had to escape the school as she was. From the highest branch in the tree, she jumped to the roof of a building, running across roofs until the fence and slipped to the ground. The dog was stuck on the other side growling and barking fiercely.

– Goodness!

Irene-cat began to wander through the streets and without realizing, stopped her walk as always, planting herself in front of the window of the costume shop. There stood the mannequin dressed as a witch.

– Wicked witch! Look what you have done! I almost just ended up in the claws of a dog…

Irene began again to hear the maleficent laugh of the witch and her grave voice.

– But you have overcome, same as you will overcome your problems with the kids at school. It doesn’t serve anything to escape, nor to want to be a wicked witch. In order to fix a problem there is only one solution: confront them. So, I don’t want to return to hear you complaining in front of this window. Show the other kids that you are as interesting and fun girl just as them, (or more). And she ended her sentence with some strange words that Irene could not come to understand. What she did know at once was that something had changed. She had returned to being a girl!

And the witch returned to being a simple mannequin on the other side of the window. Irene left for home pensive. She didn’t tell anyone her experience as a cat, but that night, when Mama put the fish on the table, Irene ate it with gusto. It was delicious!

And the following day, when she left for school, she stopped as usual in front of the window of the costume shop. But this time she did not sigh, but rather winked at the mannequin dressed as a witch, which responded with another complicit wink and an evil laugh.

And she continued walking towards school. Dreaming…

¡¡Demasiados caramelos!!

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Después de tantos caramelos, después de tantas historias de miedo, Halloween llegó a su fin y el pequeño león fue enviado a dormir.


¡A la cama! Que mañana hay escuela y toca aprender a cazar – ordenó Mamá con autoridad.

El pequeño león se metió en la cama a regañadientes, aunque una vez allí se dio cuenta de que estaba muy muy cansado. Así que cerró los ojos dispuesto a dormirse cuanto antes. Sin embargo, cuando ya empezaba a quedarse dormido, sintió un meneo en el cuerpo y un sonido escalofriante que le asustó.


¿Qué ha sido eso? – preguntó a la oscuridad el pequeño león.

Y la oscuridad, por supuesto, se mantuvo en silencio. El pequeño león miró a su alrededor con miedo. No distinguía nada, ni el cabecero de la

cama, ni la ventana de madera, ni su estantería llena de libros de animales.

Encenderé la luz y me daré cuenta de que no hay nada. ¡Es solo mi imaginación y todos esos cuentos de miedo de Halloween! Porque aquí no hay ningún monstruo. ¿Quién iba a atacar a un león tan valiente como yo? – exclamó en alto mientras sus enormes colmillos castañeaban de miedo.

Pero cuando encendió la pequeña lamparita que había junto a su cama, la bombilla hizo un extraño ruido y se apagó de nuevo. El pequeño león trató de encenderla una y otra vez, pero no había manera: se había roto.

¡Nunca se había roto esta lámpara! ¿Habrá sido casualidad o tendré la habitación llena de horripilantes seres?

Por un momento, el pequeño león tuvo la tentación de gritar en busca de ayuda. Seguro que si Mamá venía, todos esos fantasmas se irían corriendo al verla. ¡Anda que no daba miedo Mamá con sus enormes colmillos! Pero, ¿qué pensaría Mamá de su cachorro? Creería que era un león miedoso y que nunca podría llegar a ser rey. Así que, venciendo su miedo, el pequeño león se levantó de la cama y se acercó a la ventana.


Si consigo subir la persiana, entrará la luz de la luna y acabaré con esta oscuridad. Así me daré cuenta de que no hay ningún monstruo en la habitación. ¡La culpa la tiene mi imaginación y todos esos cuentos de miedo de Halloween!

El pequeño león caminó despacio por la habitación tratando de no chocar con los muebles. La oscuridad, tan silenciosa hasta entonces, comenzó a emitir extraños crujidos:


Solo son mis pasos de león, no hay fantasmas ni monstruos. ¡Soy yo! – pero por mucho que intentaba convencerse a sí mismo de que ahí no había nadie, el pequeño león estaba aterrorizado.

Tanto miedo tenía que cuando llegó a la ventana, dudó si levantarla o dejarla tal cual:


Si la levanto veré lo que hay en la habitación. ¿Y si la habitación está llena de hombres lobos, fantasmas, brujas malvadas y monstruos verdes?

