El pintor del otoño

Texto de María Bautista 
Ilustración de Raquel Blázquez

El pintor que quiso pintar el otoño se fue un día al bosque con su maleta de trabajo. En ella traía todo lo necesario: tenía pinceles, un lienzo en blanco, una paleta de madera recién estrenada y todos los colores. Iba tan contento y aquel bosque era tan bonito, que no paraba de mirar por todas partes, emocionado con el paisaje:

– ¡Qué cielo! ¡Qué árboles! ¡Qué bonito voy a pintar el otoño!

Pero con lo que no contaba el pintor es con que empezara a llover. Para no mojarse, y evitar que se le estropeara su material, corrió a guarecerse bajo un puente, con tan mala suerte que al llegar junto al río tropezó y cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mi maleta, mis colores! – gritó al ver cómo se los llevaba la corriente.

Y aunque fue muy rápido y trató de recuperarlos todos, apenas le quedaron unos cuantos: el rojo, el naranja, el marrón y el amarillo. Lejos de enfadarse, el pintor decidió que pintaría el otoño solo con aquellos colores y que aquel cuadro sería el más bonito de toda su carrera.

Y vaya si lo consiguió…

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Manualidad: Setas de otoño

Por Sara Blázquez

En septiembre le decimos adiós al verano y damos la bienvenida al otoño, y es que ya tenemos muchas ganas de ver todo ese colorido que nos regala esta estación cada año. Hoy haremos una manualidad muy otoñal y que nos encanta para decorar nuestra habitación: ¡¡unas setas!! Es una actividad que podemos complementar, por ejemplo, con la lectura del cuento Atrapar el otoño.

Con esta manualidad podemos tener un primer acercamiento a la costura, así que la edad de los niños puede ser variable. Vamos a necesitar:

– Fieltro de colores.
– Un tubo de papel higiénico.
– Tijeras.
– Aguja e hilo.
– Algodón.
– Pegamento.

En primer lugar recortamos un círculo de fieltro rojo, otro círculo un poco más pequeño de fieltro blanco, y varios círculos pequeñitos de fieltro blanco. En el medio del círculo blanco tenemos que hacer un agujero del tamaño del tubo de papel higiénico.

A continuación cosemos los círculos pequeñitos sobre el fieltro rojo. Colocamos el círculo rojo con los circulitos hacia arriba, ponemos sobre él el círculo blanco y lo cosemos todo alrededor. A través de la abertura que hemos dejado en el medio damos la vuelta a la seta y después la rellenamos bien con algodón.

Para hacer el tallo de la seta cortamos un rectángulo de fieltro blanco y forramos con él un tubo de papel higiénico. Tendremos que poner un poco de pegamento al principio y al final.

Por último, anclamos el «sombrero» de la seta al tallo, lo cosemos y… ¡listo!

Coloréame 38



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Si eres profe y utilizáis estos contenidos en el aula, nos encantaría que nos enviárais alguna foto del trabajo de los peques. Siempre nos hace ilusión ver lo que hacen los niños con nuestros Cuentos a la vista. Y por supuesto a las mamás y papás, si vuestros pequeñajos pintan alguno de nuestros Coloréame, enviádnoslos para hacerles un hueco 😉
Podéis enviar vuestras fotos y dibujos al email: participa@cuentoalavista.com

Atrapar el otoño

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Dedicado a T. 

La niña Clara era una niña de ciudad. Vivía, jugaba y crecía en la ciudad y aquel era el lugar que mejor conocía. Como toda niña de ciudad, a Clara no le sorprendían ni le molestaban los coches que rugían en las calles. Tampoco le importaba que no se vieran estrellas cuando miraba al cielo, porque la ciudad estaba llena de puntos luminosos que salían de los escaparates y de los edificios altos.

Lo más parecido que Clara había visto al campo en su vida, era el parque municipal al que iba con Papá y Mamá los domingos. En el parque municipal había un pequeño lago con patos de colores, ardillas que saltaban de árbol en árbol y césped por doquier. Pero como descubriría Clara aquel fin de semana, eso poco o nada tenía que ver con el campo de verdad.