Pero en aquel momento la oscuridad se pronunció con un gran portazo y el pequeño león decidió que siempre era mejor la luz que seguir entre aquellas terroríficas tinieblas. Así que levantó la persiana y la luz de la luna entró en la habitación. El pequeño león observó su cuarto con la luz plateada que entraba por el cielo: ahí no había nadie


¡Es todo fruto de mi imaginación y de todos esos cuentos de miedo de Halloween!

Y se volvió a la cama. Pero cuando estaba metido en ella dispuesto a volver a dormirse, le entró una nueva preocupación. ¿Y si los monstruos se habían escondido debajo de la cama? ¿O dentro del armario? ¿Y si estaban esperando a que se durmiera para hacerle algo terrible? Y tanto miedo le dio que no pudo evitar dar un grito (tan aterrador, que de haber habido fantasmas en la habitación se habrían ido todos corriendo al cementerio).

Cuando Mamá oyó aquel grito, se levantó a ver qué pasaba. Se encontró al pequeño león tapado hasta la cabeza y muerto de miedo.
 

– ¡Está todo lleno de fantasmas y monstruos!
¿Dónde? Aquí no hay nadie. 
En el armario, debajo de la cama… ¡están escondidos!

Mamá miró debajo de la cama, dentro del armario y ¡hasta entre los libros de la estantería! Allí no había nadie.


Te prometo que escuché un ruido. Estaba a punto de dormirme y me despertó.

Y justo al decir aquello, el sonido que le había asustado volvió a escucharse. Era algo parecido a un revoltijo de tripas moviéndose. El pequeño león se llevó las manos a su estómago y sintió como se movían alteradas.


Me parece – exclamó Mamá divertida – que hemos encontrado tu fantasma.

El pequeño león se dio cuenta de que Mamá tenía razón. Sus tripas moviéndose eran tan aterradoras como el peor de los fantasmas. Había sido todo fruto de la imaginación del pequeño león, muchos cuentos de Halloween y ¡¡demasiados caramelos!!

La dieta de Rino


Texto de María Bautista
Ilustración de Brenda Figueroa

Hubo un tiempo, mucho antes de que se escribieran los primeros cuentos y los lobos y los cerdos se convirtieran en enemigos, en que estos animales eran muy buenos amigos. Eso a pesar de que eran tan distintos como la noche y el día.

Eso les pasaba a los protagonistas de esta historia: un pequeño lobo llamado Lupo y un cerdito de nombre Rino. Los dos eran muy amigos. Jugaban juntos a la pelota los días de sol y se escondían de la lluvia bajo el viejo castaño, mientras el pequeño lobo, que tenía mucha imaginación, le contaba historia imposibles a su amigo Rino.



Pero a veces, eso de ser tan diferentes, daba pie a más de una pequeña discusión. 

Y es que el Rino era alegre, parlanchín y muy presumido. Le gustaba vestir siempre elegante y se pasaba horas delante del espejo peinándose con esmero. A veces, hacía esperar tanto a su amigo, que el pobre Lupo había cogido la costumbre de llevarse siempre un libro consigo. De esta forma, aunque el cerdito tardara horas en arreglarse, el lobo estaba entretenido.

–    ¡Todo el día leyendo! Mira que eres pesado…
–    ¿Yo? Si el que lleva media hora cepillándose el pelo eres tú.
–    Y bien guapo que estoy.
–    Bah, no sé por qué le das tanta importancia al aspecto. Yo sería tu amigo aunque fueras siempre despeinado…

Y es que el Lupo, era todo lo contrario a su amigo. Era silencioso, distraído y muy desastre. Nunca era capaz de combinar los colores y llevaba siempre unas camisas tan extrafalarias que el cerdito solía reírse de él.

–    ¡Vaya pintas que llevas! Esa camisa amarilla está pasada de moda…
–    A mí me gusta. Es cómoda y no se arruga. ¡Qué más da que ya no se lleve!

Rino ponía los ojos en blanco y suspiraba: ¡vaya desastre de lobo! Pero luego se iban al río de excursión y entonces daba igual que la camisa de Lupo fuera espantosa. ¡Lo pasaban tan bien! Cada uno llevaba su comida y juntos la ponían sobre el mantel. Después de hacer la digestión, el pequeño lobo, al que le gustaba mucho nadar, se metía en el río mientras el cerdito se tumbaba a dormir una siesta.

Eran felices y no tenían preocupaciones. Hasta que un día, Lupo fue a buscar a su amigo para hacer una excursión y se lo encontró dando voces muy enfadado en su habitación.

–    ¿Qué ocurre? ¡Menudo escándalo estás organizando! – preguntó el lobo.
–    ¡No consigo cerrarme los pantalones! Han debido encoger, porque la semana pasada me quedaban estupendos. ¡Y eran mis pantalones favoritos! – lloriqueó con tristeza el presumido Rino.

Lupo miró a su amigo y observó los pantalones detenidamente.

–    Me parece que no son los pantalones los que han encogido…
–    ¡Qué quieres decir! ¿No me estarás llamando gordo? – exclamó ofendido el cerdito.
–    No he dicho eso, pero es posible que hayas engordado un poco y ahora no te quepan los pantalones.
–    ¿Pero cómo es posible? Si yo me cuido muchísimo…
–    No te preocupes, ponte otros pantalones y vámonos de excursión.

Sin parar de gruñir Rino se cambió de pantalones, cogió su cesta con la comida y siguió a su amigo, que, tan despistado como siempre, se había puesto un calcetín de cada color. ¡No tenía remedio!

Cuando llegaron junto al río, Lupo extendió el mantel y sacó su comida: una ensalada, un trozo de pescado y un par de piezas de fruta. Rino hizo lo mismo con la suya: una bolsa de patatas fritas, una hamburguesa con mucha mahonesa y de postre, un grasiento donut de chocolate. El lobo, al ver aquello, exclamó:

–    ¡Cómo no vas a engordar, Rino! Fíjate en tu comida. Solo hay un montón de cosas grasientas. No tienes ni una pieza de fruta, ni una pizca de verdura, ni nada realmente sano.
–    ¿Fruta, verdura? Pero es que eso es tan aburrido… ¡y no sabe tan rico como el chocolate!
–    Qué va, todo es cuestión de acostumbrarse. A mí la fruta me encanta.
–    Pues a mí no y no pienso comerla– exclamó enfadado el cerdito.
–    Pues entonces no te quejes de que estás gordo.
–    ¿No eras tú el que te pasas el día diciendo que el aspecto físico no es importante? Si quiero ser gordo es mi problema.
–    Pues claro que es tu problema. No es una cuestión de físico. Es una cuestión de salud.
–    Vaya tontería eso de la salud. Yo estoy muy sano.

Y para demostrarlo corrió hacia el río con la intención de meterse en el agua. Pero antes de llegar a la orilla tuvo que parar agotado.

–    Ay madre mía, no puedo más…
–    Ya te lo decía yo. El problema no es el físico, sino la salud.

Rino tuvo que reconocer que su amigo tenía razón. Así que volvió a sentarse junto al mantel y renunció a su comida grasienta. Desde entonces, fue siempre Lupo el que preparaba la comida cuando se iban de excursión y gracias a eso el presumido Rino consiguió correr sin cansarse, saborear la fruta como si fuera chocolate y lo que más le importaba de todo: volverse a meter en sus pantalones favoritos.

The old lady in apartment 4 B

Texto por María Bautista
Traducción por Sarah Morquecho
Ilustración por Raquel Blázquez


Even though she barely let anyone see her, all the kids in the building were terribly afraid of the old lady in 4B. She never talked to anyone; almost never left her home and the elders around said she was as old as the building, maybe even more. She had always been there with her wrinkly face, her narrow eyes behind thick round glasses and a huge and silver bun on top of her head. Who was that silent old lady?

The children in the building were convinced she was witch:

– But if she is a witch, how come she doesn’t have cats? – Some questioned.

– That is true; all the witches of the stories have black cats and pointy noses.

– But those are just silly fairytales… Surely real life witches can look
very different.

The only woman that had any kind of interaction with the old lady in 4B was Cuca, a middle-aged single woman that did the cleaning and the cooking once a week.

– Aren’t you afraid of going into her home Cuca? If she were to be a witch…

– What nonsense are you speaking! She is nothing more than a peaceful granny sitting in her chair always knitting.

– She is always knitting? That is very strange Cuca; who is she knitting for?

– She says she does it for her grandchildren.

– For her grandchildren…what grandchildren? No one comes to visit her ever….