Y es que aquel fin de semana de Halloween, Clara y sus padres visitaban al tío Román que vivía en el campo. Juntos, iban a ir a recoger setas.

– Pero ¿cómo son esas setas?
– Pues como van a ser Clara, como las de la tienda de verduras de la esquina. Pero mucho más ricas – le explicó Papá.
– ¿Y las vamos a coger nosotros?
– Sí, y luego las cocinaremos.
– Y ¿no podemos ir otro fin de semana que no sea Halloween?
– No Clara, a lo mejor el próximo fin de semana ya no hay. Tiene que ser este.

Clara no entendía qué tenía de emocionante recoger setas en el campo cuando una podía ir al supermercado y comprarlas sin tener que pasar frío, mancharse las manos y lo más importante: ¡perderse la fiesta de Halloween!

Sin embargo, cuando la pequeña Clara se adentró en el bosque y vio todos aquellos árboles encendidos como si fueran farolas, y todos aquellos sonidos extraños que nadie sabía de dónde salían, comprendió que aquello tenía mucha más magia que entrar en un supermercado y comprar una bandeja de champiñones.

 – Mira Mamá, los árboles son rojos, amarillos y naranjas. ¡Esto es mucho más bonito que nuestro parque municipal!

Clara miraba tan extasiada al cielo que, sin querer, pisó algo blandito que la hizo resbalar.

– Clara, ¡no hemos venido aquí a pisar setas, sino a recogerlas!

Así que Clara tuvo que dejar de mirar al cielo y concentrarse en aquel suelo lleno de hojas secas, barro, lombrices, pequeñas ramas, raíces y ¡setas! Había muchísimas: algunas, tal y como le explicó el tío Román, eran venenosas, pero la mayoría estaban deliciosas. Las había planas y oscuras, otras tenían la parte de arriba, lo que llamaban sombrero, más ondulada y algunas hasta eran azules.

– ¿Y con ese color no será una seta venenosa? – preguntó sorprendida Clara.
– ¡Qué va! Están riquísimas. Se llaman pie de caballero porque los antiguos caballeros medievales llevaban una armadura cuyo color era muy parecido al de esta seta.

Después de varias horas, todos habían cogido suficientes setas como para que el tío Román hiciera un estupendo puchero. En el camino de vuelta, Clara decidió que además de su pequeña colección de setas, se llevaría algunas de aquellas hojas maravillosas con las que el otoño había pintado el bosque. Además de colores brillantes, las hojas tenían formas extraordinarias. Algunas parecían las crestas de los renos de Papá Noel, otras parecían palmas de mano abiertas, otras abanicos japoneses.

 – Cogeré todas estas hojas y las meteré en un bote de cristal. Será cómo atrapar el otoño.

Cuando tres días después Clara llevó aquellas hojas a sus compañeros de clase, para enseñar lo bonito que era el otoño en el bosque, comprobó con desilusión que todas habían perdido su brillo. Las rojas se habían vuelto granate tan oscuro que casi parecía marrón. Las amarillas se habían quedado blanquecinas y las naranjas parecían tan marrones como las aburridas hojas de ciudad.

– ¿Qué ha pasado con mi colección? – se preguntó Clara muy decepcionada – ¿Habrá sido culpa de la ciudad?

Pero como le explicaron luego Papá y Mamá, la culpa no era de la ciudad. Nadie podía atrapar el otoño y guardar el otoño en un bote de cristal. El color de las hojas, como las setas en el campo, o las propias personas, eran cosas que nunca permanecían igual, que iban cambiando a medida que pasaba el tiempo y que acababan por desaparecer.

– ¿Quieres decir que las hojas también se hacen mayores?
– Claro, por eso se marchitan. Por eso también hay que disfrutarlas en el momento y no dejarlas pasar.
 – Entiendo – exclamó Clara pensativa –. Por eso teníamos que ir ese fin de semana sin falta al bosque. Porque las setas también se estropean.

Clara tiró su bote de hojas a la basura con cierta tristeza. ¡Eran tan bonitas cuando las recogió!

– No pasa nada, Clara. Lo importante no es atrapar el otoño, sino haberlo disfrutado. Además, el otoño todavía no se ha acabado. ¿Nos vamos el próximo sábado al campo?

Y Clara, la niña de ciudad, no se lo pensó dos veces…

The Change of Seasons

Texto por María Bautista
Traducción por Dani Moore
Ilustración por Raquel Blázquez

Larisa was born in September, the dawn in which the summer and fall shook hands. So, being a girl halfway between the sun and the rain, Larisa was happy and radiant, but also pensive, nostalgic and at times a bit of a crier.

Larisa liked to bask in the sun and take walks in the rain. She liked ice creams and hot soups, plaid blankets and ruffled swimsuits. The heat and the cold. The summer and the fall. September.

So, the year that Larisa turned 8 years old, she received a very special gift. You wouldn’t believe that it wasn’t from her Mom, nor her Dad, but from the old next-door neighbor. It was a crystal ball with a miniature city inside of it.

– They city inside is ours. Shake it!

And in doing so, Larisa watched surprised, as the city didn’t fill with snow but rather with a rain of colorful leaves.

– It’s beautiful! Thank you very much.
– Not only is it beautiful. It is also magic.
– Magic?
– Of course. This is the ball of the changes of seasons. Only someone who was born between one season and another can have it.
– And what can I do with it? –asked Larisa incredulously.
– Use it wisely. Each time that you shake it three times in a row, this ball will change the season.
– That is impossible!
– Don’t believe me? Do it.

Larisa shook the ball three times and watched in wonder how the tiny colorful leaves covered the miniature city. All of a sudden a strong roar scared her.

– What was that?
– A storm. It is going to rain.
– But if the sun was so impressive today, how is this possible?
– Because you shook the magic ball three times.

Larisa looked at the old man with surprise. Could this be true or had it been a simple coincidence?

– You have to believe me. This ball controls the seasons and now you are its guardian.
– Me? But if I am only a little girl…
– Only the people that are born between seasons can have it. I was born between winter and spring, and you between summer and fall.
– And what do I have to do?
– Shake it three times on the days when the seasons should change…
– And if I make a mistake?
– You won’t. You are an intelligent girl. You will do well.
– But, why can’t you continue doing it yourself?

The old man looked tenderly at the little girl. His feet were swollen, his hands wrinkled and his eyes grey like a winter day. However, his smile was as beautiful as the spring.

– I can no longer do it. Each time I am a bit older, I forget things. This year I didn’t remember where I had put it and it was my fault the summer began three weeks later.

Upon hearing this, Larisa understood that the old man told the truth: this summer hadn’t begun to get warm until the middle of July and everyone was surprised.

– Okay. I will guard the magic ball. I will only shake it three times when the seasons change.

And so she did. Each three months, on each of the changes of seasons, Larisa grabbed her magic ball and shoot it three times. Then, she contemplated excitedly how the sky changed color and gave way to a new season. From fall to winter, from winter to spring, from spring to summer, from summer to fall and back to the start. One year. And another. And another. And another…

The seasons were passing and Larisa was becoming a clueless old lady that bit by bit was losing her memory. First she forgot to feed her cat, and the poor cat had to look for another owner. Then she forgot to pay the electricity bill and started living in the dark. Finally, she forgot about the magic ball that changed the seasons.

And so it is now: the weather is chaos. One day it rains and the following has a terrible heat. Suddenly came a winter freeze and just as suddenly ran a deliciously springtime breeze. Didn’t you notice?

It is the old Larisa that shakes her magic ball three times without knowing well what for. She doesn’t remember anything. She only knows that she is waiting for someone to be born between one season and another.

A little boy or a little girl who was half spring, half summer.

Half fall, half winter.

Something like that…

Cambio de estaciones

Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez

Larisa había nacido en septiembre, la madrugada en que el verano y el otoño se daban la mano. Por eso, por ser una niña a medio camino entre el sol y la lluvia, Larisa era alegre y resplandeciente, pero también pensativa, nostálgica y a veces un poco llorona.