The children suspected something was off with those grandchildren: maybe she had lots of kids locked away and she was knitting clothes for them? But that didn’t make much sense either…

One day, Cuca found the old lady in 4B was very sick. They called the doctor and he order her to stay in bed for at least two weeks and under supervision just in case her illness got worst. Soon, a commotion hit the building:

– What should we do now?

– Who is going to take care of her? I don’t really have the time…

– Her family should do it…

– But she doesn’t have any…

One by one, all the neighbors excused themselves from the task of taking care of the old lady in 4B for even a little while. Finally, a very angry Cuca offered to stay in the old lady’s home for as long as she needed or until she got well. But under only one condition…

– Every afternoon the children of the building would go upstairs to have a snack in 4B. I will prepare the food and they will keep the old lady company.

The kids thought the idea was terrible; to go inside the witch’s house who locked children away. Scary! But Cuca was so serious about it that the parents had to agree and accept the deal.

That afternoon all of them went to 4B very afraid. But the house wasn’t as they had imagined it to be. It was clean and tided up even though it was filled with stuff. Cuca made them go in a room. The old lady was awake and when she saw them a smile lighted up her face. It was the first time that the children saw her smile.

– Come in, don’t stay at the door – a weak voice said – Cuca said you are going to visit me every day. So kind of you!

The children started coming in shyly and sat on the chairs Cuca had arranged for them. All of a sudden they weren’t afraid anymore. The old lady in 4B told them her name was Jacinta, but when she was young her friend used to call her Cinta and that had become her name eventually. She told them about her many grandchildren that never came to visit her and how much she missed them.

They talked all afternoon, one day after another, until the old lady got well and it became unnecessary for Cuca to take care of her. But even though the deal had been accomplished, the kids kept going to visit Cinta every other afternoon. They talked to her and she knitted and knitted.

And that was how the next winter; all the children in the building wore the most colorful and warmest scarves in the whole neighborhood.



El miedo de la funambulista

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Adela, la funambulista del Gran Circo Mundial La Ballena, era la más joven de una gran familia de funambulistas. Desde pequeña, su padre había querido enseñarla a caminar con precisión por la cuerda floja. Para ello, el padre de Adela ató una cuerda de árbol a árbol, tan cerca del suelo que era imposible hacerse daño.

La pequeña Adela, sin embargo, tenía miedo a caerse y nunca conseguía llegar al final de la cuerda. Y por más que intentaba vencer ese miedo, no lo conseguía. Cada vez que Adela se subía a la cuerda, la sentía temblar a sus pies: no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo.

Y tanto lo pensaba que al final, ¡zas! se caía.

Un día, su padre perdió la paciencia y le dio un consejo que la cambiaría para siempre:

– Tienes que quitarte el miedo…

– ¡Pero es que me caigo todo el rato! Por eso me da miedo – se justificaba la pequeña.

– No es cierto. El problema es justo el contrario: te caes porque tienes miedo. Es el miedo el que convierte la cuerda floja en peligrosa. Quítate el miedo y habrás conseguido ser funambulista.

– Y cómo ¿haré eso?

– Tienes que creer en ti. Creer que puedes conseguirlo.

Así que Adela se subió una vez más a la cuerda, que volvió a temblar a sus pies: lo voy a conseguir, lo voy a conseguir, lo voy a conseguir.

Y tanto lo deseó que al final, ¡zas! lo logró.

Desde entonces, Adela no volvió a tener miedo a nada: ni al vacío que se abría ante sus pies cuando se subía a la cuerda floja, ni a los leones que gruñían en las jaulas del domador, ni siquiera al fracaso. Por eso, en el Gran Circo Mundial La Ballena la llamaban Adela Valiente.

– Y con todos ustedes, Adela Valiente, la funambulista que no le tiene miedo a nada.

Entonces la carpa del circo se quedaba casi a oscuras, iluminada solo por un foco de luz que mostraba la fina cuerda donde, con la precisión de un reloj suizo, Adela Valiente comenzaba a caminar. La funambulista caminaba con suavidad y decisión y nunca miraba al suelo. Esa era la clave: no pensar en que podía caerse. Si lo hiciera, si Adela Valiente mirara al suelo, vería lo lejos que estaba y sentiría miedo y si sentía miedo, sus pasos se volverían inseguros y podría caerse. Bien se lo había enseñado su padre.