A Larisa le gustaba tostarse al sol y pasear bajo la lluvia. Le gustaban los helados y las sopas calientes, las mantas a cuadros y los bañadores de volantes. El calor y el frío. El verano y el otoño. Septiembre.

Por eso, el año que Larisa cumplió 8 años recibió un regalo muy especial. No creáis que se lo hizo Mamá, ni Papá, sino el viejo vecino del primero. Se trataba de una bola de cristal con una ciudad en miniatura dentro.

– La ciudad que hay dentro es la nuestra. ¡Agítala!

Y al hacerlo, Larisa observó sorprendida como la ciudad no se llenaba de nieve sino de una lluvia de hojas de colores.

– ¡Es preciosa! Muchas gracias.
– No es solo preciosa. También es mágica.
– ¿Mágica?
– Claro. Es la bola de los cambios de estaciones. Solo alguien que haya nacido entre una estación y otra puede tenerla.
– ¿Y qué puedo hacer con ella? – preguntó con incredulidad Larisa.
– Utilizarla con inteligencia. Cada vez que agites tres veces seguidas esta bola, cambiará la estación.
– ¡Eso es imposible!
– ¿No me crees? Hazlo.

Larisa agitó tres veces la bola y observó maravillada como las pequeñas hojas de colores cubrían la ciudad en miniatura. De repente un fuerte estruendo la asustó.

– ¿Qué ha sido eso?
– Una tormenta. Va a empezar a llover.
– Pero si hacía un sol impresionante. ¿Cómo es posible?
– Porque has agitado tres veces la bola mágica.

 Larisa miró con sorpresa al anciano. ¿Sería cierto o habría sido una simple casualidad?

– Tienes que creerme. Esta bola controla las estaciones y ahora tú eres su guardián.
– ¿Yo? Pero si solo soy una niña…
– Pero solo las personas que nacen entre estaciones pueden tenerla. Yo nací entre el invierno y la primavera y tú entre el verano y el otoño.
 – Y ¿qué tengo que hacer?
– Agitarla tres veces los días que cambian las estaciones…
– ¿Y si me equivoco?
– No lo harás. Eres una niña lista. Lo harás bien.
– Pero, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo tú?

El anciano miró con ternura a la niña. Tenía los pies hinchados, las manos arrugadas y unos ojos grises como un día de invierno. Sin embargo su sonrisa era tan bella como la primavera.

– Yo ya no puedo hacerlo. Cada vez soy más viejo, se me olvidan las cosas. Este año no recordaba donde la había puesto y por mi culpa el verano entró tres semanas más tarde.

Al oír aquello, Larisa comprendió que el anciano decía la verdad: aquel verano no había empezado a hacer calor hasta mediados de julio y todo el mundo estaba extrañadísimo.

 – Está bien. Yo guardaré la bola mágica. Solo la agitaré tres veces cuando cambien las estaciones.

Y así lo hizo. Cada tres meses, en todos los cambios de estaciones, Larisa cogía su bola mágica y la agitaba tres veces. Entonces, contemplaba emocionada como el cielo cambiaba de color y daba paso a una nueva estación. Del otoño al invierno, del invierno a la primavera, de la primavera al verano, del verano al otoño y vuelta a empezar. Un año. Y otro. Y otro. Y otro…

Las estaciones fueron pasando y Larisa se acabó convirtiendo en una anciana despistada a la que poco a poco se le iban apagando los recuerdos. Primero olvidó dar de comer a su gato, y el pobre tuvo que buscarse otra dueña. Luego se olvidó de pagar los recibos de la luz y acabó viviendo a oscuras. Por último, se olvidó de aquella bola mágica que cambiaba las estaciones.

Y así ocurre ahora: el tiempo es un caos. Un día llueve y al siguiente hace un calor terrorífico. De repente viene el frío invernal y al momento corre un delicioso viento primaveral. ¿No os habéis dado cuenta?

Es la vieja Larisa que agita tres veces su bola mágica sin saber muy bien para qué. No recuerda nada. Solo sabe que espera a alguien que haya nacido entre una estación y otra.

Un niño o una niña que sea mitad primavera, mitad verano.

Mitad otoño, mitad invierno.

Algo así…