Y así fue durante mucho tiempo: Adela Valiente no le tenía miedo a nada y el resto de compañeros del circo la miraban sorprendidos y con cierta envidia. Sin embargo algo cambió cuando llegó al circo un chico con cara de despistado y una enorme maleta llena de marionetas: era el ventrílocuo.

El ventrílocuo podía hablar sin mover los labios. Era capaz de imitar más de una docena de voces y sabía reírse de diez maneras distintas. A Adela Valiente le cayó bien desde el primer momento en que le vio hacer su espectáculo de muñecos. ¡Era tan divertido!

Así que se hicieron amigos. Les gustaba comer helados las tardes libres del circo. Hablaban de sus cosas, se contaban secretos. Una tarde el ventrílocuo le contó que su principal miedo era quedarse sin ideas para su espectáculo.

– ¿Tú cómo consigues no tener miedo nunca?

– Tienes que creer en ti. Eso decía siempre mi padre – y Adela le contó cómo su padre la había enseñado a caminar por la cuerda floja.

Pero un día, Adela Valiente se dio cuenta de no hacía otra cosa que pensar en aquel ventrílocuo despistado. Quería estar con él a todas horas. Escuchaba sus voces por todas partes. A veces creía oír su voz más profunda, otras su voz más aguda. Otras veces le parecía descubrir su risita nerviosa en una esquina, o su carcajada salvaje a los pies de su carromato. No había duda: Adela Valiente se había enamorado. Así que después de pensarlo mucho, decidió que era hora de decirle cuánto le quería.

– Pero, ¿no te da miedo que él te rechace? – le preguntó asustada Felisa, la payasa.

Adela Valiente negó con la cabeza: ella no le tenía miedo a nada. Sin embargo, cuando se acercó al carromato del ventrílocuo y escuchó sus carcajadas sintió un temblor de piernas y un escalofrío que la recorrió de arriba abajo.

– Es cierto, ¿y si me rechaza?

Y Adela Valiente sintió por primera vez en muchos años una sensación que tenía olvidada: el miedo. La funambulista se dio la vuelta y corrió hacia su carromato: no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo.

El miedo la paralizó por completo. No fue capaz de comer, ni de hablar y mucho menos de subirse a lo alto de la cuerda floja para realizar su espectáculo. Adela Valiente se había convertido en Adela Miedosa.

Uno a uno, todos los miembros del circo fueron pasando por su carromato. Trataban de animarla, pero nadie lo conseguía. Finalmente, le tocó el turno al ventrílocuo. Pero la funambulista no quería que el ventrílocuo la viera en aquel estado: asustada, perdida, triste. No le dejó entrar. Así que el ventrílocuo comenzó a hablarle desde el otro lado de la puerta.

– Tienes que quitarte el miedo – exclamó el ventrílocuo poniendo su voz más varonil.

– ¡Pero es que me caigo todo el rato! Por eso me da miedo – imitó la voz de Adela.

– No es cierto. El problema es justo el contrario: te caes porque tienes miedo. Es el miedo el que convierte la cuerda floja en peligrosa. Quítate el miedo y habrás conseguido ser funambulista.

– Y cómo ¿haré eso?

– Tienes que creer en ti. Creer que puedes conseguirlo.

Al otro lado del carromato Adela escuchó aquella imitación del ventrílocuo con la boca abierta. Él, como su padre mucho tiempo atrás, tenía razón. El miedo se iría creyendo en sí misma. Así que Adela se sacudió todo ese miedo que la había invadido en los últimos tiempos y decidida abrió la puerta al funambulista.

De lo que allí hablaron los dos nadie en el circo supo nada. Pero al día siguiente, cuando la funambulista se subió a su cuerda volvió a ser Adela Valiente.

Y nunca más dejó de serlo.

El cíclope

Texto de María Bautista

Ilustración de Raquel Blázquez


Imagina un bosque encantado. Imagina que no sabes que es un bosque encantado y te adentras en él buscando setas. Imagina que vas tan distraído que de repente te pierdes y llegas a un castillo. ¿Ya te lo has imaginado? Pues ahora puedo comenzar la historia. Justo en ese punto.

El castillo es violeta y verde, lo que ya es muy raro para un castillo, pero qué quieres, es un castillo mágico en un bosque encantado. En este castillo no vive una princesa, ni un dragón, ni siquiera vive una bruja malvada. En este castillo violeta y verde vive un cíclope con tres gatos y un millón de libros llenos de polvo. ¿Un cíclope? ¿No sabes lo que es un cíclope? Pues coge un diccionario y búscalo. Seguramente pondrá algo como esto: Gigante con un solo ojo.

Y ese único ojo que tiene no está a la derecha ni a la izquierda, está justo en el centro. Con ese ojo, el cíclope se dedica a dos cosas:



1. Leer sin parar.

2. Vigilar a todos los que llegan por el camino del bosque encantado y antes de que se
acerquen ¡grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

¿Te has asustado? Ese es el objetivo del cíclope: gruñe tanto y tan fuerte que todos huyen
despavoridos y nadie osa acercarse al castillo.

Así ha sido durante años y años y años y años y años y…¡uf! ¡Muchísimos años! El cíclope vive solo con sus tres gatos y no quiere saber nada del mundo ni de la gente.

Pero cuando tú llegas al castillo, el cíclope anda despistado y no te ve. Será porque eres
pequeño, será porque el cíclope se está haciendo mayor y ya no ve tan bien como antes. Por una cosa o por otra acabas entrando al castillo violeta y verde.

– ¡Hoola! ¿Hay alguien ahí? Me he perdido y necesito un sitio para pasar la noche.

Solo escuchas el maullido de los gatos. El cíclope debe haberse quedado dormido: sí,
definitivamente se está haciendo viejo.

– ¡Qué gatos más bonitos! – les acaricias y los gatos, acostumbrados solo al olor agrio del
cíclope comienzan a olfatear con curiosidad. ¿Quién será esta personita nueva que ha
entrado en el castillo?

Es la primera vez que entras en un castillo y no puedes evitar querer verlo todo. Caminas
por las distintas habitaciones repletas de libros mientras los tres gatos te siguen sin parar de ronronear. De repente, llegas al cuarto del cíclope y lo ves. Es el personaje más grande que has visto nunca. Su único ojo está cerrado y su enorme cabeza reposa sobre un libro dorado lleno de ilustraciones.

Por un momento sientes miedo y echas a correr. Pisas a uno de los gatos que te araña en
la pierna. Del susto te chocas con una estantería y todos los libros caen al suelo. Gritas.
Despiertas al cíclope. Ay, ay, ay. Ahora sí que te has metido en un lío.

– ¡Pero bueno! ¿Quién anda ahí?

El cíclope se mueve pesadamente, con pasos lentos y atronadores, como los de un elefante en plena estampida. Con su único ojo comienza a buscarte por la habitación pero no mira debajo de la mesa donde te has escondido. Sin embargo, te escucha respirar:

– Sé que estás ahí. Sal ahora mismo para que pueda verte y…¡comerte!

Es la primera vez que ves a un cíclope, así que no tienes ni idea de si eso que dice (lo de que va a devorarte como si fueras un sándwich de jamón y queso) es cierto o no. Por si acaso te mantienes tan en silencio como durante un examen del colegio. Casi ni respiras y te estás empezando a poner verde y violeta. Como el castillo.

Y de repente, ¡el ojo del cíclope te mira! ¡Te ha encontrado! Sales corriendo buscando la
puerta de salida. El cíclope te sigue con sus pisadas de elefante. Puedes incluso olerle detrás de ti (por supuesto huele fatal, como si hiciera veinte años que no se ducha, puaj). Cuando estás a punto de ser atrapado oyes un enorme estruendo.

– ¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAH!!!!!!

Es el cíclope, que se ha caído y llora desconsoladamente tumbado en el suelo.

– AY, AY, AY

Sal corriendo. Venga. Ahora es el momento de escapar. ¿A qué estás esperando? Vamos,
vamos, vamos, antes de que se recupere, se levante y ¡vuelva a perseguirte!

Pero no te mueves. No sé por qué no te mueves. ¿En qué estás pensando? Tal vez en que,
tirado ahí en el suelo, el viejo cíclope da un poquito de pena. Es grande, torpe y está solo. Quizá necesita tu ayuda, claro que bien pensado…si le ayudas lo mismo te devora después.

¿Qué debes hacer?

Si sales pitando del castillo pincha aquí.

Si decides echarle una mano pincha aquí.

Irene quiere ser bruja

Texto de María Bautista

Ilustración de Raquel Blázquez

Cada mañana, Irene, arrastraba su pesada mochila y su mirada triste por delante de la tienda de disfraces antes de ir a la escuela. Cada mañana, Irene se paraba a observar el maniquí vestido de bruja que, con mirada amenazante, le devolvía la mirada al otro lado del escaparate. Y cada mañana suspiraba antes de volver a arrastrar su pesada mochila en dirección a la escuela.

 ¿Por qué aquella bruja con cara de mala llamaba la atención de Irene? ¿Qué le atraía de aquel personaje? ¿Por qué suspiraba siempre? Solo Irene sabía. Y ahora vosotros. Estad atentos:

Irene soñaba con convertirse en una bruja. Lo deseaba cada día, cada noche antes de dormir, cada mañana antes de entrar en clase con la mirada baja. Irene quería ser una bruja mala, de las de verruga en la nariz y melena alborotada. Quería tener un libro lleno de encantamientos.

Si lo tuviera, Irene haría lo siguiente:

1. Siempre sería verano, para no tener así que ir al colegio.
2. Convertiría a los niños en gatos.
3. Conseguiría que el pescado supiera a chocolate.

 ¿Suena extraño, verdad? Pero como casi todo, esto también tiene una explicación.

1. Hacía tres meses que la familia de Irene se había ido de su país. Al principio Irene estaba feliz: conocer un lugar nuevo, un idioma nuevo (¿se le daría tan bien como el inglés?) y tener amigos nuevos. Sin embargo nada había sido como esperaba: el nuevo colegio no le gustaba. Por eso soñaba con el verano, ¡si pudiera conseguir que todo el año fueran vacaciones!

2. Lo que más le gustaba a Irene en el mundo eran los gatos. Le gustaba acariciarlos, jugar con ellos, hablar con ellos (sí, sí, con los gatos se puede hablar y mucho). Sin embargo con los niños de su colegio no podía jugar y mucho menos hablar. Se sentía tan sola…

3. Irene odiaba el pescado. Pero su madre decía siempre que el pescado era el alimento del cerebro, que si comía mucho pescado, Irene sería la niña más lista del mundo. Irene quería ser la niña más lista del mundo, pero el pescado…¡puaj!

Si consiguiera que supiera a chocolate la cosa sería más sencilla. Por todo esto quería ser una bruja.
Pero, ¿por qué una bruja? ¿No sería mejor ser un hada? Así no tendría que ser mala.

Sin embargo Irene no quería ser un hada. Ella quería ser una bruja mala para asustar a todos los niños de su clase que se metían con ella porque no entendía nada, porque no sabía hablar bien el francés (aunque en inglés era tan buena como el mejor), porque venía de una ciudad distinta, porque su ropa era fea (o eso decían, a Irene le encantaba) y por mil motivos más.

Un día como otro cualquiera, Irene se paró delante del escaparate de la tienda de disfraces y formuló su deseo: quiero ser una bruja. Y justo cuando iba a marcharse, escuchó una risa. No era una risa cualquiera, era una verdadera y auténtica risa de bruja mala.

 – Sí, sí, no me mires así. Soy yo la que me he reído – habló la bruja con voz grave – pero es que esto no me había pasado nunca…
– ¿Esto? ¿el qué? – preguntó asombrada Irene.
– Encontrarme a alguien que quiere ser como yo. Los niños siempre quieren huir de las brujas, pero nunca había conocido a alguien que quisiera ser una bruja.

 La bruja le preguntó por qué quería ser como ella e Irene le contó todo: lo poco que le gustaba ir al colegio, lo mal que se entendía con sus compañeros de clase, lo desagradable que le parecía el sabor del pescado…

 – ¡Pues vaya una cosa! Esto no es motivo para convertirse en una bruja mala para toda la vida…

 Y terminó su frase con unas palabras extrañas que Irene no llegó a comprender. Lo que sí supo enseguida es que algo había cambiado. ¡La bruja la había convertido en una gata!

 – No, no, no, no…lo gatos tienen que ser ellos…¡no yo! – se quejó a la bruja.
– ¡Bah! Soy una bruja mala y hago lo que me da la gana. ¿O qué creías? ¿Qué iba a ayudarte? Para eso haberte buscado un hada.
 – Pero, ¿eso significa que voy a ser una gata toda la vida? – gimoteó Irene.
– No, solo hasta que se rompa el maleficio…
– Y ¿cómo se hace eso?

 Pero la bruja ya había vuelto a ser el maniquí sin vida de la tienda de disfraces. Irene, convertida en gato, no supo muy bien que hacer, así que, siguiendo su rutina, se dirigió hacia el colegio. Nada más verla, un par de compañeros de clase se acercaron a ella…

 – Fijaros que gata más bonita. ¿Qué hará aquí en la escuela?

Al poco rato, todos los niños de su clase rodeaban a Irene, la llenaban de carantoñas y querían jugar con ella. La llevaron a clase y la dejaron en un rincón, rodeada de cómodos cojines. ¡Era tan agradable estar medio dormida allí, mientras la profesora enseñaba matemáticas.

 Pero a mediodía, todos se marcharon al comedor. Irene-gata, mientras se lamía las patas, comenzó a pensar en su nueva situación.

– ¡Qué extraño! Antes, cuando era niña nadie me hacía caso y ahora, ¡todos quieren jugar conmigo!

 Un rato después, los niños volvieron con una sorpresa.

 – Gatito bonito, ¡mira lo que te hemos traído! – en un pequeño plato Irene-gata vio un trozo de pescado y se relamió de gusto.

– ¡Qué cosa más rara! – exclamó Irene-gata – Este pescado está buenísimo, ¡me gusta más que el chocolate!

 Cuando el cole terminó, los niños dejaron a Irene-gata en la clase y se marcharon a casa. La niña que ya no era niña, sino gata, comenzó a pensar y pensar en su familia, que empezaría a echarla de menos. ¿Cómo rompería el maleficio? Tras un rato pensando, Irene-gato se dio cuenta de que no quería volver a ser una niña. Ser gato estaba muy bien. Los niños la querían, el pescado le gustaba y el colegio había vuelto a ser un lugar maravilloso.

– ¡Eso es! Me quedaré como gata para siempre. Así nadie me molestará nunca. Ni me asustará, ni me hará sentir sola.

Pero cuando estaba pensando aquello, Irene-gata, que paseaba tranquilamente por el patio del colegio, escuchó unos gruñidos y a lo lejos vio un enorme pastor alemán que corría hacia ella. Era el perro del conserje, que también vivía en el colegio. Muy asustada se subió a lo alto de un árbol.

 – Baja de ahí, gatita linda, tengo ganas de darte un buen bocado – ladró con ganas el perro.

 Irene-gata sintió más miedo que nunca en su vida. ¿Y si aquel perro se la comía de un bocado? Tenía que huir del colegio como fuera. Desde la rama más alta del árbol saltó al tejado del edificio de dirección, corriendo por los tejados llegó hasta la valla del cole y se coló a la calle. El perro se quedó al otro lado, gruñendo y ladrando con fuerza.

 – ¡Menos mal!

Irene-gata comenzó a vagar por las calles y sin darse cuenta, acabó haciendo el camino de siempre y plantándose delante del escaparate de la tienda de disfraces. Allí seguía el maniquí vestido de bruja.

– ¡Bruja mala! ¡Mira lo que has conseguido! Casi acabo en las garras de un perro…

Irene-gata volvió a escuchar la risa maléfica de la bruja y su voz grave.

– Pero lo has superado, igual que superarás tus problemas con los niños del colegio. No sirve de nada huir, ni querer ser una bruja mala. Para solucionar un problema solo hay una solución: enfrentarse a ellos. Así que, no quiero volverte a escuchar quejándote delante de este escaparate. Demuestra a esos niños que eres una niña tan interesante y divertida como ellos (o más). Y terminó su frase con unas palabras extrañas que Irene no llegó a comprender. Lo que sí supo enseguida es que algo había cambiado. ¡Volvía a ser una niña!

Y la bruja volvía a ser un simple maniquí al otro lado del escaparate. Irene se fue a casa pensativa. No contó a nadie su experiencia como gata, pero esa noche, cuando mamá puso el pescado sobre la mesa, Irene se lo comió con ganas. ¡Estaba rico!

Y al día siguiente, cuando fue al colegio, se paró como siempre frente al escaparate de la tienda de disfraces. Pero esta vez no suspiró, sino que le guiñó un ojo al maniquí vestido de bruja, que le respondió con otro guiño cómplice y una carcajada malvada.

Y siguió caminando rumbo al colegio. Sonriendo…